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martes, 10 de agosto de 2021
Normal People de Sally Rooney. (Fragmentos)
Marianne prepara la cena, espaguetis o risotto, y luego él lava los platos y ordena la cocina. Recoge las migas de debajo de la tostadora y ella le lee chistes de Twitter. Después se van a la cama. A Connell le gusta entrar muy dentro de ella, despacio, hasta que a Marianne le cuesta respirar y jadea y se aferra a la almohada con una mano. En ese momento su cuerpo parece tan pequeño, y tan abierto... ¿Así?, le pregunta. Y ella asiente y a veces golpea la almohada con la mano, soltando grititos ahogados cada vez que él se mueve.
Las conversaciones de después son muy gratificantes para Connell, a menudo dan giros imprevistos y lo empujan a expresar ideas que nunca antes había formulado de un modo consciente. Hablan de las novelas que está leyendo él, de la investigación que está estudiando ella, del momento histórico concreto en el que están viviendo, de la dificultad de observar dicho momento mientras ocurre. A veces tiene la sensación de que Marianne y el son como patinadores artísticos, improvisan sus conversaciones de una forma tan hábil y con una sincronización tan perfecta que a ambos les sorprende. Ella se lanza grácilmente al aire y, cada una de las veces, sin adivinar cómo lo hará, él la coge.
Al cabo de un rato la oye decir algo que no logra entender.
No te he oído.
No sé qué pasa conmigo, dice Marianne. No sé por qué no puedo ser como la gente normal.
Su voz suena extrañamente fría y distante, como una grabación que reprodujeran cuando ella ya no estuviese o se hubiera marchado a otra parte.
¿En qué sentido?
No sé por qué no consigo que la gente me quiera. Creo que debió de pasarme algo malo al nacer.
Marianne, hay mucha gente que te quiere, ¿vale? Tu familia y tus amigos te quieren.
Ella se queda unos segundos callada, y luego dice:
No conoces a mi familia.
Connell ni siquiera se ha dado cuenta de que ha usado la palabra <<familia>>; sólo buscaba algo tranquilizador y significativo que decirle. Ahora no sabe qué hacer.
En esa misma voz extraña y átona, Marianne continúa diciendo:
Me odian.
El se sienta en la cama para verla mejor.
Ya sé que tienes discusiones con ellos, pero eso no significa que te odien.
La última vez que estuve en casa mi hermano me dijo que lo que tenía que hacer era suicidarme.
Maquinalmente, Connell se sienta aún más recto y se quita la colcha de encima como si fuera a levantarse. Se pasa la lengua por dentro de la boca.
¿Por qué te dijo eso?
No lo sé. Dijo que si estuviese muerta nadie me echaría de menos porque no tengo amigos.
¿Y no le dijiste a tu madre que te había hablado así?
Estaba delante.
Connell estira los músculos de la mandíbula. El pulso le palpita en el cuello. Intenta visualizar la escena, los Sheridan en casa, Alan diciéndole por algún motivo a Marianne que se suicide, pero le cuesta imaginar a una familia comportándose como ella ha explicado.
¿Y qué dijo?, pregunta Connell. Es decir, ¿cómo reaccionó?
Creo que dijo algo en plan: Ay, no la animes.
Despacio, Connell exhala por la nariz y deja escapar el aire entre los labios.
¿Y qué lo provocó? O sea ¡cómo empezó la discusión?
Percibe que algo cambia en el rostro de Marianne, o se endurece, pero no sabe decir qué es exactamente.
Crees que hice algo para merecerlo.
No, evidentemente no estoy diciendo eso.
A veces pienso que debo de merecerlo. Si no, no entiendo por qué ocurre. Pero cuando está de mal humor se pone a seguirme por toda la casa. No hay manera de evitarlo. Entra en mi propio cuarto, le da igual que esté dormida o lo que sea.
Connell restriega las palmas de las manos sobre la sábana.
¿Te ha pegado alguna vez?
A veces. Menos desde que me marché. A decir verdad, eso tampoco me importa tanto. El tema psicológico me toca más. No sé cómo explicarlo, en realidad. Sé que debe de dar la impresión de que...
Él se lleva la mano a la frente. Tiene la piel sudada. Marianne no termina la frase para explicar qué impresión debe de dar.
¿Por qué no me lo habías contado?
Marianne no dice nada. Hay poca luz, pero alcanza a ver sus ojos abiertos.
Marianne... En todo el tiempo que estuvimos juntos, ¿por qué no me contaste nada de esto?
No lo sé. Supongo que no quería que pensaras que estaba tarada o algo. Supongo que tenía miedo de que luego me rechazaras.
Connell se tapa la cara con las manos. Nota los dedos fríos y sudados sobre los párpados y tiene lágrimas en los ojos. Cuanto más fuerte aprieta con los dedos, más rápido se escapan las lágrimas, húmedas hacia la piel.
Dios, dice. Tiene la voz pastosa y se aclara la garganta. Ven aquí.
Y ella va hacia él. Connell siente una vergüenza y una confusión terribles. Se tumban cara a cara y él abraza su cuerpo.
Lo siento, ¿vale?, le dice al oído.
Marianne se aferra a él, lo rodea con los brazos, y Connell la besa en la frente. Sin embargo, él siempre creyó que estaba tarada, lo pensó de todos modos. Cierra fuertemente los ojos con culpabilidad. Sus caras están calientes y sudadas. Piensa en lo que ella ha dicho; Creí que me rechazarías. Su boca está tan cerca que nota la humedad de su aliento en los labios. Empiezan a besarse, y su boca le sabe oscura como el vino. El cuerpo de Marianne se mueve contra el suyo, él le acaricia el pecho, en unos segundos podría volver a estar dentro de ella, y entonces ella dice:
No, no deberíamos hacer esto.
Y se aparta sin más. Connell se oye respirar en mitad del silencio, la patética agitación de su respiración. Espera hasta que se calma, no quiere que se le quiebre la voz cuando empiece a hablar.
Lo siento mucho, dice.
Ella le estrecha la mano. Es un gesto muy triste. Connell no se puede creer la estupidez de lo que acaba de hacer.
Lo siento, dice de nuevo.
Pero Marianne ya se ha dado la vuelta.
Se sumen en un nuevo silencio. Marianne se vuelve a tumbar en la cama, mira la luz, nota cómo se le enciende la cara.
Pensaba que estabas enfadado conmigo.
Vaya, lo siento. No estaba enfadado.
Y tras una pausa él añade:
Creo que nuestra amistad sería mucho más fácil si... bueno, si ciertas cosas fuesen de otra manera.
Marianne se lleva la mano a la frente. Connell calla.
¿Si qué fuese de otra manera?
No sé.
Lo oye respirar. Siente que lo ha arrinconado con la conversación y no quiere presionarlo más de lo que lo ha presionado ya.
Ya lo sabes, no te voy a engañar, dice Connell. Es evidente que siento cierta atracción hacia ti. No intento buscar excusas. Es sólo que tengo la sensación de que las cosas no serían tan confusas si en nuestra relación no hubiese ese otro elemento de por medio.
Marianne baja la mano a las costillas, siente la lenta elevación del diafragma.
¿Crees que sería mejor si no hubiésemos estado nunca juntos?, le pregunta.
No lo sé. A mí me cuesta imaginarme cómo sería la vida entonces. En plan, no sé a qué universidad habría ido ni dónde estaría ahora mismo.
Ella no dice nada, deja que ese pensamiento dé unas vueltas en su cabeza, con la mano apoyada en el abdomen.
Es curioso, prosigue Connell, las decisiones que tomamos porque nos gusta alguien y que hacen que nuestra vida sea completamente distinta. Creo que estamos en esa edad rara en la que la vida puede cambiar muchísimo en función de pequeñas decisiones. Pero tú has sido una muy buena influencia para mí en conjunto; es decir, está claro que soy mejor persona ahora creo. Gracias a ti.
Marianne se queda quieta, respirando. Le arden los ojos, pero no hace ningún gesto de tocárselos.
El tiempo que estuvimos juntos en el primer año de carrera, ¿te sentiste solo?
No, ¿y tú?
No. Me sentía frustrada a veces, pero no sola. Nunca me siento sola cuando estoy contigo.
Ya. Fue una especie de época perfecta en mi vida, a decir verdad. No creo que antes de aquello hubiese sido feliz nunca.
Ella presiona fuerte con su mano en el abdomen, expulsando todo el aire de su cuerpo, y luego inspira.
Anoche deseaba en verdad que me besaras, dice Marianne.
Oh.
El pecho de Marianne vuelve a hincharse y deshincharse lentamente.
Yo también quería, dice él. Supongo que no nos entendimos.
Bueno, no pasa nada.
Connell se aclara la garganta.
No sé qué es lo mejor para nosotros. Obviamente, me hace sentir bien que me digas todo esto. Pero, al mismo tiempo, las cosas entre nosotros siempre han terminado un poco mal. Ya me entiendes, eres mi mejor amiga, no querría perderte por ningún motivo.
Claro, comprendo lo que dices.
A Marianne se le han humedecido los ojos y tiene que frotárselos para impedir que caigan las lágrimas.
¿Lo puedo pensar?, pregunta Connell.
Por supuesto.
No quiero que creas que no valoro todo esto.
Ella asiente, frotándose la nariz con los dedos. Se pregunta si podría girarse de lado de cara a la ventana para que Connell no la viese.
Me has ayudado mucho, continúa diciendo él. Con la depresión y todo eso, no quiero entrar demasiado en el tema, pero me has ayudado muchísimo.
No me debes nada.
No, ya lo sé. No quería decir eso.
Marianne se sienta en la cama, baja los pies al suelo, hunde la cara entre las manos.
Me está entrando ansiedad, dice él. Espero que no sientas que te estoy rechazando.
No te angusties. No pasa nada. Tendría que irme ya a casa, si te parece bien.
Te puedo llevar.
No hace falta que te pierdas la segunda parte. Iré andando, no hay problema.
Empieza a ponerse los zapatos.
La verdad, se me había olvidado que había partido, dice Connell, pero no se levanta ni va a buscar las llaves.
Marianne se pone de pie y se alisa la falda. Él está sentado en la cama, mirándola, con una expresión atenta, casi nerviosa, en la cara.
Vale, dice ella. Adiós.
Hace además de cogerla de la mano y ella se la da sin pensar. Connell la sostiene un segundo, acariciándole los nudillos con el pulgar. Luego se lleva la mano de Marianne a los labios y la besa. Se siente agradablemente abrumada bajo el peso de su poder sobre ella, bajo la profundidad enorme y extática de su voluntad de complacerlo.
Qué bien, dice ella.
Él asiente, y Marianne nota un leve y placentero dolor en su interior, en la pelvis, en su espalda.
Sólo estoy nervioso. Creo que es bastante evidente que no quiero que te vayas.
Ella dice con un hilo de voz:
A mí no me parece nada evidente qué es lo que quieres.
Connell se levanta y se coloca frente a ella. Como un animal amaestrado, Marianne se queda inmóvil, cada uno de sus nervios erizados. Querría soltar un gemido. Connell posa las manos en sus caderas y ella deja que la bese en la boca. La sensación es tan extrema que se siente desvanecer.
Lo deseo tanto, dice.
Me encanta oírte decir eso. Voy a apagar la tele, si te parece.
Marianne se sienta en la cama mientras él apaga el televisor. Luego se sienta a su lado y se besan de nuevo. Su tacto tiene un efecto narcótico sobre ella. Un grato atontamiento la invade, arde en deseos de quitarse la ropa. Se echa sobre la colcha y él se inclina sobre ella. Han pasado años. Nota la polla de Connell con la fuerza extenuante de su deseo.
Hummm. Te he echado de menos, dice él.
No es así con otra gente.
Bueno, a mí me gustas mucho más que otra gente.
La besa otra vez y Marianne siente sus manos recorriéndole el cuerpo. Toda ella es un abismo en el que él puede sumergirse, un espacio vacío esperando que él lo llene. A tientas, mecánicamente, empieza a quitarse la ropa, y oye cómo Connell se desabrocha el cinturón. El tiempo parece elástico, se alarga con cada sonido y movimiento. Se tumba boca abajo y hunde su cara en el colchón, y él le acaricia el muslo por detrás. SU cuerpo no es más que una posesión, y pese a que ha ido de mano en mano y lo han maltratado de diversas maneras, le ha pertenecido siempre a él, y Marianne tiene ahora la sensación de estar devolviéndoselo.
sábado, 17 de abril de 2021
La bicicleta. Por Valeria Luiselli.
*Texto extraído del libro de ensayos Papeles falsos.
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Guarde su distancia
La bicicleta está a medio camino entre el automóvil y el zapato; su ligereza permite a quien va en ella rebasar las miradas peatonales y ser rebasado por las miradas a motor. Así, el ciclista es dueño de una libertad extraordinaria: la invisibilidad. La naturaleza híbrida de su vehículo lo coloca al margen de toda vigilancia.
El único enemigo declarado del ciclista es el perro, animal obscenamente programado para perseguir cualquier objeto que se mueva más rápido que él. Y claro, también son peligrosas las bestias que conducen automóviles. Aun así, el ciclista es suficientemente invisible como para lograr lo que el peatón no puede: pasear en soledad y abandonarse al curso al curso de sus meditaciones.
Cada bicicleta se ajusta, además, a las necesidades de su dueño. Existen bicicletas para todos los temperamentos: las hay melancólicas, emprendedoras, ejecutivas, salvajes, nostálgicas, prácticas, ágiles y parsimoniosas. Más que los perros a sus dueños, las bicicletas se asemejan a su ciclista. En ellas, el hombre se siente realizado, representado, resuelto.
Como señala Julio Torri, autoproclamado admirador del ciclismo urbano, ni el avión ni el automóvil guardan proporción con el hombre, pues su velocidad es mayor a la que este necesita. No sucede lo mismo con la bicicleta. El que maneja una elije la rapidez que mejor se adecue al ritmo de su cuerpo, y eso no depende más que de los límites naturales del propio ciclista.
La bicicleta no sólo es noble con el ritmo del cuerpo,: también es generosa con el pensamiento. Si uno es propenso a divagar, es perfecta la compañía sinuosa del manubrio; cuando las ideas tienden a deslizarse en línea recta, las dos ruedas de la bicicleta pueden cuestionarlas; si un pensamiento aflige al ciclista y traba el natural discurrir de la razón, basta con buscar una pendiente bien inclinada y dejar que la gravedad y el viento produzcan su alquimia redentora.
Es cierto que la bicicleta se puede utilizar para lograr un fin distinto del mero paseo: existen deportistas, afiladores, repartidores y ciclotaxistas. Pero también es verdad que andar en bicicleta es de las pocas actividades callejeras que aun se pueden concebir como un fin en sí mismo. Habría que llamar bicicletista al que se distingue de los demás por concebirlo así. El que ha encontrado en el ciclismo una ocupación desinteresada de resultados últimos, sabe que es dueño de una extraña libertad, sólo equiparable con la de la imaginación.
Alto
Si en el pasado la caminata fue emblema del pensador, y si en algunas ciudades todavía se puede caminar pensando, poca relevancia tiene para el habitante de la ciudad de México.
El peatón defeño lleva la ciudad a cuestas y está tan sumergido en la vorágine urbana que no puede contemplar más que lo que tiene inmediatamente frente a él. Por otro lado, los que usan el transporte público están restringidos a sesenta centímetros cuadrados de intimidad y a pocos metros más de horizonte visual. Tampoco se salva el automovilista que se transporta envasado al vacío, ni escucha ni huele ni mira ni está realmente en la ciudad: el alma se le va embotando en cada semáforo, su mirada es esclava de los anuncios espectaculares, y las leyes misteriosas y anárquicas del tráfico imponen la pauta a sus facultades imaginativas.
Escribía Salvador Novo que <<la renuncia a embonar paso a paso nuestros ritmos internos -circulación, respiración- en los pausados ritmos universales que nos rodean , arrullan, mecen, uncen, sobreviene cuando a bordo de un automóvil nos lanzamos con velocidad insensata a simplemente anular distancias, mudar de sitio, tragar leguas>>. El bicicletista, a diferencia del que va en automóvil, logra esa velocidad arrulladora y despreocupada del paseo, que libera el pensamiento y lo deja andar a piacere. Deslizándose sobre dos ruedas encuentra el paseante la distancia justa para observar la ciudad de México y ser a la vez cómplice y testigo de ella.
La velocidad de la bicicleta permite una forma particular de ver. La diferencia entre volar en avión, caminar y andar en bicicleta es la misma que hay entre mirar a través del telescopio, el microscopio y la cámara de cine. El que va suspendido a medio metro del piso puede ver las cosas como a través de la cámara cinematográfica: tiene la posibilidad de demorarse en los detalles y la libertad de pasar por alto lo innecesario.
En la ciudad de México, sólo alguien montado en una bicicleta puede declararse de un ánimo romanticoextravagante al pasear.
martes, 26 de enero de 2021
Libros del 2020
2020 fue un año en el que cumplí el propósito de leer más
que el año antecesor, pero no el de leer de manera constante, me explico.
Procuré, o uno de los propósitos era poder leer todo el año, aunque fuera poco, de manera constante, leer un poco cada día, cada semana, cada mes; pero compromisos varios que se acrecentaron con la cuestión pandémica, hizo que atendiera tanto películas por ver, como festivales de cine en línea, lo que hizo que hubiera meses completos en los que no leí nada, pero meses en los que no hice otra cosa que leer.
En este ejercicio quisiera hacer mención de los 22 libros
leídos, por si a alguno de ustedes les llamara la atención algún título y les
inspirara el deseo de leerlo, y sólo de mis libros favoritos, haré un muy breve comentario.
(El orden de los libros es de acuerdo al orden en que los leí en el año)
Sin más, comienzo.
°Imagine. John Lennon – Andrew Solt, Sam Egan
°Charlas de café – Varios artistas, Proyección Literaria
°Teatro y espacio en Baja California Sur – Rubén Sandoval
°Sam Peckimpah – Leonardo García Tsao – Universidad de Guadalajara
°Sam Peckimpah. Hermano perro – Rubén Lardín
°La novela de Esperanza – Rubén Sandoval
Este trabajo realizado por el dramaturgo y gestor cultural Rubén Sandoval, además de ser un trabajo diferente y trasgresor a la narrativa, algo que es muy valioso y plausible de percatar en un académico que se toma aún libertades de experimentar, vemos un libro en el que, además de dividirse en dos, mezcla ficción y realidad, y tiempos que sólo podrían tener lógica dentro de la historia misma. Un escritor que busca una historia qué escribir, corre el riesgo que la menos deseada lo encuentre en su afán de algo significativo. Una novela a la que le debo un análisis más profundo y que espero, cuando esté listo, pueda estar al 10% de altura de esta gran obra.
°La víspera y cinco piezas teatrales – Rubén Sandoval
°Trópico de Capricornio – Henry Miller
°Pleasure of ruins – Rose Macaulay
°Subidos de tono – Varios artistas, Espejo de Urania
°Yo no vengo a decir un discurso – Gabriel García Márquez
Quizá uno de los libros más interesantes que leí en el 2020, y desde el momento en que lo terminé de leer, se convirtió en uno de mis libros favoritos del escritor colombiano, y aunque él no hizo la compilación de estos textos, si son palabras escritas y dichas por él.
Este libro reúne muchos discursos que llegó a decir el autor en vida, y en ellos se muestra mucho su personalidad, su humildad, su humor, su preocupación por Latinoamérica y la unión de los pueblos que la integran.
°Fellini – Hollis Alpert
°Eric Rohmer – Carlos f. Heredero, Antonio Santamarina
Poder encontrar libros en los que se profundiza sobre el trabajo de los directores que uno ama, siempre será un gran placer, quizá una de las fuentes que a uno lo hace más feliz, cuando uno ama con tanta efusividad el cine; y sin duda alguna Eric Rohmer es uno de los directores a los que yo más amo en la vida.
Más que la gran compilación y análisis que se hace del crítico y director francés por parte de los dos autores del libro, lo que más me gustó de este libro fue poder leer los pensamientos y las ideas que regían y rigen el cine de Rohmer a nivel realizador, que este expuso tanto en artículos, entrevistas y libros propios. Sobra decir lo inspiradores que fueron para su servidor y cómo influenciaron en gran medida para realizar los cortometrajes que realicé el año pasado.
°Cine de poesía contra cine de prosa – Pier Paolo Pasolini, Eric Rohmer
°Desierto sonoro – Valeria Luiselli
Por mucho, mi libro favorito del 2020. Bastaría para mí sólo decir eso, pero sería injusto tanto con ustedes, como con el amor que profeso por el libro, y por la gran escritora Valeria Luiselli, que definitivamente se ha convertido en mi escritora mexicana favorita contemporánea.
La novela retrata el viaje que realiza una pareja de académicos desde Nueva York hasta Arizona, cada uno trabaja en su proyecto, él, es documentólogo y ella documentalista (y la narradora de la primera parte de la novela), él persigue el recuerdo de los primeros nativos de Norteamérica, y ella los lugares de detención y extradición de niños indocumentados que buscan asilo. El matrimonio vive una crisis de la que parece no podrán terminar juntos. Con ellos viajan sus hijos. El niño, que es el mayor, es hijo de él. La niña, la más pequeña, es hija de ella. Y a pesar de que la segunda parte es narrada por el niño, ambos son en gran parte quienes dictan el sendero que va trazando este viaje desde el principio, el cual, bajo un sello más que distintivo de la escritora, mezcla la visión en más de una ocasión de personajes, de memorias, de imaginación, de temporalidad, incluso, como la gran autora que es Valeria, hay pasajes de su vida personal.
Además de la manera tan vivaz en la que Valeria trasgrede y da un nuevo sentido y significado a la novela como forma literaria y a la narrativa en estas, algo que, como ya lo había comentado, es un distintivo y en sus pasados trabajos ya había mostrado; con Desierto sonoro lo lleva al máximo nivel, un nivel que muy pocos autores en la historia habían logrado. Es riquísimo leer a Luiselli más allá de sus formas, o la riqueza de su historia, o la manera en que hace que uno vea pasajes personales en sus personajes (eso, desde mi perspectiva, sólo se logra cuando uno es honesto y plasma parte de la historia propia en sus letras), sino también por todas las referencias generales que uno puede encontrar, y cómo se integran de manera orgánica en la historia, nada está sólo por estar o ganar algo de credibilidad a través de terceros, quien no recuerda ciertos viajes por carretera por las canciones que uno escuchaba en ese momento, yo sí.
Finalizo esto escribiéndoles que esta novela, más allá de que es mi libro favorito del 2020, este se ha vuelto uno de mis libros favoritos de la vida por una razón en particular: el final. ¡Qué final! Pocos finales en un libro han logrado conmoverme hasta las lágrimas.
°Otro agosto habita el aire – Yaroslabi Bañuelos
°Temporada de huracanes – Fernanda Melchor
La novela de Fernanda Melchor es una novela que así como maravilla por su osadía y valentía, y la manera tan depurada en que la escritora escribe, explica, retrata; es dura, y duele por la realidad tan aplastante que uno sabe, se vive en ciertas partes de nuestro país desde siempre, cosas que uno sabe que existen, pero que siempre encontramos la forma de evadir, o no voltear a ver, o edulcorar con novelas rosas de pseudo autores mexicanos, pero Fernanda crea una realidad en un pueblo de México alrededor de los habitantes de este lugar que nos da un golpe en el estómago, un golpe que, al terminarlo de leer sabemos nos merecemos.
°A propósito de nada – Woody Allen
Conocer a un autor desde sus propias palabras, relatando las mieles y sinsabores de su carrera, de una manera como lo hace Woody Allen, es un placer.
Woody hace un repaso por sus éxitos y sus fracasos, por sus mejores momentos y por los que lo han marcado para mal, y todo desde una honestidad, y desde un humor que uno no puede hacer más que doblarse de tanto reír.
Los recurrentes de este blog sabrán que Allen es mi director de cine favorito, pero dicho lo anterior, lo prefiero aún más, o considero es mucho mejor aún como escritor que como director de cine.
Conocer a un autor desde sus propias palabras, relatando las mieles y sinsabores de su carrera, de una manera como lo hace Woody Allen, es un placer.
Woody hace un repaso por sus éxitos y sus fracasos, por sus mejores momentos y por los que lo han marcado para mal, y todo desde una honestidad, y desde un humor que uno no puede hacer más que doblarse de tanto reír.
Los recurrentes de este blog sabrán que Allen es mi director de cine favorito, pero dicho lo anterior, lo prefiero aún más, o considero es mucho mejor aún como escritor que como director de cine.
°Los ingrávidos – Valeria Luiselli
Trabajo previo de Luiselli a Desierto sonoro, y su segunda novela; en esta ya mostraba de manera muy particular eso que comentaba sobre cómo la autora puede tomar la ficción y las referencias, para mezclarlas de manera muy armónica a la narración, cotidianidad y realidad que se supone es la historia en un libro, aunque de real tenga lo que la escritora tiene que decir, y vaya que si este ejercicio hace que a uno como lector involucrarse aún más en el desarrollo y sentirse incluso dentro de la historia, sentir que uno es un personaje más. Uno jamás se vuelve un lector pasivo en los libros de Luiselli, ya sea en los de ficción o en los de ensayo.
Trabajo previo de Luiselli a Desierto sonoro, y su segunda novela; en esta ya mostraba de manera muy particular eso que comentaba sobre cómo la autora puede tomar la ficción y las referencias, para mezclarlas de manera muy armónica a la narración, cotidianidad y realidad que se supone es la historia en un libro, aunque de real tenga lo que la escritora tiene que decir, y vaya que si este ejercicio hace que a uno como lector involucrarse aún más en el desarrollo y sentirse incluso dentro de la historia, sentir que uno es un personaje más. Uno jamás se vuelve un lector pasivo en los libros de Luiselli, ya sea en los de ficción o en los de ensayo.
°La sutil danza de las medusas – Andrei Maldonado
Andrei logra con esta novela una especie de juego en el que el lector llena un universo imaginario conformado por dos personas, este universo es narrado y enriquecido a su manera por las dos protagonistas del mismo, una relación entre dos personas en apariencia normales, que conforme pasa el tiempo van mostrando sus deseos, sus manías, sus inseguridades, las mismas que hacen que esta historia de amor se torne a un desenlace que es compartido por ambas, pero que lo viven desde diferentes puntos espectrales.
Es interesante cómo cambia de perspectiva una experiencia de vida narrada por dos personas diferentes, y aún así ver cómo esta se enriquece la una de la otra. Andrei hace tan rico y tan detallista el mundo de su historia, que está más que amalgamado a los dos personajes principales; ricos, complejos, siendo tan distintas, son parecidas en un ámbito real, y además hay una especie de complementación, que llega a ser más que congruente en la forma en que ellas narran la historia y se expresan, dentro de la obvia naturaleza cambiante de ambas, esto es un claro ejemplo del dominio literario que tiene Andrei.
Todas las referencias marcadas en esta obra hacen que uno quede más enganchado a ella, y siempre poder imaginar de manera muy cercana los lugares que en esta se describen, en una ciudad más que parecida a Durango, a uno lo hacen sentirse aún más involucrado con la historia.
°Tijuana, la esquina del cine – Cuauhtémoc Ruelas
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