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martes, 17 de diciembre de 2019
Carta para el detective: la única pista que obtendrá de mí es que sucedió en el Parque Guadiana.
Sería en el diciembre del 2007, o del 2006, la verdad es que ahora, con esta edad, los recuerdos de aquellos días, de aquel lugar, de aquel frío, son muy imprecisos en la temporalidad del tiempo, pero no así con lo que pasó, de lo que sentí. Ahora que lo recuerdo bien tuvo que haber sido en diciembre del 2006, porque Ale aún no llegaba a mi vida para entonces, y tampoco pudo haber sido antes del 2006 porque ya no tenía mis tenis beige de gamuza. Si para algo pueden servir las cosas, es precisamente para esto; tener cierto punto en la temporalidad del tiempo, en cambio las personas ayudan a saber quienes somos realmente, lo que somos capaces de sentir.
Éramos un grupo grande, eso lo sé, recordar quiénes éramos realmente, no creo poder, porque cuando se va en ruta, en camino, ya sea el destino corto o largo, uno inevitablemente va poniendo su atención a ciertas personas, no en todas, aunque seas el responsable del grupo. Además, se tiene el factor recuerdo: estar pensando en personas que no están contigo en ese momento, pero por el año en cuestión, y como ya lo dije, Ale aun no llegaba a mi vida.
Entonces entre mi atención a algunos, aunque no estuviera interactuando con ellos, y mi interacción con otros (en viajes de grandes grupos es imposible que todos convivan a la vez con todos, todo el tiempo) no podría mencionar quienes éramos, y francamente hoy día, si lo supiera, de igual manera no los mencionaría, hoy día esta historia sólo tiene relevancia para mi, y para como están las cosas en la vida de muchas de esas personas hoy día, o la no vida; quizá nadie más en el mundo recuerde esto.
De hecho ni siquiera el hecho como tal tiene tanta importancia o relevancia, de modo que contarlo no es relevante para lo que quiero escribir, lo único importante en si es la fecha, aunque al principio no estuviera tan clara, y lo digo por el año, porque el día siempre será claro, un día como hoy, ese día que tanto me ha marcado, (como el de aquel lejano y añorado 2004) al menos desde que tengo una verdadera conciencia. Lo importante es lo que ese día me hizo sentir, pero algo así ni siquiera se puede plasmar en un escrito, de modo que para que escribirlo; lo importante es lo que viví, con quienes lo viví, en el lugar que lo viví (el parque guadiana siempre será un protagonista de muchos de los mejores momentos que viví en mi adolescencia) y lo que escuchaba cuando lo viví. Desde entonces esta música se ha vuelto villancicos para mi.
lunes, 1 de julio de 2019
Las babas del diablo.
Nunca se sabrá cómo hay que contar esto, si en primera persona o en segunda, usando la tercera del plural o inventando continuamente formas que no servirán de nada. Si se pudiera decir: yo vieron subir la luna, o: nos me duele el fondo de los ojos, y sobre todo así: tú la mujer rubia eran las nubes que siguen corriendo delante de mis tus sus nuestros vuestros sus rostros. Qué diablos.
Puestos a contar, si se pudiera ir a beber un bock por ahí y que la máquina siguiera sola (porque escribo a máquina), sería la perfección. Y no es un modo de decir. La perfección, sí, porque aquí el agujero que hay que contar es también una máquina (de otra especie, una Cóntax 1.1.2) y a lo mejor puede ser que una máquina sepa más de otra máquina que yo, tú, ella —la mujer rubia— y las nubes. Pero de tonto sólo tengo la suerte, y sé que si me voy, esta Rémington se quedará petrificada sobre la mesa con ese aire de doblemente quietas que tienen las cosas movibles cuando no se mueven. Entonces tengo que escribir. Uno de todos nosotros tiene que escribir, si es que esto va a ser contado. Mejor que sea yo que estoy muerto, que estoy menos comprometido que el resto; yo que no veo más que las nubes y puedo pensar sin distraerme, escribir sin distraerme (ahí pasa otra, con un borde gris) y acordarme sin distraerme, yo que estoy muerto (y vivo, no se trata de engañar a nadie, ya se verá cuando llegue el momento, porque de alguna manera tengo que arrancar y he empezado por esta punta, la de atrás, la del comienzo, que al fin y al cabo es la mejor de las puntas cuando se quiere contar algo).
De repente me pregunto por qué tengo que contar esto, pero si uno empezara a preguntarse por qué hace todo lo que hace, si uno se preguntara solamente por qué acepta una invitación a cenar (ahora pasa una paloma, y me parece que un gorrión) o por qué cuando alguien nos ha contado un buen cuento, en seguida empieza como una cosquilla en el estómago y no se está tranquilo hasta entrar en la oficina de al lado y contar a su vez el cuento; recién entonces uno está bien, está contento y puede volverse a su trabajo. Que yo sepa nadie ha explicado esto, de manera que lo mejor es dejarse de pudores y contar, porque al fin y al cabo nadie se avergüenza de respirar o de ponerse los zapatos; son cosas que se hacen, y cuando pasa algo raro, cuando dentro del zapato encontramos una araña o al respirar se siente como un vidrio roto, entonces hay que contar lo que pasa, contarlo a los muchachos de la oficina o al médico. Ay, doctor, cada vez que respiro... Siempre contarlo, siempre quitarse esa cosquilla molesta del estómago.
Y ya que vamos a contarlo pongamos un poco de orden, bajemos por la escalera de esta casa hasta el domingo 7 de noviembre, justo un mes atrás. Uno baja cinco pisos y ya está en el domingo, con un sol insospechado para noviembre en París, con muchísimas ganas de andar por ahí, de ver cosas, de sacar fotos (porque éramos fotógrafos, soy fotógrafo). Ya sé que lo más difícil va a ser encontrar la manera de contarlo, y no tengo miedo de repetirme. Va a ser difícil porque nadie sabe bien quién es el que verdaderamente está contando, si soy yo o eso que ha ocurrido, o lo que estoy viendo (nubes, y a veces una paloma) o si sencillamente cuento una verdad que es solamente mi verdad, y entonces no es la verdad salvo para mi estómago, para estas ganas de salir corriendo y acabar de alguna manera con esto, sea lo que fuere.
Vamos a contarlo despacio, ya se irá viendo qué ocurre a medida que lo escribo. Si me sustituyen, si ya no sé qué decir, si se acaban las nubes y empieza alguna otra cosa (porque no puede ser que esto sea estar viendo continuamente nubes que pasan, y a veces una paloma), si algo de todo eso... Y después del «si», ¿qué voy a poner, cómo voy a clausurar correctamente la oración? Pero si empiezo a hacer preguntas no contaré nada; mejor contar, quizá contar sea como una respuesta, por lo menos para alguno que lo lea.
Roberto Michel, franco-chileno, traductor y fotógrafo aficionado a sus horas, salió del número 11 de la rue Monsieur-le-Prince el domingo siete de noviembre del año en curso (ahora pasan dos más pequeñas, con los bordes plateados). Llevaba tres semanas trabajando en la versión al francés del tratado sobre recusaciones y recursos de José Norberto Allende, profesor en la Universidad de Santiago. Es raro que haya viento en París, y mucho menos un viento que en las esquinas se arremolinaba y subía castigando las viejas persianas de madera tras de las cuales sorprendidas señoras comentaban de diversas maneras la inestabilidad del tiempo en estos últimos años. Pero el sol estaba también ahí, cabalgando el viento y amigo de los gatos, por lo cual nada me impediría dar una vuelta por los muelles del Sena y sacar unas fotos de la Conserjería y la Sainte-Chapelle. Eran apenas las diez, y calculé que hacia las once tendría buena luz, la mejor posible en otoño; para perder tiempo derivé hasta la isla Saint-Louis y me puse a andar por el Quai d'Anjou, miré un rato el hotel de Lauzun, me recité unos fragmentos de Apollinaire que siempre me vienen a la cabeza cuando paso delante del hotel de Lauzun (y eso que debería acordarme de otro poeta, pero Michel es un porfiado), y cuando de golpe cesó el viento y el sol se puso por lo menos dos veces más grande (quiero decir más tibio pero en realidad es lo mismo), me senté en el parapeto y me sentí terriblemente feliz en la mañana del domingo.
Entre las muchas maneras de combatir la nada, una de las mejores es sacar fotografías, actividad que debería enseñarse tempranamente a los niños pues exige disciplina, educación estética, buen ojo y dedos seguros. No se trata de estar acechando la mentira como cualquier repórter, y atrapar la estúpida silueta del personajón que sale del número 10 de Downing Street, pero de todas maneras cuando se anda con la cámara hay como el deber de estar atento, de no perder ese brusco y delicioso rebote de un rayo de sol en una vieja piedra, o la carrera trenzas al aire de una chiquilla que vuelve con un pan o una botella de leche. Michel sabía que el fotógrafo opera siempre como una permutación de su manera personal de ver el mundo por otra que la cámara le impone insidiosa (ahora pasa una gran nube casi negra), pero no desconfiaba, sabedor de que le bastaba salir sin la Contax para recuperar el tono distraído, la visión sin encuadre, la luz sin diafragma ni 1/250. Ahora mismo (qué palabra, ahora, qué estúpida mentira) podía quedarme sentado en el pretil sobre el río, mirando pasar las pinazas negras y rojas, sin que se me ocurriera pensar fotográficamente las escenas, nada más que dejándome ir en el dejarse ir de las cosas, corriendo inmóvil con el tiempo. Y ya no soplaba viento.
Después seguí por el Quai de Bourbon hasta llegar a la punta de la isla, donde la íntima placita (íntima por pequeña y no por recatada, pues da todo el pecho al río y al cielo) me gusta y me regusta. No había más que una pareja y, claro, palomas; quizá alguna de las que ahora pasan por lo que estoy viendo. De un salto me instalé en el parapeto y me dejé envolver y atar por el sol, dándole la cara, las orejas, las dos manos (guardé los guantes en el bolsillo). No tenía ganas de sacar fotos, y encendí un cigarrillo por hacer algo; creo que en el momento en que acercaba el fósforo al tabaco vi por primera vez al muchachito.
Lo que había tomado por una pareja se parecía mucho más a un chico con su madre, aunque al mismo tiempo me daba cuenta de que no era un chico con su madre, de que era una pareja en el sentido que damos siempre a las parejas cuando las vemos apoyadas en los parapetos o abrazadas en los bancos de las plazas. Como no tenía nada que hacer me sobraba tiempo para preguntarme por qué el muchachito estaba tan nervioso, tan como un potrillo o una liebre, metiendo las manos en los bolsillos, sacando en seguida una y después la otra, pasándose los dedos por el pelo, cambiando de postura, y sobre todo por qué tenía miedo, pues eso se lo adivinaba en cada gesto, un miedo sofocado por la vergüenza, un impulso de echarse atrás que se advertía como si su cuerpo estuviera al borde de la huida, conteniéndose en un último y lastimoso decoro.
Tan claro era todo eso, ahí a cinco metros—y estábamos solos contra el parapeto, en la punta de la isla— que al principio el miedo del chico no me dejó ver bien a la mujer rubia. Ahora, pensándolo, la veo mucho mejor en ese primer momento en que le leí la cara (de golpe había girado como una veleta de cobre, y los ojos, los ojos estaban ahí), cuando comprendí vagamente lo que podía estar ocurriéndole al chico y me dije que valía la pena quedarse y mirar (el viento se llevaba las palabras, los apenas murmullos). Creo que sé mirar, si es que algo sé, y que todo mirar rezuma falsedad, porque es lo que nos arroja más afuera de nosotros mismos, sin la menor garantía, en tanto que oler, o (pero Michel se bifurca fácilmente, no hay que dejarlo que declame a gusto). De todas maneras, si de antemano se prevé la probable falsedad, mirar se vuelve posible; basta quizá elegir bien entre el mirar y lo mirado, desnudar a las cosas de tanta ropa ajena. Y. claro, todo esto es más bien difícil.
Del chico recuerdo la imagen antes que el verdadero cuerpo (esto se entenderá después), mientras que ahora estoy seguro que de la mujer recuerdo mucho mejor su cuerpo que su imagen. Era delgada y esbelta, dos palabras injustas para decir lo que era, y vestía un abrigo de piel casi negro, casi largo, casi hermoso. Todo el viento de esa mañana (ahora soplaba apenas, y no hacía frío) le había pasado por el pelo rubio que recortaba su cara blanca y sombría —dos palabras injustas— y dejaba al mundo de pie y horriblemente solo delante de sus ojos negros, sus ojos que caían sobre las cosas como dos águilas, dos saltos al vacío, dos ráfagas de fango verde. No describo nada, trato más bien de entender. Y he dicho dos ráfagas de fango verde.
Seamos justos, el chico estaba bastante bien vestido y llevaba unos guantes amarillos que yo hubiera jurado que eran de su hermano mayor, estudiante de derecho o ciencias sociales; era gracioso ver los dedos de los guantes saliendo del bolsillo de la chaqueta. Largo rato no le vi la cara, apenas un perfil nada tonto —pájaro azorado, ángel de Fra Filippo, arroz con leche— y una espalda de adolescente que quiere hacer judo y que se ha peleado un par de veces por una idea o una hermana. Al filo de los catorce, quizá de los quince, se lo adivinaba vestido y alimentado por sus padres pero sin un centavo en el bolsillo, teniendo que deliberar con los camaradas antes de decidirse por un café, un coñac, un atado de cigarrillos. Andaría por las calles pensando en las condiscípulas, en lo bueno que sería ir al cine y ver la última película, o comprar novelas o corbatas o botellas de licor con etiquetas verdes y blancas. En su casa (su casa sería respetable, sería almuerzo a las doce y paisajes románticos en las paredes, con un oscuro recibimiento y un paragüero de caoba al lado de la puerta) llovería despacio el tiempo de estudiar, de ser la esperanza de mamá, de parecerse a papá, de escribir a la tía de Avignon. Por eso tanta calle, todo el río para él (pero sin un centavo) y la ciudad misteriosa de los quince años, con sus signos en las puertas, sus gatos estremecedores, el cartucho de papas fritas a treinta francos, la revista pornográfica doblada en cuatro, la soledad como un vacío en los bolsillos, los encuentros felices, el fervor por tanta cosa incomprendida pero iluminada por un amor total, por la disponibilidad parecida al viento y a las calles.
Esta biografía era la del chico y la de cualquier chico, pero a éste lo veía ahora aislado, vuelto único por la presencia de la mujer rubia que seguía hablándole. (Me cansa insistir, pero acaban de pasar dos largas nubes desflecadas. Pienso que aquella mañana no miré ni una sola vez el cielo, porque tan pronto presentí lo que pasaba con el chico y la mujer no pude más que mirarlos y esperar, mirarlos y...) Resumiendo, el chico estaba inquieto y se podía adivinar sin mucho trabajo lo que acababa de ocurrir pocos minutos antes, a lo sumo media hora. El chico había llegado hasta la punta de la isla, vio a la mujer y la encontró admirable. La mujer esperaba eso porque estaba ahí para esperar eso, o quizá el chico llegó antes y ella lo vio desde un balcón o desde un auto, y salió a su encuentro, provocando el diálogo con cualquier cosa, segura desde el comienzo de que él iba a tenerle miedo y a querer escaparse, y que naturalmente se quedaría, engallado y hosco, fingiendo la veteranía y el placer de la aventura. El resto era fácil porque estaba ocurriendo a cinco metros de mí y cualquiera hubiese podido medir las etapas del juego, la esgrima irrisoria; su mayor encanto no era su presente, sino la previsión del desenlace. El muchacho acabaría por pretextar una cita, una obligación cualquiera, y se alejaría tropezando y confundido, queriendo caminar con desenvoltura, desnudo bajo la mirada burlona que lo seguiría hasta el final. O bien se quedaría, fascinado o simplemente incapaz de tomar la iniciativa, y la mujer empezaría a acariciarle la cara, a despeinarlo, hablándole ya sin voz, y de pronto lo tomaría del brazo para llevárselo, a menos que él, con una desazón que quizá empezara a teñir el deseo, el riesgo de la aventura, se animase a pasarle el brazo por la cintura y a besarla. Todo esto podía ocurrir, pero aún no ocurría, y perversamente Michel esperaba, sentado en el pretil, aprontando casi sin darse cuenta la cámara para sacar una foto pintoresca en un rincón de la isla con una pareja nada común hablando y mirándose.
Curioso que la escena (la nada, casi: dos que están ahí, desigualmente jóvenes) tuviera como un aura inquietante. Pensé que eso lo ponía yo, y que mi foto, si la sacaba, restituiría las cosas a su tonta verdad. Me hubiera gustado saber qué pensaba el hombre del sombrero gris sentado al volante del auto detenido en el muelle que lleva a la pasarela, y que leía el diario o dormía. Acababa de descubrirlo, porque la gente dentro de un auto detenido casi desaparece, se pierde en esa mísera jaula privada de la belleza que le dan el movimiento y el peligro. Y sin embargo el auto había estado ahí todo el tiempo, formando parte (o deformando esa parte) de la isla. Un auto: como decir un farol de alumbrado, un banco de plaza. Nunca el viento, la luz del sol, esas materias siempre nuevas para la piel y los ojos, y también el chico y la mujer, únicos, puestos ahí para alterar la isla, para mostrármela de otra manera. En fin, bien podía suceder que también el hombre del diario estuviera atento a lo que pasaba y sintiera como yo ese regusto maligno de toda expectativa. Ahora la mujer había girado suavemente hasta poner al muchachito entre ella y el parapeto, los veía casi de perfil y él era más alto, pero no mucho más alto, y sin embargo ella lo sobraba, parecía como cernida sobre él (su risa, de repente, un látigo de plumas), aplastándolo con sólo estar ahí, sonreír, pasear una mano por el aire. ¿Por qué esperar más? Con un diafragma dieciséis, con un encuadre donde no entrara el horrible auto negro, pero sí ese árbol, necesario para quebrar un espacio demasiado gris...
Levanté la cámara, fingí estudiar un enfoque que no los incluía, y me quedé al acecho, seguro de que atraparía por fin el gesto revelador, la expresión que todo lo resume, la vida que el movimiento acompasa pero que una imagen rígida destruye al seccionar el tiempo, si no elegimos la imperceptible fracción esencial. No tuve que esperar mucho. La mujer avanzaba en su tarea de maniatar suavemente al chico, de quitarle fibra a fibra sus últimos restos de libertad, en una lentísima tortura deliciosa. Imaginé los finales posibles (ahora asoma una pequeña nube espumosa, casi sola en el cielo), preví la llegada a la casa (un piso bajo probablemente, que ella saturaría de almohadones y de gatos) y sospeché el azoramiento del chico y su decisión desesperada de disimularlo y de dejarse llevar fingiendo que nada le era nuevo. Cerrando los ojos, si es que los cerré, puse en orden la escena, los besos burlones, la mujer rechazando con dulzura las manos que pretenderían desnudarla como en las novelas, en una cama que tendría un edredón lila, y obligándolo en cambio a dejarse quitar la ropa, verdaderamente madre e hijo bajo una luz amarilla de opalinas, y todo acabaría como siempre, quizá, pero quizá todo fuera de otro modo, y la iniciación del adolescente no pasara, no la dejaran pasar, de un largo proemio donde las torpezas, las caricias exasperantes, la carrera de las manos se resolviera quién sabe en qué, en un placer por separado y solitario, en una petulante negativa mezclada con el arte de fatigar y desconcertar tanta inocencia lastimada. Podía ser así, podía muy bien ser así; aquella mujer no buscaba un amante en el chico, y a la vez se lo adueñaba para un fin imposible de entender si no lo imaginaba como un juego cruel, deseo de desear sin satisfacción, de excitarse para algún otro, alguien que de ninguna manera podía ser ese chico.
Michel es culpable de literatura, de fabricaciones irreales. Nada le gusta más que imaginar excepciones, individuos fuera de la especie, monstruos no siempre repugnantes. Pero esa mujer invitaba a la invención, dando quizá las claves suficientes para acertar con la verdad. Antes de que se fuera, y ahora que llenaría mi recuerdo durante muchos días, porque soy propenso a la rumia, decidí no perder un momento más. Metí todo en el visor (con el árbol, el pretil, el sol de las once) y tomé la foto. A tiempo para comprender que los dos se habían dado cuenta y que me estaban mirando, el chico sorprendido y como interrogante, pero ella irritada, resueltamente hostiles su cuerpo y su cara que se sabían robados, ignominiosamente presos en una pequeña imagen química.
Lo podría contar con mucho detalle pero no vale la pena. La mujer habló de que nadie tenía derecho a tomar una foto sin permiso, y exigió que le entregara el rollo de película. Todo esto con una voz seca y clara, de buen acento de París, que iba subiendo de color y de tono a cada frase. Por mi parte se me importaba muy poco darle o no el rollo de película, pero cualquiera que me conozca sabe que las cosas hay que pedírmelas por las buenas. El resultado es que me limité a formular la opinión de que la fotografía no sólo no está prohibida en los lugares públicos sino que cuenta con el más decidido favor oficial y privado. Y mientras se lo decía gozaba socarronamente de cómo el chico se replegaba, se iba quedando atrás —con sólo no moverse—y de golpe (parecía casi increíble) se volvía y echaba a correr, creyendo el pobre que caminaba y en realidad huyendo a la carrera, pasando al lado del auto, perdiéndose como un hilo de la Virgen en el aire de la mañana.
Pero los hilos de la Virgen se llaman también babas del diablo, y Michel tuvo que aguantar minuciosas imprecaciones, oírse llamar entrometido e imbécil, mientras se esmeraba deliberadamente en sonreír y declinar, con simples movimientos de cabeza, tanto envío barato. Cuando empezaba a cansarme, oí golpear la portezuela de un auto. El hombre del sombrero gris estaba ahí, mirándonos. Sólo entonces comprendí que jugaba un papel en la comedia.
Empezó a caminar hacia nosotros, llevando en la mano el diario que había pretendido leer. De lo que mejor me acuerdo es de la mueca que le ladeaba la boca, le cubría la cara de arrugas, algo cambiaba de lugar y forma porque la boca le temblaba y la mueca iba de un lado a otro de los labios como una cosa independiente y viva, ajena a la voluntad. Pero todo el resto era fijo, payaso enharinado u hombre sin sangre, con la piel apagada y seca, los ojos metidos en lo hondo y los agujeros de la nariz negros y visibles, más negros que las cejas o el pelo o la corbata negra. Caminaba cautelosamente, como si el pavimento le lastimara los pies; le vi zapatos de charol, de suela tan delgada que debía acusar cada aspereza de la calle. No sé por qué me había bajado del pretil, no sé bien por qué decidí no darles la foto, negarme a esa exigencia en la que adivinaba miedo y cobardía. El payaso y la mujer se consultaban en silencio: hacíamos un perfecto triángulo insoportable, algo que tenía que romperse con un chasquido. Me les reí en la cara y eché a andar, supongo que un poco más despacio que el chico. A la altura de las primeras casas, del lado de la pasarela de hierro, me volví a mirarlos. No se movían, pero el hombre había dejado caer el diario; me pareció que la mujer, de espaldas al parapeto, paseaba las manos por la piedra, con el clásico y absurdo gesto del acosado que busca la salida.
Lo que sigue ocurrió aquí, casi ahora mismo, en una habitación de un quinto piso. Pasaron varios días antes de que Michel revelara las fotos del domingo; sus tomas de la Conserjería y de la Sainte-Chapelle eran lo que debían ser. Encontró dos o tres enfoques de prueba ya olvidados, una mala tentativa de atrapar un gato asombrosamente encaramado en el techo de un mingitorio callejero, y también la foto de la mujer rubia y el adolescente. El negativo era tan bueno que preparó una ampliación; la ampliación era tan buena que hizo otra mucho más grande, casi como un afiche. No se le ocurrió (ahora se lo pregunta y se lo pregunta) que sólo las fotos de la Conserjería merecían tanto trabajo. De toda la serie, la instantánea en la punta de la isla era la única que le interesaba; fijó la ampliación en una pared del cuarto, y el primer día estuvo un rato mirándola y acordándose, en esa operación comparativa y melancólica del recuerdo frente a la perdida realidad; recuerdo petrificado, como toda foto, donde nada faltaba, ni siquiera y sobre todo la nada, verdadera fijadora de la escena. Estaba la mujer, estaba el chico, rígido el árbol sobre sus cabezas, el cielo tan fijo como las piedras del parapeto, nubes y piedras confundidas en una sola materia inseparable (ahora pasa una con bordes afilados, corre como en una cabeza de tormenta). Los dos primeros días acepté lo que había hecho, desde la foto en sí hasta la ampliación en la pared, y no me pregunté siquiera por qué interrumpía a cada rato la traducción del tratado de José Norberto Allende para reencontrar la cara de la mujer, las manchas oscuras en el pretil. La primera sorpresa fue estúpida; nunca se me había ocurrido pensar que cuando miramos una foto de frente, los ojos repiten exactamente la posición y la visión del objetivo; son esas cosas que se dan por sentadas y que a nadie se le ocurre considerar. Desde mi silla, con la máquina de escribir por delante, miraba la foto ahí a tres metros, y entonces se me ocurrió que me había instalado exactamente en el punto de mira del objetivo. Estaba muy bien así; sin duda era la manera más perfecta de apreciar una foto, aunque la visión en diagonal pudiera tener sus encantos y aun sus descubrimientos. Cada tantos minutos, por ejemplo cuando no encontraba la manera de decir en buen francés lo que José Alberto Allende decía en tan buen español, alzaba los ojos y miraba la foto; a veces me atraía la mujer, a veces el chico, a veces el pavimento donde una hoja seca se había situado admirablemente para valorizar un sector lateral. Entonces descansaba un rato de mi trabajo, y me incluía otra vez con gusto en aquella mañana que empapaba la foto, recordaba irónicamente la imagen colérica de la mujer reclamándome la fotografía, la fuga ridícula y patética del chico, la entrada en escena del hombre de la cara blanca. En el fondo estaba satisfecho de mí mismo; mi partida no había sido demasiado brillante, pues si a los franceses les ha sido dado el don de la pronta respuesta, no veía bien por qué había optado por irme sin una acabada demostración de privilegios, prerrogativas y derechos ciudadanos. Lo importante, lo verdaderamente importante era haber ayudado al chico a escapar a tiempo (esto en caso de que mis teorías fueran exactas, lo que no estaba suficientemente probado, pero la fuga en sí parecía demostrarlo). De puro entrometido le había dado oportunidad de aprovechar al fin su miedo para algo útil; ahora estaría arrepentido, menoscabado, sintiéndose poco hombre. Mejor era eso que la compañía de una mujer capaz de mirar como lo miraban en la isla; Michel es puritano a ratos, cree que no se debe corromper por la fuerza. En el fondo, aquella foto había sido una buena acción.
No por buena acción la miraba entre párrafo y párrafo de mi trabajo. En ese momento no sabía por qué la miraba, por qué había fijado la ampliación en la pared; quizá ocurra así con todos los actos fatales, y sea esa la condición de su cumplimiento. Creo que el temblor casi furtivo de las hojas del árbol no me alarmó, que seguí una frase empezada y la terminé redonda. Las costumbres son como grandes herbarios, al fin y al cabo una ampliación de ochenta por sesenta se parece a una pantalla donde proyectan cine, donde en la punta de una isla una mujer habla con un chico y un árbol agita unas hojas secas sobre sus cabezas.
Pero las manos ya eran demasiado. Acababa de escribir: Donc, la seconde clé réside dans la nature intrinsèque des difficultés que les sociétés —y vi la mano de la mujer que empezaba a cerrarse despacio, dedo por dedo. De mí no quedó nada, una frase en francés que jamás habrá de terminarse, una máquina de escribir que cae al suelo, una silla que chirría y tiembla, una niebla. El chico había agachado la cabeza, como los boxeadores cuando no pueden más y esperan el golpe de desgracia; se había alzado el cuello del sobretodo, parecía más que nunca un prisionero, la perfecta víctima que ayuda a la catástrofe. Ahora la mujer le hablaba al oído, y la mano se abría otra vez para posarse en su mejilla, acariciarla y acariciarla, quemándola sin prisa. El chico estaba menos azorado que receloso, una o dos veces atisbó por sobre el hombro de la mujer y ella seguía hablando, explicando algo que lo hacía mirar a cada momento hacia la zona donde Michel sabía muy bien que estaba el auto con el hombre del sombrero gris, cuidadosamente descartado en la fotografía pero reflejándose en los ojos del chico y (cómo dudarlo ahora) en las palabras de la mujer, en las manos de la mujer, en la presencia vicaria de la mujer. Cuando vi venir al hombre, detenerse cerca de ellos y mirarlos, las manos en los bolsillos y un aire entre hastiado y exigente, patrón que va a silbar a su perro después de los retozos en la plaza, comprendí, si eso era comprender, lo que tenía que pasar, lo que tenía que haber pasado, lo que hubiera tenido que pasar en ese momento, entre esa gente, ahí donde yo había llegado a trastrocar un orden, inocentemente inmiscuido en eso que no había pasado pero que ahora iba a pasar, ahora se iba a cumplir. Y lo que entonces había imaginado era mucho menos horrible que la realidad, esa mujer que no estaba ahí por ella misma, no acariciaba ni proponía ni alentaba para su placer, para llevarse al ángel despeinado y jugar con su terror y su gracia deseosa. El verdadero amo esperaba, sonriendo petulante, seguro ya de la obra; no era el primero que mandaba a una mujer a la vanguardia, a traerle los prisioneros maniatados con flores. El resto sería tan simple, el auto, una casa cualquiera, las bebidas, las láminas excitantes, las lágrimas demasiado tarde, el despertar en el infierno. Y yo no podía hacer nada, esta vez no podía hacer absolutamente nada. Mi fuerza había sido una fotografía, ésa, ahí, donde se vengaban de mí mostrándome sin disimulo lo que iba a suceder. La foto había sido tomada, el tiempo había corrido; estábamos tan lejos unos de otros, la corrupción seguramente consumada, las lágrimas vertidas, y el resto conjetura y tristeza. De pronto el orden se invertía, ellos estaban vivos, moviéndose, decidían y eran decididos, iban a su futuro; y yo desde este lado, prisionero de otro tiempo, de una habitación en un quinto piso, de no saber quiénes eran esa mujer, y ese hombre y ese niño, de ser nada más que la lente de mi cámara, algo rígido, incapaz de intervención. Me tiraban a la cara la burla más horrible, la de decidir frente a mi impotencia, la de que el chico mirara otra vez al payaso enharinado y yo comprendiera que iba a aceptar, que la propuesta contenía dinero o engaño, y que no podía gritarle que huyera, o simplemente facilitarle otra vez el camino con una nueva foto, una pequeña y casi humilde intervención que desbaratara el andamiaje de baba y de perfume. Todo iba a resolverse allí mismo, en ese instante; había como un inmenso silencio que no tenía nada que ver con el silencio físico. Aquello se tendía, se armaba. Creo que grité, que grité terriblemente, y que en ese mismo segundo supe que empezaba a acercarme, diez centímetros, un paso, otro paso, el árbol giraba cadenciosamente sus ramas en primer plano, una mancha del pretil salía del cuadro, la cara de la mujer, vuelta hacia mí como sorprendida iba creciendo, y entonces giré un poco, quiero decir que la cámara giró un poco, y sin perder de vista a la mujer empezó a acercarse al hombre que me miraba con los agujeros negros que tenía en el sitio de los ojos, entre sorprendido y rabioso miraba queriendo clavarme en el aire, y en ese instante alcancé a ver como un gran pájaro fuera de foco que pasaba de un solo vuelo delante de la imagen, y me apoyé en la pared de mi cuarto y fui feliz porque el chico acababa de escaparse, lo veía corriendo, otra vez en foco, huyendo con todo el pelo al viento, aprendiendo por fin a volar sobre la isla, a llegar a la pasarela, a volverse a la ciudad. Por segunda vez se les iba, por segunda vez yo lo ayudaba a escaparse, lo devolvía a su paraíso precario. Jadeando me quedé frente a ellos; no había necesidad de avanzar más, el juego estaba jugado. De la mujer se veía apenas un hombro y algo de pelo, brutalmente cortado por el cuadro de la imagen; pero de frente estaba el hombre, entreabierta la boca donde veía temblar una lengua negra, y levantaba lentamente las manos, acercándolas al primer plano, un instante aún en perfecto foco, y después todo él un bulto que borraba la isla, el árbol, y yo cerré los ojos y no quise mirar más, y me tapé la cara y rompí a llorar como un idiota.
Ahora pasa una gran nube blanca, como todos estos días, todo este tiempo incontable. Lo que queda por decir es siempre una nube, dos nubes, o largas horas de cielo perfectamente limpio, rectángulo purísimo clavado con alfileres en la pared de mi cuarto. Fue lo que vi al abrir los ojos y secármelos con los dedos: el cielo limpio, y después una nube que entraba por la izquierda, paseaba lentamente su gracia y se perdía por la derecha. Y luego otra, y a veces en cambio todo se pone gris, todo es una enorme nube, y de pronto restallan las salpicaduras de la lluvia, largo rato se ve llover sobre la imagen, como un llanto al revés, y poco a poco el cuadro se aclara, quizá el sol, y otra vez entran las nubes, de a dos, de a tres. Y las palomas, a veces, y uno que otro gorrión.
domingo, 7 de enero de 2018
Güeros
La razón porque hasta ahora les comparto esta reseña, de esta película que en mis redes sociales no he parado de mencionar y chulear es muy simple, es porque esta reseña fue una de las tres reseñas para competir en una convocatoria hecha por el Festival Internacional de Cine de Los Cabos en noviembre del año pasado, pero como no quedé, y de las tres reseñas mandadas esta película es la que más me gusta (o quizá no sea eso, quizá sea porque de las otras dos ya les he hablado por acá o en otras plataformas) decidí compartírselas, más vale tarde que nunca, no?
En el verano de 1999 se suscitó una huelga en la máxima casa de
estudios de nuestro país, convocada por los propios alumnos de la misma
al quererles quebrantar su derecho por ley de tener una educación
pública, libre y accesible, lucha que como todas las luchas llegó a su
fin, cumpliendo en parte con su cometido. ¿Por qué les menciono sólo
esto y no sigo hablando sobre el tema? Porque esta película no trata de
ese acontecimiento, o quizá si, habla sobre este acontecimiento en la
historia de México, la trama se desenvuelve en este hecho, pero si me lo
pregunta a mi, les diré que para mi esta película va mucho mas allá que
sólo una película histórica.
Güeros es una película del 2014,
ópera prima del director Alonso Ruizpalacios, la cual nos narra como
después de que Tomás, joven que por las propias conductas de la "edad de
la punzada" se mete en un problema en su natal Veracruz, es mandado por
su madre al DF (porque en aquellos años aun se llamaba DF, de modo que
yo así la llamo) a vivir con su hermano, al cual llaman Sombra, quien
vive con su amigo Santos, los cuales se la pasan haciendo huelga de la
huelga que se lleva a cabo en la universidad, se roban la luz de los
vecinos gracias a su vecina por lo cual tienen un altercado con el papá
de la niña, y tienen que salir del departamento, pero no nos
adelantemos.
En su tercer día Tomás se entera que Epigmenio Cruz,
ídolo de su padre fallecido y por consecuencia ídolo de él y de su
hermano está internado en un hospital, ellos dos conocen la historia del
hombre, saben que está solo, así que Tomás le exige a Sombra que vayan a
buscarlo para ver como está, conocerlo y que les firme la única copia
de un cassette que les regaló su padre, al principio Sombra no quiere
porque tiene que avanzar a su tesis, pero al final los tres emprenden el
viaje, pasando por muchos de los puntos icónicos del DF, donde se
pierden, se hayan, se mueven por esa gran ciudad que en aquellos años ya
era ese monstruo inmenso lleno de matices, aunque acá sólo los
distingamos con la memoria detrás de ese blanco y negro. En el viaje los
acompaña la voz de la resistencia estudiantil con voz de una bella
mujer quien es amiga de Sombra, Ana, a la cual dentro del mismo viaje
van a rescatar de la universidad para que los acompañe en esta cruzada. Y
el viaje, como todos los viajes nos hacen adentrarnos a nosotros
mismos, así vayamos acompañados, siempre hay cosas que despiertan
en nosotros, el viaje siempre se vuelve introspectivo, y para Ana,
Santos, pero sobre todo para Sombra y Tomás, la vida tendría a partir de
entonces un significado diferente, que si duraría tanto como la música
de Epigmenio Cruz, o se acabaría convirtiendo como el mal humor de un
artista anciano, eso es algo que no se podía saber.
Y es que así
como para estos personajes todo sería diferente a partir de que la
película se acaba, podríamos bien decir que esta película es algo
diferente, no podríamos decir como tal que es un road-movie corto porque
la CDMX puede ser todo menos corta, Ruizpalacios sin duda alguna tenía
muy claro lo que quería hacer con esta película, sabía que tenía el
potencial para hacer una película de arte, en blanco y negro, y con unos
pinches pordioseros, tratando de parafrasear a Sombra. El guión es
pulcro, las actuaciones muy atinadas, la banda sonora, la fotografía
viva o fija de la cámara en movimiento, cada enfoque, cada encuadre, las
frases y situaciones graciosas, la poesía que se narra incluso cuando
no se dice nada, imágenes combinadas con estas inquietudes que todo
joven suele tener en sus monólogos, diálogos, pláticas a veces en
apariencia sin sentido; todo esta como seguramente Ruizpalacios lo
imaginó, y lo escribió, haciendo que el tema del movimiento de la huelga
de 1999 sea sólo un pretexto, un lindo tributo, para enmarcar una
historia diferente grandiosamente contada.
Esta película tiene
muchas peculiaridades que para mi la han hecho de las mejores películas
mexicanas en lo que va de la década. Una película sobre el amor, la
amistad, el lucha, la hermandad, la camaradería, el viaje por el viaje,
sin pensar nunca en el destino. Una joya reciente de nuestro Nuevo Cine
Mexicano.
miércoles, 8 de noviembre de 2017
Loreto: El amigable pueblo con mar de Baja California Sur.
Regresar a Loreto, dedicar aunque fuera un par de días del año a visitar un lugar que es tan especial para mi corazón desde la primera vez que vi las aguas de este lugar, era un deseo que tenía muy fuertemente desde hace un par de años, por fin este año, agarrando de pretexto la presencia de una de las personas que yo mas amo en la vida, (persona la cual siempre nos sirve de pretexto para viajar la cual comparte conmigo el amor por viajar) por fin pude volver.
Mi amor por Loreto tiene historia, (y les juro que no es por la telenovela de Televisa) la cual indirectamente ustedes ya conoce. Loreto es el lugar que me inspiró, o mejor dicho el lugar que inspiró donde se desarrolla mi primera novela, y el amanecer en este lugar (sólo una vez llegué a pasar una noche en este pueblo antes de este viaje) y el conocer a una chica nacida en este lugar, aunque no la conocí en este lugar, me hizo empezar a escribir lo que yo pretendo que algún día se llegue a convertir en mi segunda novela. (De la cual ustedes conocen varios fragmentos, los que publiqué con el nombre de Esnelia y La Chica del Muelle) Pero dejemos de hablar de mi historia personal y adentrémonos un poco a la historia de Loreto como tal.
Loreto es el segundo Pueblo Mágico de Baja California Sur, junto con Todos Santos, el cual se encuentra surcando la Carretera Transpeninsular, la carretera No. 1 de México, el cual se encuentra a 356 km. de la ciudad de La Paz por la carretera, un pueblo relativamente pequeño con un número de habitantes entre 15 000 y 17 000 personas (en esto la gaceta local no nos dio preciso el dato) a la orilla del mar con un clima, aunque caluroso, suele ser un poco mas fresco que el del sur del estado, por su aproximación tan cerca al mar, por su malecón tan a la altura de la ciudad, por su protección de la Sierra de La Giganta, por que parece un oasis mismo en medio del desierto.
Yo conocí a Loreto por viajes de trabajo, alguna vez ya les había hablado al respecto, y en mi siguiente publicación les hablaré a detalle del preciso instante en el que yo decidí que este lugar sería protagonista de mis ficciones, pero como ya lo mencioné eso vendrá después ahora quiero hablarles de este viaje en especial.
El viaje, se planeó de la nada, o no de la nada, ya estaba planeado hacerse, pero por motivos personales decidimos de un momento a otro que se adelantara un día, e hicimos maletas en cosa de minutos y cargando la camioneta con algo de comida, víveres y tienda de campaña (inicialmente teníamos pretendido dormir a la orilla del mar, lo cual no llegamos a hacer) partimos a la ruta. De modo que saliendo no tan temprano, ya algo tarde, y después de un contratiempo que tuvimos con el vehículo a causa de un tramo de terracería que había en la carretera por obras de mantenimiento en Cd. Constitución, pequeña ciudad que se encuentra 200km. después de La Paz (conocido por los lugareños como El Valle de Santo Domingo) después de unos minutos volvimos a tomar ruta y cerca de 30km. después, al llegar a Cd. Insurgentes, (también conocido como La Toba) pequeño pueblo, con aspectos muy parecido a mi Durango (Cd. Constitución en primavera e invierno también es muy similar a Durango en eso del clima, en primavera mucho viento y "polvadero" y mucho frío en invierno) antes de tomar carretera a Loreto, recargamos gasolina y entre 7 y 8 de la tarde, antes de llegar al Mirador Frida, donde se logran apreciar varias de las islas que conforman al Parque Nacional Bahía de Loreto, el cual es una área natural protegida y patrimonio de la humanidad por la UNESCO, además de que esa noche nos tocó parte del atardecer y la caída del sol, además de una luna casi llena maravillosa, majestuosa y hermosa, una vista maravillosa, de esas que no olvidas en toda tu vida.
Llegamos al pueblo, sin itinerario, la noche nos había caído y no nos animamos a quedarnos en la playa, ya que de todas las cosas mas necesarias que se necesitan para acampar en una playa completamente a oscuras, fueron las lamparas, así que empezamos a buscar algún hostal o motel-posada, para nuestra fortuna no tuvimos que buscar tanto y encontramos uno muy tranquilo y de coste muy bajo, no pensamos dos veces para decidir quedarnos en el lugar, además de que nos quedaba muy cerca del malecón (sólo un par de cuadras y media) y del primer cuadro del pueblo, justo en el centro histórico, donde están todas las tiendas de artesanías, restaurantes, galerías y el hermoso templo jesuita que caracteriza al pueblo. Hicimos un primer recorrido de noche, caminamos por el corredor turístico, no sin antes cenar como los locales, en un pequeño puesto de "hates" y hamburguesas mientras veíamos desfilar a los niños disfrazados de monstruos (se me olvidó mencionarles que era Halloween, o sea que pasamos Halloween, el día de Todos los Santos, y el Día de Muertos en el lugar) a los cuales les tomé algunas fotos, y aquí es donde volví un poco a recordar porque este pueblo es tan especial para mi, porque lo amo tanto, la gente con una sonrisa, les tomaba fotos y los niños me decían adiós mientras las mamás sonreían, eso si lo hubiera hecho en alguna ciudad cualquiera los niños se habrían asustado, o los padres se habrían enojado, otra cosa que me gustó del lugar era que todos los niños iban acompañados de sus padres, y eso es algo que no he visto yo en las dos ciudades donde he vivido, por mucho que me digan que antes las cosas eran distintas y que la inseguridad no era tan alta como ahora, me gustó, o mejor dicho yo lo interprete como que las familias en este lugar son mas unidas, bueno, dejando de lado lo de la cena y las fotos a los niños de Halloween, nos fuimos a caminar y yo a tomar fotos como poseído por el corredor del pueblo, vimos a la misión de nuestra señora de Loreto, la cual alberga a la Virgen del Pilar, edificación que data desde 1697 siendo testigo de la fundación del pueblo en 25 de octubre de ese año (haber viajado una semana antes habría significado haber pasado las fiestas de fundación de la ciudad, pero para esa fecha la persona por la cual quisimos viajar no estaba aquí) el corredor adornado por arboles con una forma que parece hacen la figura de un túnel en su entrada, después de pasear y entrar a ver tiendas de artesanías y pasar por galerías de pintura, llegamos a una iluminada y llena de gente plaza principal, la cual tiene un kiosko pequeño (incluso mas que el de Todos Santos) y el palacio municipal de gobierno, todavía luciendo listones rosas por en símbolo de la lucha del cáncer de seno (el cual se destina el mes de octubre en México para tomar conciencia y difusión de esta lucha) había un par de altar de muertos, pero destruidos, pasamos unos pequeños segundos en el lugar, mi cámara para este momento, y con ella mi celular se habían descargado completamente, por el hecho de haber salido tan de repente de casa y haber dedicado parte de la mañana antes de salir a tomar fotos (quizá les comparta algunas de esas en mi IG, quizá) pero la verdad, estaba tan maravillado, una, de ver todo lo que mis ojos miraban de noche en Loreto; dos, caminar, aunque fuera muchas veces a la distancia al lado de personas que realmente quiero y verlas maravillarse tanto de un lugar que yo amo tanto, es algo que no tiene precio. seguimos caminando y ha nuestro paso entre otras cosas más nos topamos con algunos personajes, muchas caras amables que nos saludaban, para mi sorpresa, o la verdad es que no tanto, la mayoría de estas caras eran de propios, lugareños, hermanos, que de extranjeros, de lo cual les hablo mas adelante, nos topamos con uno de los tres murales que tiene en estas latitudes Ulises Martinez, (Uli Mtz) muralista del cual muchos de ustedes sabrán yo admiro su obra. Y una vista del malecón que tanto tanto amo.
El segundo día por la mañana, desperté muy temprano, después de dormir agustísimo, salí con mi hermano menor a tomar algunas fotos del malecón ya con sol y del corredor y de la iglesia, llegamos de nuevo al hotel poco después de una hora, (aunque en realidad no caminamos tanto, la cámara no me dejaba caminar mucho de tantas fotos que mis ojos querían tomar y tantos detalles que me pedían inmortalizar en datos) bebimos café cortesía del hotel, salimos al malecón a caminar un rato con toda la familia y luego de decidir que ese día si acamparíamos y encontraríamos una playa bonita, asesorándonos con la señora del hotel, nos fuimos a almorzar a una fondita de comida mexicana y decidimos irnos a visitar la misión de San Javier, en el pequeño poblado de San Francisco Javier, pero de eso también les hablaré en otra publicación.
No quiero hacerles muy largo el cuento, quizá para terminar podría comentarles ciertas cosas muy generales, como el hecho que después de llegar de San Javier nos fuimos a la playa del malecón, la cual era de arena color terroso, no blanca como las playas del sur, pero tampoco negra como la de Santa Rosalia, comimos pescado en un restaurante de la calle principal del pueblo, pero la verdad no estaba tan bueno, compramos algunos souvenires, seguimos caminando, y tan cansados estábamos de la caminata del día que decidimos no acampar y volver al hotel, ya no nos dieron ganas de salir esa noche, descansamos y dormimos temprano, para yo poder madrugar a la mañana siguiente, antes de las seis de la mañana ya estaba despierto, una vez más no me costó nada despertarme, tomé mi cámara y caminé por todo el malecón de punta a punta, ese malecón que a mi me fascina, tan rústico, tan mágico, tan místico, que conserva su esencia, o mucha de ella desde que el pueblo nació, fiel a su historia y su edad, tan hermoso por el amor de sus habitantes y los que pasean en él (a mas de una persona vi por la mañana recoger la basura de entre sus piedras, ese detalle me conmovió y empecé a hacer lo mismo) sacando fotos, saludando y regresando el saludo a todas las personas que veía a mi paso, viendo sus caras, fotografiaba a algunos, pero la verdad mi atención se centró más que nada a ese amanecer que tanto recordaba, ya visto desde afuera mientras olía y sentía la fresca brisa del otoño y el mar, no vista desde una habitación de hotel, no centrando mi atención en una chica, una banca y una farola, Todos Santos es un lugar que también me gusta mucho, pero creo mi amor por Loreto se debe a que yo siento mas gentileza y amor en su gente, no quiero decir con esto que en Todos Santos la gente no sea así, conozco algunas personas del lugar, tanto nativas como que viven o trabajan ahí, pero en Loreto algo es distinto, sientes como si los conocieras y te conocieran de siempre, como si fueran conocidos, familia, sus mujeres lindas de todas edades, jóvenes respetuosos, su mar, su faro, quizá se deba mas por mi que por otra cosa. Ya que volví al hotel, y al enterarme que no alcancé a tomar café nos fuimos a almorzar al mismo lugar y después la última sesión de fotos al interior de la misión de Loreto y una visita no prevista pero si bastante larga al Museo de Las Misiones Jesuitas, y ese pretender querer salir temprano nos dejó salir poco antes de medio día, pero mas contentos que nunca.
Después de cuatro años de no estar en Loreto, de haber vuelto a vivir otro amanecer en este lugar, sé que quiero llegar a vivir en este lugar, no sé si sea ahora y ya siendo mayor como tanto americano viene a este pueblo a pasar sus últimos años de vida para hacer filántropos después de haber hecho una fortuna. (Otra cosa que me he fijado es que si bien en Todos Santos también ves mucha gente local en su centro histórico, la verdad es que ves mas extranjero y joven, en Loreto es al reves, ves mas gente local que extranjera, y los extranjeros que ves son mayores, nos tocó saludar a algunos jóvenes en el hotel, con un par de motociclistas que venían de Oregon tuve el placer de cruzar unas cuantas palabras -mi deficiente inglés no me permite gran cosa a la hora de comunicarme con extranjero- y me contaban que iban de paso, la otra pareja que también estaba en el hotel también iba de paso, había otra pareja pero ellos si eran mexicanos, su procedencia la desconocía) Yo no creo poder esperar tanto tiempo, porque la verdad es que no hay ningún otro lugar en la tierra en el que yo este mas a gusto, mas tranquilo, mas relajado, (uno vuelve a su vida siendo mas feliz, mas amable después de haber estado en Loreto, habiendo despertado de ese bello sueño, habiendo dejado esas tranquilas y bellas aguas, esas tantos oscuras y blancas, pero cómodas playas) que me inspire tanto, (aunque en estos tres días no haya escrito nada, mas que algunos pensamientos y garabatos en mi celular, incluso pocas veces estuve al pendiente de este salvo por las veces que subía alguna foto a mi Instagram personal, ya saben que no me gusta mucho compartir cosas en mis redes, incluso descuido mucho el blog mientras estoy de viaje) como Loreto.
Ahora les comparto unas "pocas" fotos de este viaje.
Créanme, en comparación al número de fotos que albergó la memoria de mi cámara, estas son unas pocas. Por supuesto elegí muchoas de las mejores para publicar acá, otras, ya más personales, se quedan guardadas en mi galeria personal y privada.
| Obra del buen Uli Mtz |
| Artesanos creando magia. |
Una publicación compartida por Juan José Antuna Ortiz (@johnnyantuhap) el
Una publicación compartida por Juan José Antuna Ortiz (@johnnyantuhap) el
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