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sábado, 2 de mayo de 2020
Untitled #4
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-¿Dónde estás? Deja que vaya por ti, podemos arreglar esto, te lo prometo.
-Es que...
-No digas nada, si. Déjame hablar, te prometo que no voy a gritar. Sé que me pongo muy paranoico y muy loco en estos casos, debes de comprender que todo esto no es fácil para mi. Es la primera vez que me descubro teniendo estos ataques de pánico y ansiedad, sé que eres la que menos tiene la culpa, sé que eres lo mejor que me ha pasado en la vida, pero por desgracia no te puedo mantener lejos de este desastre. No es que no confíe en ti, te lo juro, simplemente me es difícil poner puntos claros entre lo que digo y en lo que pienso. Me confundo y me confunde todo alrededor, lo que dice la gente. No confío en la gente, sólo confío en ti, te lo juro. Voy a salir de este lugar y voy a ir por ti a donde estés, nos fugaremos de la ciudad.
-Es muy lindo todo lo que me dices, y créeme cuando te digo que te creo, quiero que solucionemos esto. Pero justo ahora veo muy difícil que puedas venir por mí.
-¿Dónde estás?
-Estoy en Tokio.
lunes, 20 de abril de 2020
El amor en los tiempos del coronavirus, episodio 4
-¿Dónde estabas?
Le gritaba Sofía a su hermano. Había olvidado su celular en la casa y cuando lo mandó al suermercado y este se había tardado más de la media hora que le llevaba hacer las compras semanales se había preocupado pensando que le había podido haber pasado algo en el camino. Le había estado marcando pero se percató que jamás le iba a contestar.
-En el supermercado. -Le respondía él con una serenidad inusual.
-¿Y por qué tardaste tanto?
Él no contestó. Ella notaba algo en su hermano, estaba como perdido, como zombie, pero se le veía una cara de imbécil, y una sonrisa llena de felicidad.
-¿Qué te pasa? -Por fin le preguntó Sofia.
-Es que me pasó algo. Algo muy raro.
-¿Qué te pasó?
-Me enamoré.
Ella se quedó viéndolo con una cara de "serás tan estúpido", pero luego, al ver la reacción de su hermano posterior a la confesión, se dio cuenta de que no estaba jugando. Además era su hermano, un tipo que jamás había mostrado emoción alguna hacia ya no digamos a una chica, a esas alturas de la vida si un día llegaba a la casa presentándoles algún novio, todos festejarían por lo alto sabiendo que por fin ese hijo concebido no era una especie de engendro sin corazón, o un robot, pero no; incluso muchos de los que lo conocían creían que era una de las verdaderas pocas personas en el planeta en ser asexual.
-¿Y cómo fue eso?
-Fue bastante extraño en realidad. Estaba buscando esos purés que me encargas para Mateo, justo al final del supermercado donde los estantes ya no son muy altos. Estaba yo ahí, y de repente de la nada, sentí como una presencia, algo me decía que tenía que voltear a ver a la persona que estaba en el otro pasillo, y que se había parado justo en frente de mi, yo levanté la cabeza como si nada, al fin de cuentas eso es algo que no se nos prohíbe aún, voltear a ver a las personas en el supermercado, siempre y cuando las voltees a ver a los ojos, y no a su trasero. El caso es que volteo a ver, y ahí estaba, la chica más linda que yo jamás haya visto. Tenía mi estatura, quizá un par de centímetros menos, era morena, muy morena, ojos grandes, café marrón si tuviera que apostar por el color de estos, pero no estoy completamente seguro. Ella no se percató en un principio que la miraba, era muy linda, y muy lindo verla, se veía muy concentrada como leyendo algo en un paquete, seguro eran galletas. Te estoy describiendo lo linda que era, pero no te he dicho lo que en verdad me llamó la atención, lo que me hizo que me enamorara.
-¿Qué fue? -Le preguntó la hermana que para este punto había olvidado el enojo, el susto, y que tenía que darle de comer al bebé.
-Su cubrebocas. En él tenía los colmillos de un vampiro. Sé que eran de vampiro porque tenía unas gotas de sangre también pintadas en él. Entonces, luego de unos segundos de verla, se me escapó, no sé si fue una risa o un suspiro, en todo caso ella volteó a verme y se percató que la estaba observando, entonces yo desvié la mirada, y empecé a leer lo que decía el puré que tenía en la mano, no lo hice durante mucho tiempo, porque mi curiosidad hizo que volviera mi mirada de donde venía, y ella seguía mirándome. No lo puedo afirmar, porque no podía ver su boca, pero por la expresión que hicieron sus ojos, podría casi jurar que me sonrió. Yo dejé de mirarla y empecé a caminar lentamente hacia el final del pasillo, la miraba de reojo, y me percataba que me seguía, al mismo compás de mis pasos, la miraba de vez en vez, ella no despegaba sus ojos de mi. No te voy a mentir, hubo un punto en el que llegué a sentirme muy nervioso, no con miedo, sino con esa especie de nervio en el que sabes que es inminente que pase eso que te estás imaginando, por muy disparatado que esto pueda ser, y pasó, justo al final del pasillo, cuando yo iba a girar hacia el pasillo de ella, y ella al mio, se sacó el cubrebocas y tomó el mio para sacármelo y me besó. Todo me pareció como si hubiera pasado en cámara lenta, ella tomando mi barba con suma no derecha, justo la que me había quitado el cubrebocas, su mano izquierda, la que había quitado su cubrebocas, se había dirigido a mi nuca. Mi mano derecha en su cintura, por debajo de su playera blanca, su piel era tersa, tibia, sólo sentía por debajo de mi dedo meñique el frío de su cinturón. Mi mano derecha empujaba su espalda contra mi cuerpo. Luego de los no sé cuantos minutos que estuvimos allí, ella se puso su cubrebocas y ya no la vi, no la seguí, supuse que ella no quería que la siguiera.
-Pero puedes buscarla, puedes volver el mismo día la siguiente semana, quizá la vuelvas a ver, no es motivo para hablar de ella en tiempo pasado, como si no existiera más.
-Quizá, pero prefiero que sea así, me enamoré, y no la quiero volver a ver.
lunes, 1 de julio de 2019
Las babas del diablo.
Nunca se sabrá cómo hay que contar esto, si en primera persona o en segunda, usando la tercera del plural o inventando continuamente formas que no servirán de nada. Si se pudiera decir: yo vieron subir la luna, o: nos me duele el fondo de los ojos, y sobre todo así: tú la mujer rubia eran las nubes que siguen corriendo delante de mis tus sus nuestros vuestros sus rostros. Qué diablos.
Puestos a contar, si se pudiera ir a beber un bock por ahí y que la máquina siguiera sola (porque escribo a máquina), sería la perfección. Y no es un modo de decir. La perfección, sí, porque aquí el agujero que hay que contar es también una máquina (de otra especie, una Cóntax 1.1.2) y a lo mejor puede ser que una máquina sepa más de otra máquina que yo, tú, ella —la mujer rubia— y las nubes. Pero de tonto sólo tengo la suerte, y sé que si me voy, esta Rémington se quedará petrificada sobre la mesa con ese aire de doblemente quietas que tienen las cosas movibles cuando no se mueven. Entonces tengo que escribir. Uno de todos nosotros tiene que escribir, si es que esto va a ser contado. Mejor que sea yo que estoy muerto, que estoy menos comprometido que el resto; yo que no veo más que las nubes y puedo pensar sin distraerme, escribir sin distraerme (ahí pasa otra, con un borde gris) y acordarme sin distraerme, yo que estoy muerto (y vivo, no se trata de engañar a nadie, ya se verá cuando llegue el momento, porque de alguna manera tengo que arrancar y he empezado por esta punta, la de atrás, la del comienzo, que al fin y al cabo es la mejor de las puntas cuando se quiere contar algo).
De repente me pregunto por qué tengo que contar esto, pero si uno empezara a preguntarse por qué hace todo lo que hace, si uno se preguntara solamente por qué acepta una invitación a cenar (ahora pasa una paloma, y me parece que un gorrión) o por qué cuando alguien nos ha contado un buen cuento, en seguida empieza como una cosquilla en el estómago y no se está tranquilo hasta entrar en la oficina de al lado y contar a su vez el cuento; recién entonces uno está bien, está contento y puede volverse a su trabajo. Que yo sepa nadie ha explicado esto, de manera que lo mejor es dejarse de pudores y contar, porque al fin y al cabo nadie se avergüenza de respirar o de ponerse los zapatos; son cosas que se hacen, y cuando pasa algo raro, cuando dentro del zapato encontramos una araña o al respirar se siente como un vidrio roto, entonces hay que contar lo que pasa, contarlo a los muchachos de la oficina o al médico. Ay, doctor, cada vez que respiro... Siempre contarlo, siempre quitarse esa cosquilla molesta del estómago.
Y ya que vamos a contarlo pongamos un poco de orden, bajemos por la escalera de esta casa hasta el domingo 7 de noviembre, justo un mes atrás. Uno baja cinco pisos y ya está en el domingo, con un sol insospechado para noviembre en París, con muchísimas ganas de andar por ahí, de ver cosas, de sacar fotos (porque éramos fotógrafos, soy fotógrafo). Ya sé que lo más difícil va a ser encontrar la manera de contarlo, y no tengo miedo de repetirme. Va a ser difícil porque nadie sabe bien quién es el que verdaderamente está contando, si soy yo o eso que ha ocurrido, o lo que estoy viendo (nubes, y a veces una paloma) o si sencillamente cuento una verdad que es solamente mi verdad, y entonces no es la verdad salvo para mi estómago, para estas ganas de salir corriendo y acabar de alguna manera con esto, sea lo que fuere.
Vamos a contarlo despacio, ya se irá viendo qué ocurre a medida que lo escribo. Si me sustituyen, si ya no sé qué decir, si se acaban las nubes y empieza alguna otra cosa (porque no puede ser que esto sea estar viendo continuamente nubes que pasan, y a veces una paloma), si algo de todo eso... Y después del «si», ¿qué voy a poner, cómo voy a clausurar correctamente la oración? Pero si empiezo a hacer preguntas no contaré nada; mejor contar, quizá contar sea como una respuesta, por lo menos para alguno que lo lea.
Roberto Michel, franco-chileno, traductor y fotógrafo aficionado a sus horas, salió del número 11 de la rue Monsieur-le-Prince el domingo siete de noviembre del año en curso (ahora pasan dos más pequeñas, con los bordes plateados). Llevaba tres semanas trabajando en la versión al francés del tratado sobre recusaciones y recursos de José Norberto Allende, profesor en la Universidad de Santiago. Es raro que haya viento en París, y mucho menos un viento que en las esquinas se arremolinaba y subía castigando las viejas persianas de madera tras de las cuales sorprendidas señoras comentaban de diversas maneras la inestabilidad del tiempo en estos últimos años. Pero el sol estaba también ahí, cabalgando el viento y amigo de los gatos, por lo cual nada me impediría dar una vuelta por los muelles del Sena y sacar unas fotos de la Conserjería y la Sainte-Chapelle. Eran apenas las diez, y calculé que hacia las once tendría buena luz, la mejor posible en otoño; para perder tiempo derivé hasta la isla Saint-Louis y me puse a andar por el Quai d'Anjou, miré un rato el hotel de Lauzun, me recité unos fragmentos de Apollinaire que siempre me vienen a la cabeza cuando paso delante del hotel de Lauzun (y eso que debería acordarme de otro poeta, pero Michel es un porfiado), y cuando de golpe cesó el viento y el sol se puso por lo menos dos veces más grande (quiero decir más tibio pero en realidad es lo mismo), me senté en el parapeto y me sentí terriblemente feliz en la mañana del domingo.
Entre las muchas maneras de combatir la nada, una de las mejores es sacar fotografías, actividad que debería enseñarse tempranamente a los niños pues exige disciplina, educación estética, buen ojo y dedos seguros. No se trata de estar acechando la mentira como cualquier repórter, y atrapar la estúpida silueta del personajón que sale del número 10 de Downing Street, pero de todas maneras cuando se anda con la cámara hay como el deber de estar atento, de no perder ese brusco y delicioso rebote de un rayo de sol en una vieja piedra, o la carrera trenzas al aire de una chiquilla que vuelve con un pan o una botella de leche. Michel sabía que el fotógrafo opera siempre como una permutación de su manera personal de ver el mundo por otra que la cámara le impone insidiosa (ahora pasa una gran nube casi negra), pero no desconfiaba, sabedor de que le bastaba salir sin la Contax para recuperar el tono distraído, la visión sin encuadre, la luz sin diafragma ni 1/250. Ahora mismo (qué palabra, ahora, qué estúpida mentira) podía quedarme sentado en el pretil sobre el río, mirando pasar las pinazas negras y rojas, sin que se me ocurriera pensar fotográficamente las escenas, nada más que dejándome ir en el dejarse ir de las cosas, corriendo inmóvil con el tiempo. Y ya no soplaba viento.
Después seguí por el Quai de Bourbon hasta llegar a la punta de la isla, donde la íntima placita (íntima por pequeña y no por recatada, pues da todo el pecho al río y al cielo) me gusta y me regusta. No había más que una pareja y, claro, palomas; quizá alguna de las que ahora pasan por lo que estoy viendo. De un salto me instalé en el parapeto y me dejé envolver y atar por el sol, dándole la cara, las orejas, las dos manos (guardé los guantes en el bolsillo). No tenía ganas de sacar fotos, y encendí un cigarrillo por hacer algo; creo que en el momento en que acercaba el fósforo al tabaco vi por primera vez al muchachito.
Lo que había tomado por una pareja se parecía mucho más a un chico con su madre, aunque al mismo tiempo me daba cuenta de que no era un chico con su madre, de que era una pareja en el sentido que damos siempre a las parejas cuando las vemos apoyadas en los parapetos o abrazadas en los bancos de las plazas. Como no tenía nada que hacer me sobraba tiempo para preguntarme por qué el muchachito estaba tan nervioso, tan como un potrillo o una liebre, metiendo las manos en los bolsillos, sacando en seguida una y después la otra, pasándose los dedos por el pelo, cambiando de postura, y sobre todo por qué tenía miedo, pues eso se lo adivinaba en cada gesto, un miedo sofocado por la vergüenza, un impulso de echarse atrás que se advertía como si su cuerpo estuviera al borde de la huida, conteniéndose en un último y lastimoso decoro.
Tan claro era todo eso, ahí a cinco metros—y estábamos solos contra el parapeto, en la punta de la isla— que al principio el miedo del chico no me dejó ver bien a la mujer rubia. Ahora, pensándolo, la veo mucho mejor en ese primer momento en que le leí la cara (de golpe había girado como una veleta de cobre, y los ojos, los ojos estaban ahí), cuando comprendí vagamente lo que podía estar ocurriéndole al chico y me dije que valía la pena quedarse y mirar (el viento se llevaba las palabras, los apenas murmullos). Creo que sé mirar, si es que algo sé, y que todo mirar rezuma falsedad, porque es lo que nos arroja más afuera de nosotros mismos, sin la menor garantía, en tanto que oler, o (pero Michel se bifurca fácilmente, no hay que dejarlo que declame a gusto). De todas maneras, si de antemano se prevé la probable falsedad, mirar se vuelve posible; basta quizá elegir bien entre el mirar y lo mirado, desnudar a las cosas de tanta ropa ajena. Y. claro, todo esto es más bien difícil.
Del chico recuerdo la imagen antes que el verdadero cuerpo (esto se entenderá después), mientras que ahora estoy seguro que de la mujer recuerdo mucho mejor su cuerpo que su imagen. Era delgada y esbelta, dos palabras injustas para decir lo que era, y vestía un abrigo de piel casi negro, casi largo, casi hermoso. Todo el viento de esa mañana (ahora soplaba apenas, y no hacía frío) le había pasado por el pelo rubio que recortaba su cara blanca y sombría —dos palabras injustas— y dejaba al mundo de pie y horriblemente solo delante de sus ojos negros, sus ojos que caían sobre las cosas como dos águilas, dos saltos al vacío, dos ráfagas de fango verde. No describo nada, trato más bien de entender. Y he dicho dos ráfagas de fango verde.
Seamos justos, el chico estaba bastante bien vestido y llevaba unos guantes amarillos que yo hubiera jurado que eran de su hermano mayor, estudiante de derecho o ciencias sociales; era gracioso ver los dedos de los guantes saliendo del bolsillo de la chaqueta. Largo rato no le vi la cara, apenas un perfil nada tonto —pájaro azorado, ángel de Fra Filippo, arroz con leche— y una espalda de adolescente que quiere hacer judo y que se ha peleado un par de veces por una idea o una hermana. Al filo de los catorce, quizá de los quince, se lo adivinaba vestido y alimentado por sus padres pero sin un centavo en el bolsillo, teniendo que deliberar con los camaradas antes de decidirse por un café, un coñac, un atado de cigarrillos. Andaría por las calles pensando en las condiscípulas, en lo bueno que sería ir al cine y ver la última película, o comprar novelas o corbatas o botellas de licor con etiquetas verdes y blancas. En su casa (su casa sería respetable, sería almuerzo a las doce y paisajes románticos en las paredes, con un oscuro recibimiento y un paragüero de caoba al lado de la puerta) llovería despacio el tiempo de estudiar, de ser la esperanza de mamá, de parecerse a papá, de escribir a la tía de Avignon. Por eso tanta calle, todo el río para él (pero sin un centavo) y la ciudad misteriosa de los quince años, con sus signos en las puertas, sus gatos estremecedores, el cartucho de papas fritas a treinta francos, la revista pornográfica doblada en cuatro, la soledad como un vacío en los bolsillos, los encuentros felices, el fervor por tanta cosa incomprendida pero iluminada por un amor total, por la disponibilidad parecida al viento y a las calles.
Esta biografía era la del chico y la de cualquier chico, pero a éste lo veía ahora aislado, vuelto único por la presencia de la mujer rubia que seguía hablándole. (Me cansa insistir, pero acaban de pasar dos largas nubes desflecadas. Pienso que aquella mañana no miré ni una sola vez el cielo, porque tan pronto presentí lo que pasaba con el chico y la mujer no pude más que mirarlos y esperar, mirarlos y...) Resumiendo, el chico estaba inquieto y se podía adivinar sin mucho trabajo lo que acababa de ocurrir pocos minutos antes, a lo sumo media hora. El chico había llegado hasta la punta de la isla, vio a la mujer y la encontró admirable. La mujer esperaba eso porque estaba ahí para esperar eso, o quizá el chico llegó antes y ella lo vio desde un balcón o desde un auto, y salió a su encuentro, provocando el diálogo con cualquier cosa, segura desde el comienzo de que él iba a tenerle miedo y a querer escaparse, y que naturalmente se quedaría, engallado y hosco, fingiendo la veteranía y el placer de la aventura. El resto era fácil porque estaba ocurriendo a cinco metros de mí y cualquiera hubiese podido medir las etapas del juego, la esgrima irrisoria; su mayor encanto no era su presente, sino la previsión del desenlace. El muchacho acabaría por pretextar una cita, una obligación cualquiera, y se alejaría tropezando y confundido, queriendo caminar con desenvoltura, desnudo bajo la mirada burlona que lo seguiría hasta el final. O bien se quedaría, fascinado o simplemente incapaz de tomar la iniciativa, y la mujer empezaría a acariciarle la cara, a despeinarlo, hablándole ya sin voz, y de pronto lo tomaría del brazo para llevárselo, a menos que él, con una desazón que quizá empezara a teñir el deseo, el riesgo de la aventura, se animase a pasarle el brazo por la cintura y a besarla. Todo esto podía ocurrir, pero aún no ocurría, y perversamente Michel esperaba, sentado en el pretil, aprontando casi sin darse cuenta la cámara para sacar una foto pintoresca en un rincón de la isla con una pareja nada común hablando y mirándose.
Curioso que la escena (la nada, casi: dos que están ahí, desigualmente jóvenes) tuviera como un aura inquietante. Pensé que eso lo ponía yo, y que mi foto, si la sacaba, restituiría las cosas a su tonta verdad. Me hubiera gustado saber qué pensaba el hombre del sombrero gris sentado al volante del auto detenido en el muelle que lleva a la pasarela, y que leía el diario o dormía. Acababa de descubrirlo, porque la gente dentro de un auto detenido casi desaparece, se pierde en esa mísera jaula privada de la belleza que le dan el movimiento y el peligro. Y sin embargo el auto había estado ahí todo el tiempo, formando parte (o deformando esa parte) de la isla. Un auto: como decir un farol de alumbrado, un banco de plaza. Nunca el viento, la luz del sol, esas materias siempre nuevas para la piel y los ojos, y también el chico y la mujer, únicos, puestos ahí para alterar la isla, para mostrármela de otra manera. En fin, bien podía suceder que también el hombre del diario estuviera atento a lo que pasaba y sintiera como yo ese regusto maligno de toda expectativa. Ahora la mujer había girado suavemente hasta poner al muchachito entre ella y el parapeto, los veía casi de perfil y él era más alto, pero no mucho más alto, y sin embargo ella lo sobraba, parecía como cernida sobre él (su risa, de repente, un látigo de plumas), aplastándolo con sólo estar ahí, sonreír, pasear una mano por el aire. ¿Por qué esperar más? Con un diafragma dieciséis, con un encuadre donde no entrara el horrible auto negro, pero sí ese árbol, necesario para quebrar un espacio demasiado gris...
Levanté la cámara, fingí estudiar un enfoque que no los incluía, y me quedé al acecho, seguro de que atraparía por fin el gesto revelador, la expresión que todo lo resume, la vida que el movimiento acompasa pero que una imagen rígida destruye al seccionar el tiempo, si no elegimos la imperceptible fracción esencial. No tuve que esperar mucho. La mujer avanzaba en su tarea de maniatar suavemente al chico, de quitarle fibra a fibra sus últimos restos de libertad, en una lentísima tortura deliciosa. Imaginé los finales posibles (ahora asoma una pequeña nube espumosa, casi sola en el cielo), preví la llegada a la casa (un piso bajo probablemente, que ella saturaría de almohadones y de gatos) y sospeché el azoramiento del chico y su decisión desesperada de disimularlo y de dejarse llevar fingiendo que nada le era nuevo. Cerrando los ojos, si es que los cerré, puse en orden la escena, los besos burlones, la mujer rechazando con dulzura las manos que pretenderían desnudarla como en las novelas, en una cama que tendría un edredón lila, y obligándolo en cambio a dejarse quitar la ropa, verdaderamente madre e hijo bajo una luz amarilla de opalinas, y todo acabaría como siempre, quizá, pero quizá todo fuera de otro modo, y la iniciación del adolescente no pasara, no la dejaran pasar, de un largo proemio donde las torpezas, las caricias exasperantes, la carrera de las manos se resolviera quién sabe en qué, en un placer por separado y solitario, en una petulante negativa mezclada con el arte de fatigar y desconcertar tanta inocencia lastimada. Podía ser así, podía muy bien ser así; aquella mujer no buscaba un amante en el chico, y a la vez se lo adueñaba para un fin imposible de entender si no lo imaginaba como un juego cruel, deseo de desear sin satisfacción, de excitarse para algún otro, alguien que de ninguna manera podía ser ese chico.
Michel es culpable de literatura, de fabricaciones irreales. Nada le gusta más que imaginar excepciones, individuos fuera de la especie, monstruos no siempre repugnantes. Pero esa mujer invitaba a la invención, dando quizá las claves suficientes para acertar con la verdad. Antes de que se fuera, y ahora que llenaría mi recuerdo durante muchos días, porque soy propenso a la rumia, decidí no perder un momento más. Metí todo en el visor (con el árbol, el pretil, el sol de las once) y tomé la foto. A tiempo para comprender que los dos se habían dado cuenta y que me estaban mirando, el chico sorprendido y como interrogante, pero ella irritada, resueltamente hostiles su cuerpo y su cara que se sabían robados, ignominiosamente presos en una pequeña imagen química.
Lo podría contar con mucho detalle pero no vale la pena. La mujer habló de que nadie tenía derecho a tomar una foto sin permiso, y exigió que le entregara el rollo de película. Todo esto con una voz seca y clara, de buen acento de París, que iba subiendo de color y de tono a cada frase. Por mi parte se me importaba muy poco darle o no el rollo de película, pero cualquiera que me conozca sabe que las cosas hay que pedírmelas por las buenas. El resultado es que me limité a formular la opinión de que la fotografía no sólo no está prohibida en los lugares públicos sino que cuenta con el más decidido favor oficial y privado. Y mientras se lo decía gozaba socarronamente de cómo el chico se replegaba, se iba quedando atrás —con sólo no moverse—y de golpe (parecía casi increíble) se volvía y echaba a correr, creyendo el pobre que caminaba y en realidad huyendo a la carrera, pasando al lado del auto, perdiéndose como un hilo de la Virgen en el aire de la mañana.
Pero los hilos de la Virgen se llaman también babas del diablo, y Michel tuvo que aguantar minuciosas imprecaciones, oírse llamar entrometido e imbécil, mientras se esmeraba deliberadamente en sonreír y declinar, con simples movimientos de cabeza, tanto envío barato. Cuando empezaba a cansarme, oí golpear la portezuela de un auto. El hombre del sombrero gris estaba ahí, mirándonos. Sólo entonces comprendí que jugaba un papel en la comedia.
Empezó a caminar hacia nosotros, llevando en la mano el diario que había pretendido leer. De lo que mejor me acuerdo es de la mueca que le ladeaba la boca, le cubría la cara de arrugas, algo cambiaba de lugar y forma porque la boca le temblaba y la mueca iba de un lado a otro de los labios como una cosa independiente y viva, ajena a la voluntad. Pero todo el resto era fijo, payaso enharinado u hombre sin sangre, con la piel apagada y seca, los ojos metidos en lo hondo y los agujeros de la nariz negros y visibles, más negros que las cejas o el pelo o la corbata negra. Caminaba cautelosamente, como si el pavimento le lastimara los pies; le vi zapatos de charol, de suela tan delgada que debía acusar cada aspereza de la calle. No sé por qué me había bajado del pretil, no sé bien por qué decidí no darles la foto, negarme a esa exigencia en la que adivinaba miedo y cobardía. El payaso y la mujer se consultaban en silencio: hacíamos un perfecto triángulo insoportable, algo que tenía que romperse con un chasquido. Me les reí en la cara y eché a andar, supongo que un poco más despacio que el chico. A la altura de las primeras casas, del lado de la pasarela de hierro, me volví a mirarlos. No se movían, pero el hombre había dejado caer el diario; me pareció que la mujer, de espaldas al parapeto, paseaba las manos por la piedra, con el clásico y absurdo gesto del acosado que busca la salida.
Lo que sigue ocurrió aquí, casi ahora mismo, en una habitación de un quinto piso. Pasaron varios días antes de que Michel revelara las fotos del domingo; sus tomas de la Conserjería y de la Sainte-Chapelle eran lo que debían ser. Encontró dos o tres enfoques de prueba ya olvidados, una mala tentativa de atrapar un gato asombrosamente encaramado en el techo de un mingitorio callejero, y también la foto de la mujer rubia y el adolescente. El negativo era tan bueno que preparó una ampliación; la ampliación era tan buena que hizo otra mucho más grande, casi como un afiche. No se le ocurrió (ahora se lo pregunta y se lo pregunta) que sólo las fotos de la Conserjería merecían tanto trabajo. De toda la serie, la instantánea en la punta de la isla era la única que le interesaba; fijó la ampliación en una pared del cuarto, y el primer día estuvo un rato mirándola y acordándose, en esa operación comparativa y melancólica del recuerdo frente a la perdida realidad; recuerdo petrificado, como toda foto, donde nada faltaba, ni siquiera y sobre todo la nada, verdadera fijadora de la escena. Estaba la mujer, estaba el chico, rígido el árbol sobre sus cabezas, el cielo tan fijo como las piedras del parapeto, nubes y piedras confundidas en una sola materia inseparable (ahora pasa una con bordes afilados, corre como en una cabeza de tormenta). Los dos primeros días acepté lo que había hecho, desde la foto en sí hasta la ampliación en la pared, y no me pregunté siquiera por qué interrumpía a cada rato la traducción del tratado de José Norberto Allende para reencontrar la cara de la mujer, las manchas oscuras en el pretil. La primera sorpresa fue estúpida; nunca se me había ocurrido pensar que cuando miramos una foto de frente, los ojos repiten exactamente la posición y la visión del objetivo; son esas cosas que se dan por sentadas y que a nadie se le ocurre considerar. Desde mi silla, con la máquina de escribir por delante, miraba la foto ahí a tres metros, y entonces se me ocurrió que me había instalado exactamente en el punto de mira del objetivo. Estaba muy bien así; sin duda era la manera más perfecta de apreciar una foto, aunque la visión en diagonal pudiera tener sus encantos y aun sus descubrimientos. Cada tantos minutos, por ejemplo cuando no encontraba la manera de decir en buen francés lo que José Alberto Allende decía en tan buen español, alzaba los ojos y miraba la foto; a veces me atraía la mujer, a veces el chico, a veces el pavimento donde una hoja seca se había situado admirablemente para valorizar un sector lateral. Entonces descansaba un rato de mi trabajo, y me incluía otra vez con gusto en aquella mañana que empapaba la foto, recordaba irónicamente la imagen colérica de la mujer reclamándome la fotografía, la fuga ridícula y patética del chico, la entrada en escena del hombre de la cara blanca. En el fondo estaba satisfecho de mí mismo; mi partida no había sido demasiado brillante, pues si a los franceses les ha sido dado el don de la pronta respuesta, no veía bien por qué había optado por irme sin una acabada demostración de privilegios, prerrogativas y derechos ciudadanos. Lo importante, lo verdaderamente importante era haber ayudado al chico a escapar a tiempo (esto en caso de que mis teorías fueran exactas, lo que no estaba suficientemente probado, pero la fuga en sí parecía demostrarlo). De puro entrometido le había dado oportunidad de aprovechar al fin su miedo para algo útil; ahora estaría arrepentido, menoscabado, sintiéndose poco hombre. Mejor era eso que la compañía de una mujer capaz de mirar como lo miraban en la isla; Michel es puritano a ratos, cree que no se debe corromper por la fuerza. En el fondo, aquella foto había sido una buena acción.
No por buena acción la miraba entre párrafo y párrafo de mi trabajo. En ese momento no sabía por qué la miraba, por qué había fijado la ampliación en la pared; quizá ocurra así con todos los actos fatales, y sea esa la condición de su cumplimiento. Creo que el temblor casi furtivo de las hojas del árbol no me alarmó, que seguí una frase empezada y la terminé redonda. Las costumbres son como grandes herbarios, al fin y al cabo una ampliación de ochenta por sesenta se parece a una pantalla donde proyectan cine, donde en la punta de una isla una mujer habla con un chico y un árbol agita unas hojas secas sobre sus cabezas.
Pero las manos ya eran demasiado. Acababa de escribir: Donc, la seconde clé réside dans la nature intrinsèque des difficultés que les sociétés —y vi la mano de la mujer que empezaba a cerrarse despacio, dedo por dedo. De mí no quedó nada, una frase en francés que jamás habrá de terminarse, una máquina de escribir que cae al suelo, una silla que chirría y tiembla, una niebla. El chico había agachado la cabeza, como los boxeadores cuando no pueden más y esperan el golpe de desgracia; se había alzado el cuello del sobretodo, parecía más que nunca un prisionero, la perfecta víctima que ayuda a la catástrofe. Ahora la mujer le hablaba al oído, y la mano se abría otra vez para posarse en su mejilla, acariciarla y acariciarla, quemándola sin prisa. El chico estaba menos azorado que receloso, una o dos veces atisbó por sobre el hombro de la mujer y ella seguía hablando, explicando algo que lo hacía mirar a cada momento hacia la zona donde Michel sabía muy bien que estaba el auto con el hombre del sombrero gris, cuidadosamente descartado en la fotografía pero reflejándose en los ojos del chico y (cómo dudarlo ahora) en las palabras de la mujer, en las manos de la mujer, en la presencia vicaria de la mujer. Cuando vi venir al hombre, detenerse cerca de ellos y mirarlos, las manos en los bolsillos y un aire entre hastiado y exigente, patrón que va a silbar a su perro después de los retozos en la plaza, comprendí, si eso era comprender, lo que tenía que pasar, lo que tenía que haber pasado, lo que hubiera tenido que pasar en ese momento, entre esa gente, ahí donde yo había llegado a trastrocar un orden, inocentemente inmiscuido en eso que no había pasado pero que ahora iba a pasar, ahora se iba a cumplir. Y lo que entonces había imaginado era mucho menos horrible que la realidad, esa mujer que no estaba ahí por ella misma, no acariciaba ni proponía ni alentaba para su placer, para llevarse al ángel despeinado y jugar con su terror y su gracia deseosa. El verdadero amo esperaba, sonriendo petulante, seguro ya de la obra; no era el primero que mandaba a una mujer a la vanguardia, a traerle los prisioneros maniatados con flores. El resto sería tan simple, el auto, una casa cualquiera, las bebidas, las láminas excitantes, las lágrimas demasiado tarde, el despertar en el infierno. Y yo no podía hacer nada, esta vez no podía hacer absolutamente nada. Mi fuerza había sido una fotografía, ésa, ahí, donde se vengaban de mí mostrándome sin disimulo lo que iba a suceder. La foto había sido tomada, el tiempo había corrido; estábamos tan lejos unos de otros, la corrupción seguramente consumada, las lágrimas vertidas, y el resto conjetura y tristeza. De pronto el orden se invertía, ellos estaban vivos, moviéndose, decidían y eran decididos, iban a su futuro; y yo desde este lado, prisionero de otro tiempo, de una habitación en un quinto piso, de no saber quiénes eran esa mujer, y ese hombre y ese niño, de ser nada más que la lente de mi cámara, algo rígido, incapaz de intervención. Me tiraban a la cara la burla más horrible, la de decidir frente a mi impotencia, la de que el chico mirara otra vez al payaso enharinado y yo comprendiera que iba a aceptar, que la propuesta contenía dinero o engaño, y que no podía gritarle que huyera, o simplemente facilitarle otra vez el camino con una nueva foto, una pequeña y casi humilde intervención que desbaratara el andamiaje de baba y de perfume. Todo iba a resolverse allí mismo, en ese instante; había como un inmenso silencio que no tenía nada que ver con el silencio físico. Aquello se tendía, se armaba. Creo que grité, que grité terriblemente, y que en ese mismo segundo supe que empezaba a acercarme, diez centímetros, un paso, otro paso, el árbol giraba cadenciosamente sus ramas en primer plano, una mancha del pretil salía del cuadro, la cara de la mujer, vuelta hacia mí como sorprendida iba creciendo, y entonces giré un poco, quiero decir que la cámara giró un poco, y sin perder de vista a la mujer empezó a acercarse al hombre que me miraba con los agujeros negros que tenía en el sitio de los ojos, entre sorprendido y rabioso miraba queriendo clavarme en el aire, y en ese instante alcancé a ver como un gran pájaro fuera de foco que pasaba de un solo vuelo delante de la imagen, y me apoyé en la pared de mi cuarto y fui feliz porque el chico acababa de escaparse, lo veía corriendo, otra vez en foco, huyendo con todo el pelo al viento, aprendiendo por fin a volar sobre la isla, a llegar a la pasarela, a volverse a la ciudad. Por segunda vez se les iba, por segunda vez yo lo ayudaba a escaparse, lo devolvía a su paraíso precario. Jadeando me quedé frente a ellos; no había necesidad de avanzar más, el juego estaba jugado. De la mujer se veía apenas un hombro y algo de pelo, brutalmente cortado por el cuadro de la imagen; pero de frente estaba el hombre, entreabierta la boca donde veía temblar una lengua negra, y levantaba lentamente las manos, acercándolas al primer plano, un instante aún en perfecto foco, y después todo él un bulto que borraba la isla, el árbol, y yo cerré los ojos y no quise mirar más, y me tapé la cara y rompí a llorar como un idiota.
Ahora pasa una gran nube blanca, como todos estos días, todo este tiempo incontable. Lo que queda por decir es siempre una nube, dos nubes, o largas horas de cielo perfectamente limpio, rectángulo purísimo clavado con alfileres en la pared de mi cuarto. Fue lo que vi al abrir los ojos y secármelos con los dedos: el cielo limpio, y después una nube que entraba por la izquierda, paseaba lentamente su gracia y se perdía por la derecha. Y luego otra, y a veces en cambio todo se pone gris, todo es una enorme nube, y de pronto restallan las salpicaduras de la lluvia, largo rato se ve llover sobre la imagen, como un llanto al revés, y poco a poco el cuadro se aclara, quizá el sol, y otra vez entran las nubes, de a dos, de a tres. Y las palomas, a veces, y uno que otro gorrión.
martes, 29 de enero de 2019
-Quiero una fiesta como las de Jep Gambardella . . . .
-¿Cómo? -Dice ella, incrédula al no querer creer lo que él ha dicho.
-Si. Una fiesta donde haya todo tipo de personas. Podrías invitar a todos tus compañeros de trabajo, a tu familia, a las vecinas de tu mamá. Yo puedo invitar a los del club de lectura, a los de la oficina, a la familia del jefe, a mis amigos de la infancia.
-Pero la casa es muy chica, el patio no nos daría para tanta gente. Sin contar con el hecho de que el deposito que hemos dado quedaría ahí para los desperfectos del día después, si invitas también a tus primos.
-Eso no importa, se supone que nos quedaremos a vivir aquí para siempre. ¿Qué acaso es que ya te quieres ir?
-No, pero. Haber como haríamos con el espacio. -Decía ella volviendo a tomar la libreta que segundos antes había botado hasta la silla de enfrente de la mesa. Arqueaba su perfecta anatomía para llegar a ella, él no decía nada, ni la miraba de manera directa, pero sin duda no había otra cosa a la que él le pusiera atención, ni siquiera a ese cuento que estaba armándose en su cabeza.
-Tenemos el techo. La barandilla de herrería que tiene, seguro la pusieron para eso, para que jóvenes parejas como tú y yo invitaran a sus amigos a parrilladas y fiestas locas como esta. Anda, te juro que no te arrepentirás.
Ella no dijo nada, pero hizo un gesto que daba por entendido que la idea desde un principio no le había disgustado tanto, pero conocía perfectamente su papel, tenía que hacer la contraparte, por más que amara a aquel hombre que se empeñaba en levantarse tarde y no rasurarse ni peinarse y al cual le diría que sí a cada una de sus locuras, tenía que contradecirlo en más de una ocasión para que su ímpetu no los metiera en problemas.
El fin de semana siguiente la casa estaba repleta de personas, de todos tamaños, colores, empaques; podías ver a la mamá de una mamá de una mamá conversando con un poeta que no hacía más que aludir a sus sueños con un lago que fue a visitar de niño justo un año antes de que murió su padre, veías al director de una firma de abogados muy importante discutir de futból con un alcohólico mecánico que a pesar de su apariencia sucia y vieja, tenía su misma edad, a un oficinista bailar con un par de bailarinas gemelas, al director de una pequeña revista con una pareja de hombres que acababan de pasar su luna de miel en Rio de Janeiro y le narraban las noches bohemias en las calles llenas de samba, a la conductora de espectáculos del canal local de televisión platicar con el hijo del presidente municipal. Era como el anfitrión lo había soñado, aquello era la misma encarnación del infierno de Dante, era una réplica perfecta no sólo de la fiesta de Jep Gambardella, sino de la ciudad, del mundo.
Ella a lo lejos lo miraba con cierta fascinación y desprecio, pues le molestaba un poco que siempre se saliera con la suya, cosa que pensaba y se decidía a hacer, le salía a la perfección, siempre estaba satisfecho con lo que pasaba en la realidad, nunca lo había visto siquiera un poco decepcionado, y eso le irritaba mucho. Pero su fascinación no podía disimularla cuando él la volteaba a ver, era tan atinado su tiempo que cuando no estaba con ella, y ella lo miraba en la distancia, sólo bastaba que girara la cabeza a una sola dirección para encontrarla, no tenía que estar buscando entre la gente, o volteando a ver de aquí para allá hasta que segundos después la visualizara, lo suyo, desde un principio había sido cuestión de una sola mirada.
-Estás contento. -Le decía ella mientras llegaba por detrás de él y lo rodeaba con sus brazos.
-¿Tú que crees?
-Que eres un fastidioso. -Ambos ríen, él toma una de sus manos, la derecha, con la que escribió la lista de invitados y la besa.
-No te creo.
-No sientes que nos faltó algo.
-Quizá sólo unas putas y algo de droga.
-Eso se puede solucionar, -dice ella y se para a un costado de él y se gancha a su codo, ambos saludan a un señor cuarentón y panzón con aspecto de político que va acompañado de dos tipos vestidos de negro- puedes llamar a tu amiga la morena que siempre me ha caído mal y yo a mis ex novios de la prepa. -Vuelven a reír.- ¿Cómo es que se llamaba?
-¿Quién?
-Tu amiga.
-Viviana.
-¿Por qué no la has invitado? No querías que descubriera las miradas incomodas entre los dos.
-Siempre estuviste celosa de ella, ¿verdad?
-¿Celosa? ¿Por qué tendría que estar celosa? No creo que haya motivos para estarlo. Aunque lo niegues yo sé que hubo algo entre ustedes dos antes de que yo llegara a tu vida, no sé por qué te empeñas en negarlo, ¿sólo que aún sientas...?
-Ya terminaste.
-No. -Dijo ella en tono molesto.
-Entonces. -Dijo ella cuando sintió que el silencio empezaba a separar lo que los brazos aún tenían unido- No me has dicho por qué no invitaste a tu amiga.
-Quizá no lo recuerdes porque ahora estás molesta, pero hace como seis meses supimos que se había casado y que ahora vive en Carolina del Sur.
Ella se quedó callada, ahora que lo mencionaba se acordaba de aquel día, estaban saliendo de un café en el que habían pasado una tarde lluviosa de septiembre, una de esas tardes que tanto disfrutaban en aquel café, se escuchaba 16 años de Julio Iglesias, él llevaba en la cabeza su boina gris, ella llevaba puesta su larga gabardina oscura y a la salida se habían encontrado a uno de los hermanos de Viviana, iba con su familia, una mujer muy chaparrita en comparación a la estatura de él y dos clones de él que seguramente eran sus hijos. Ella no hizo más que mirarlo a los ojos y con una mirada brillosa como quien está a punto de llorar. No tuvo garganta para decir nada, pero él dijo justo lo que necesitaba decir para que ella volviera a morderse el labio que lo hacía saber que todo estaba bien.
-Ya se está haciendo tarde. No tarda en comenzar a desaparecer toda la gente. Entonces ya tendré tiempo de atenderte y hacerte saber lo que la primavera hace con los cerezos.
La habitación era una cosa muy descriptible, pero no por eso era muy común. Habían decidido dejar las paredes blancas como se las entregaron, aunque él lo era más, al grado de a veces ser molesto, ambos eran muy minimalistas, no les gustaban las cosas con mucha algarabía, de ahí que les encantaran las películas de Andrei Tarkovski y las canciones de Cole Porter, aunque suene a cliché, amaban la poesía de Carlos Williams y de Jaime Sabines. Un par de posters en su habitación de dos películas que él amaba: Amelie y Lady Bird; un tocador con un espejo pequeño, una silla y una mesita de té como las de los monarcas de Reino Unido del siglo XVII, una cama matrimonial sin cabecera, con sabanas y colchas blancas como las paredes, y en completa oscuridad, estaban ellos dos haciendo el amor.
Ella sentada encima de él sentado, sus manos estaban en su pecho, el de él, mientras las manos de él estaban en el pecho de ella, sus gemidos no eran fuertes, pero eran prolongados, él parecía que dejaba de respirar mientras ella sabe de donde sacaba aire para seguir exhalando su gemido, él no dejaba de decirle cosas: la intimidad de las palabras en estos momentos jamás hay que describirlas ni volverlas a repetir, aunque sean de alguien mas. La jalaba hacia él para volver a besar sus labios, no había cosa que lo hiciera sentir más vivo que besarla a ella, ni escribir, ni correr, ni llorar en el cine, nada lo hacía sentir más vivo que besarla a ella. Sentía que no tenía nada cuando no la besaba en un largo periodo de tiempo, como cuando ella viajaba fuera por su trabajo y él se quedaba solo en casa sólo escribiendo sobre los momentos especiales que habían vivido juntos.
Sus siluetas hacían parecer a cierto ángulo a contraluz, cuando él se posaba por detrás de ella y empezaba a acariciarla y besarla en el cuello, que se unían, que los dos se hacían uno. Ella se aferraba de donde podía a su presencia, la de él, el dolor no le importaba, le importaba sentir, y en esos momentos del sexo era cuando más sentía. Al final él terminaba encima de ella, ella se enroscaba a su espalda con las manos y sus muslos, y así se quedaban por un lapso de alrededor de diez minutos, sin hablar, sólo sintiéndose, palpándose, acariciándose, escuchando su respiración, sintiendo correr y mezclarse el sudor de uno con el otro. Esa noche ambos querían sacar cosas que habían quedado pendientes en la fiesta.
-Perdóname por lo de hace rato.
-¿Por qué?
-Por lo que te dije, sobre Viviana. Te conozco bien, sé que jamás habrías tenido algo con ella si así me lo dices.
-Sabes que puedes confiar en mi, jamás te mentiría, no tengo derecho a hacerlo. -Estaban aun en la posición en la que habían terminado. Él se acostó al lado de ella sin notar que ella aún no quería que la dejara de apretar contra el colchón, la abrazó y le dio un beso en la mejilla- Aunque no te voy a negar que me gustó mucho que lo hicieras.
-¿Qué cosa?
-Que te enfadaras conmigo.
-¿Por?
-No sé, te parecerá tonto lo que te voy a decir pero, a veces siento que todo el tiempo estoy soñando, que tú, mi vida, como sucede todo, es un largo sueño, y que tarde o temprano voy a despertar, y es que no concibo el hecho de que sea tan perfecta, te tengo a ti, trabajo poco y gano bien, escribo que es lo que siempre he querido hacer desde que tengo uso de memoria, toda la gente que amo desde que era niño aun vive, nadie a muerto de mi familia, ni mi bisabuela. Todo lo que pienso, y quiero hacer, pasa al más mínimo detalle. Y es entonces cuando discutimos, o te enojas, o te hago llorar por mis estúpidas reglas o manías que me hacen poner a pensar por qué te enamoraste de mi habiendo en el mundo infinidad de hombres mejores, más guapos y ricos que yo, y tú me elegiste a mí. Es cuando discutimos que sé que no estoy soñando, porque de estar soñando jamás discutiríamos. No sabes el tormento que paso todas las noches al dormir y pensar que en la mañana despertaré sin ti.
-Eso jamás va a pasar. -Dice ella con lágrimas en los ojos, aunque él no las pueda ver, quizá si sentir luego de que ella lo besa en los labios- Ahora durmamos.
A la mañana siguiente, con algo de resaca, y mucho que limpiar después de la fiesta, él despertó.
miércoles, 14 de febrero de 2018
Durazno.
-¿En qué piensas?
//Le preguntaba ella a él mientras los dos estaban sentados en el mismo café, su favorito. Ella tomaba una cerveza justo después de haber acabado su postre, él un café irlandés muy caliente. Él miraba hacía afuera, la ventana estaba cerrada, afuera llovía a cantaros, él sonreía y miraba no sé qué allá afuera, ella también sonreía mientras lo miraba a él. Esta es la única vez que leerán a su amigo el narrador así que los saludo y me despido.//
-Nada en especial, recordaba aquel viaje que hicimos a tu pueblo natal. ¿Lo recuerdas?
-Claro que lo recuerdo. Como olvidar aquel viaje, esos días que pasamos juntos. //Ella soltó la cerveza y tomó las manos de él, frías, a pesar del café.//
-Estaba recordando mas que el destino, el viaje. Me acordaba cuando fuiste al baño poco después de salir del paradero en las montañas. Recuerdo que había un par de jóvenes que iban dos asientos adelante de los nuestros, y recuerdo que se iban besando como ese par de jóvenes de La Gran Belleza. ¿Recuerdas cuando fuimos a ver esa película al cine?
-Como olvidarlo, recuerdo que lloraste cuando terminó.
-Recuerdo que mientras veía a este par de jóvenes por la rendija entre cada par de asientos, sentía como si estuviera viendo algo que no debería de ver, como si hiciera algo prohibido; como Breotodeou espiando a su tía tras aquel orificio tapado con aquella estampilla de aquel jugador de fútbol, veía la tersa piel de la joven, y esto hizo acordarme de otra cosa.
-¿Qué cosa?
-De la primera vez que estuve con una mujer. Recuerdo el momento perfecto, recuerdo como ella me miraba con aquella mirada que nunca me había mostrado mientras se quitaba la camiseta del uniforme, después su sostén, yo empecé tarde el proceso de despojarme de mi indumentaria porque no quería perderme ningún detalle de aquel momento, por muy pervertido que me hubiera visto. Cuando empecé a tocar sus costillas ella se echó a reír al no creer que prefiriera tocar primero sus costillas que sus senos, la verdad es que me moría de ganas de tocar sus senos desnudos, pero había algo en esas hendiduras que crean las costillas que no me pude resistir, podría decir que lo hice sin darme cuenta.
-Y aun lo haces.
-¿Qué cosa?
-Dedicarle mas tiempo a las costillas que a los senos.
-¿En serio?
-Si.
//Él sonríe// El caso es que cuando dejé las costillas al verme en descubierto mis labios al mismo tiempo que mis manos se dirigieron a sus senos, a esa parte tan tersa y tan especial en la mujer. La besé, la llevé a mi boca no sé cuantas veces, después cuando su falda y mi pantalones yacían como una parte mas del piso recién trapeado de aquella habitación, no dejaba de ver sus senos, y sus pezones, y justo en ese momento, durante todo el tiempo en que estuvimos haciendo el amor, no dejaba de pensar en una sola cosa.
-¿En qué?
-En duraznos.
-¿En duraznos?
-Si.
-Y eso que quiere decir.
-En su momento supongo que no lo entendí, suponía que se debía al hecho de la piel erizada de sus senos cuando tocaba sus costillas, esta semejaba la piel tersa de los duraznos, o incluso al hecho de que tenia mucha hambre. Pero hasta hoy creo saber porque pensé en aquella fruta.
-¿Por qué?
-Por ti.
-¿Por mi?.
-Si. Siempre he creído, y cada vez lo voy corroborando más, de que en esta vida nada es casualidad, y nada es accidente, y si eso es, es una casualidad bastante bien elaborada. Recuerdo que al ver aquella pareja de jóvenes, y al acabar de recordar este recuerdo, tú llegaste del baño recitándome algo de Benedetti, me dijiste: "Cinco minutos bastan para imaginar una vida, así de relativo es el tiempo", jamás supe porque me lo dijiste, pero es como si supieras que estaba creando algo, o recordando algo, o imaginando algo. Ahora dime: ¿cuál es tu fruta favorita?
-Lo sabes, me acabo de comer una rebanada de pastel con esta fruta. El durazno.
-Lo sé. ¿Sabes a qué edad perdí mi virginidad?
-A los quince años.
-¿Cuántos años cumplimos hoy de casados?
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Aunque este texto en realidad no lo escribí yo, pues en realidad se lo atribuyo a el alma que se apodera de mis manos en las noches que no puedo dormir, hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto participar creando algo.
Este texto ya tiene tiempo que lo escribí, no lo había publicado porque a raíz de este escribí una serie de poemas que espero en su momento poder publicar por aquí.
viernes, 1 de diciembre de 2017
Playlist de La Casa.
Pocas veces hago esto, si; esto de compartir la música que me acompañó a escribir una historia que me llevó tanto tiempo como la casa, porque vamos, con lo melómano que soy en ese periodo fueron un sin fin las canciones que pasaron por mi smarthphone. La cuestión es que de todas esas canciones que escuchaba en los cafés que me sentaba a escribir esta historia, fueron muy pocas las canciones que se lograron colar, meter, o que resaltara o yo recuerde en especial mientras escribía algo.
No los entretengo mas y se las dejo. Cual mago enmascarado que revela sus trucos.
P.D. Odio a los magos que revelan sus trucos.
jueves, 30 de noviembre de 2017
La Casa - Final.
Honey I love you, that's all she wrote
Me desperté y no la miré en la cama, algo había de diferente en la habitación aquella mañana pero no percaté de momento que era, y no quise profundizar mucho, no era el hecho de que no siendo mi habitación ahora lo era, no era eso, eso eso es seguro.
Me levanté de la cama y me puse mi ropa, lo mas seguro es que ella estuviera en la cocina haciendo el almuerzo o sus maletas, aunque también se corría el riesgo de que ella no estuviera en casa, de que hubiera salido a trabajar, o tal vez estaría haciendo otros pendientes antes de su viaje, tal vez había salido a comprar café o estaría haciendo cosas que las mujeres hacen en secreto al salir sin un hombre a su lado, como enamorar a otros hombres con su sola existencia y dejarlos en el abismo por el resto de sus vidas, solo con una mirada sin nombre. Pero mi idea fue descartada de inmediato al momento que escuché un ruido que parecía venir de la cocina, me levanté de la cama donde ya cambiado estaba sentado, y salí de la habitación.
Caminaba por el pasillo rumbo a la cocina, aun de día y con el sol brillando como si fuera verano afuera, el pasillo estaba muy oscuro, era una "notte eterna". Venia a mi cabeza la idea de que en cualquier omento tropezaría con algo, como por ejemplo que algún gato podría salir de algún lado y se atravesaría entre mis pies, yo lo acariciaría y lo cargaría hasta llegar a la cocina donde ella estaría con algún viejo delantal y al oír al gato voltearía a vernos, me vería a los ojos y sonreiría, me diría en donde esta el alimento para el gato mientras servia un par de cafés mas a la mesa junto con las tapas de huevo revuelto con tocino que ya estaban ahí.
El gato nunca llegó, y nunca me tropecé con nada, mi trayecto a la cocina fue mas corto de lo que esperaba, ella estaba ahí, cocinaba algo pero no podía percatar el olor a la distancia, estaba pero parecía como si no estaba, como si no percatara o esperara mi presencia, acaso seria yo el fantasma?
Al acercarme sin tratar de hacer ruido pude percatarme que cocinaba lo que había venido a mi mente en el pasillo, quizá entonces si había olido algo, o fue intuición, abusé de la confianza que nunca he tenido y la abracé por la espalda y la besé en la mejilla.
-¿Qué te pasa? ahora amaneciste de buenas. -Me dijo ella y se sacó de mi para ir a una de las vitrinas de la cocina y sacar un par de platos.
No entendía por qué me había dicho eso, ella parecía ser otra, digo; era ella, sin duda, pero no era como había sido la noche anterior, no se veían esos ojos alegres, en su lugar se veía una mirada cansada, la misma piel blanca, los mismos labios carnosos, el mismo pelo negro, y una cana blanca que no había notado la noche anterior, pero se veía diferente. la falta de presencia de la noche anterior al recibirme ahora era reemplazada por esta pesadez y falta de interés.
-Espero que ya tengas tus cosas empacadas.
-Para venirme.
-Como que para venirte, para irte.
-Pero si ni siquiera me he instalado.
-Que gracioso, estoy hablando en serio. -Yo no sabia a que se refería ella, en pocas palabras no sabia lo que estaba hablando.
-Yo también.
-¿Que es lo que quieres? ¿Quieres que volvamos a pelear? ¿Quieres tener de nuevo esta conversación? Pensé que ya habíamos llegado por fin a un acuerdo anoche.
-Anoche. Pero de qué estás hablando.
-¿De qué estoy hablando? ¿De qué demonios estás hablando ti? De esto, de nosotros, de la casa, de que ya no funciona mas.
-Que hay con la casa, con nosotros, cómo que ya no funciona si apenas anoche... Bueno, anoche hablamos de eso, de la casa y de nosotros pero creo que, o al menos yo pensé que era por otro lado, anoche hicimos...
-Mira, yo sé que quieres mucho esta casa, pero no puedes quedarte con ella, mi padre jamás me lo perdonaría, y a quién engañamos, tú y yo, fue algo lindo, muy lindo he de reconocerlo, la mayor casualidad que he tenido en mi vida, y fue muy bello mientras duro, un bello sueño, pero no mas que eso, y lo mejor es que dejemos de vernos y que estos bellos años que hemos estado juntos sean eso, un bello sueño.
Cuando estaba punto de contestar algo de repente me percaté de lo que había dicho: "y que estos bellos años que hemos estado juntos sean eso, un bello sueño."
Se escuchó el timbre, no recuerdo que sonara de esa manera, el timbre, ella salió a abrir la puerta y regresó, tras de ella venían un par de hombres.
-Son los de mi mudanza. ¿A qué hora vendrán por tus cosas?
-¿Mis cosas? No. Nadie va a venir por mis cosas, si ni siquiera las he traído.
-¿Cómo que no las has traído?
-Pues no, si apenas anoche me dijiste que me viniera a vivir a esta casa mientras tu salias de viaje y...
-Escúchame, seguro que has vuelto a tener ese loco sueño que tanto repites en el que yo soy un fantasma viviendo en esta casa y que nos volvemos amantes y que no salimos de la casa en semanas mientras tenemos sexo día y noche y descansamos solo para leer. Escúchame, nada de eso pasó, y si alguna vez pasó, fue hace mucho tiempo, como un sueño. Ahora lo mejor es distanciarnos un tiempo, dejar de vernos, vender la casa y...
-No, no puedo dejar que la vendas, y lo nuestro, tú y yo, mira, ahora lo que menos me importa es si fue un sueño por leer tantas veces Aura, pero tú me prometiste algo. Me dijiste que si aceptaba el trato tú no tendrías que irte, no es así, mira, no sé lo que he hecho, o hice, o hemos hecho para llegar a esto, no sé si lo volveré a repetir porque al final la historia se borra y los sentimientos prevalecen aunque sean un peso. Pero sé que si lo intentamos podemos solucionarnos.
-Lo hemos intentado muchas veces y siempre llegamos a este punto, tu recordando ese día.
-Lo ves, ahí está, al final que perdemos, ya sabemos en qué acabaría, tú y yo hablando de un sueño con un par de extraños mirándonos como si estuviésemos locos. Finjamos que es ese primer día, tú fantasma, yo escritor. Vamos, que dices. Vayamos a la cama, deshazte de estos dos tipos.
-Y quien les pagará.
Tomé mi cartera y pagué a los hombres y les pedí disculpas, ellos voltearon a verla a ella y los despidió con la mirada, acto seguido me miró y sacó esa sonrisa socarrona como si hubiera conseguido algo, otra vez, como si estuviera ganando un juego que ella estaba segura que iba a ganar.
-Debiste haberte desecho de mi mientras pudiste hombre mio.
-No puedo.
-¿Por qué?
-Por qué cuando tu me hiciste una promesa yo te hice otra.
-¿Que promesa fue esa?
-Hacer lo que sea para que tù no te vuelvas a ir de viaje y nos dejes solos a esta casa y a mi. Y los fantasmas no olvidamos lo que prometemos.
* * *
lunes, 30 de octubre de 2017
La Casa 3era Parte.
-La verdad es que no estoy rentando la casa. -Yo no respondí nada, quería hacerlo, pero tantos años conviviendo con mi padre me dejaron muchas lecciones y consejos, y uno que no olvido por sobre todos y el que más recuerdo con cariño es aquel en el que me dijo que a veces uno recibe más de las personas que hablan entrecortado, que lo que podemos recibir si sólo hablamos y hablamos. En aquella charla también mencionó que a veces hay que dejar que las personas se tomen su tiempo para decirnos lo que nos quieren decir esperando en silencio.- No he recibido ninguna llamada, en realidad yo ya sabía que no iba a recibir ninguna llamada, mas que la tuya. Te he visto muchas veces, pasar por en frente de la casa y caminar lento durante segundos y te miro contemplar la casa y sonreír. Como si, no sé, pensaras que aquí adentro hay un tesoro, o como si estuviera encantada y la viera un niño pequeño al cual le gustan las historias de fantasmas.
Dejó de hablar, y yo me quise hacer el sorprendido, o yo digo que me hice el sorprendido, porque la verdad es que una parte de mí esperaba y creía que algo así pasaría, y no como una clase de deseo o sueño, mas bien como una especie de premonición, una certeza muy extraña había en mí la cual me decía que yo ya sabía que esto pasaría, como si ya lo hubiera vivido antes, como una especie de Deja vù. La verdad era muy malo para mentir, pero lo intente y solo dije.
-¿En serio no recibiste ninguna llamada?
-Te sorprende.
-Pues claro. Digo, a nadie le dio al menos curiosidad para llamar y saber siquiera en cuanto la rentabas, o si estaba aun disponible, aunque no haya hecho cita para visitarla.
-¿Y por qué iban a hacerlo? La casa es espantosa.
-Eso no es verdad, la casa es preciosa.
-No es como las demás casas.
-Lo sé, y eso es precisamente lo que le da ese encanto especial, la rareza en ella. Es de esas bellezas implícitas, que hay que observar detenidamente para encontrar todos esos detalles que la hacen.
-Al parecer nadie tiene el tiempo que tú y yo tenemos. -Dijo ella sonriendo.
-Quizá sea eso. -Dije yo y reí.
-Es verdad que esta un poco desarreglada por fuera, pero no sé, esta casa tiene algo que no se puede explicar, una belleza difícil de apreciar.
-Ahora entiendes porqué no la renté y porqué nadie llamó.
En ese momento caí en cuenta de lo que me trataba de decirme, de lo que ella tramaba, y por muy extraño que parezca lo que escribiré, sabía exactamente lo que ella estaba a punto de decirme, pero que no se atrevía.
-Tiene algo que decirme, no es así.
-Es obvio.
-Tómate tu tiempo.
Esta bien. -Estaba muy nerviosa, sus ojos y sus labios la delataban, tallaba las palmas de sus manos en sus piernas. -La verdad es, que yo te estaba esperando a ti, puse ese anuncio en el periódico con la esperanza de que solo tú lo miraras, y marcaras, fuiste el único que llamó, y aunque dude al principio cuando llamaste, algo en esa voz tras el teléfono me dijo que eras tú. Y no quiero que te asustes por lo que te diré, te prometo que si decides irte y olvidarte de todo esto lo comprenderé, y no te acosaré ni nada de eso. Si después de escucharme te vas y crees que soy una loca de atar, lo aceptaré, incluso te comprenderé; y no volverás a saber nada de mí. De hecho estoy a punto de irme de aquí, es sólo que, bueno, sin tantos rodeos, la propuesta que te quiero hacer es la siguiente, no estoy rentando la casa, pero si tú así lo quieres, y aceptas, la casa es tuya, yo tengo que irme durante un año de aquí, no me preguntes a dónde ni porqué, créeme que no tiene nada de interesante saberlo, pero me tengo que ir, y la casa se quedará sola y no quisiera que se deteriore más de lo que ya esta en mi ausencia, y no tengo a nadie de confianza que la cuide por mí, al menos no en esta ciudad, así que si decides quedarte la casa es tuya, y no sólo por el año que yo no esté, sino para siempre. Cuando yo regrese, si todo sale bien, estaré saliendo mucho de viaje, vendré de vez en cuando por algunos libros, porque si decides quedarte con ella, los libros van en el paquete, fue la última voluntad de mi padre que estos libros no abandonen este techo. Y no te preocupes que para cuando yo venga no me quedaré aquí, así que puedes traer a quien quieras a vivir contigo, te dejaré mi maquina de escribir porque si te interesa. Y también si no tienes quien esté contigo, para cuando yo venga podría quedarme una o dos noches contigo, sólo si tú quieres, por si necesitaras compañía para no sé, ya sabes, inspiración a la hora de escribir.
-¿No sé por qué presiento que tú sabes a la perfección que yo escribo?
-Te gustó la casa, tenías que tener algo de escritor. No lo sé, la verdad es que, y quizá esto es lo más descabellado que diré en esta conversación, pero es que siento como si yo ya te conociera de antes, de otra vida.
-¿O sea que también eres escritora? -Pregunté y corte de tajo lo que me había dicho antes de mi pregunta, la verdad para este punto ya me había empezado a asustar, pero no por ella, sino por mí, no creía en tanta suerte.
-No te diré nada de mi vida a menos que aceptes mi propuesta.
Nos quedamos un rato en silencio, yo pensando que responder, ella esperando mi respuesta, afuera ya estaba oscuro, la lluvia había cesado, no había frío, o al menos no había rastros de frío en el interior de su habitación. Algunas luciérnagas de alcanzaban a ver entre las cortinas, la hora, para ese momento era lo que menos importaba. Jamás en mi vida me había regido por un reloj. Al momento de vivir algo especial y espontáneo en tu vida, lo menos en lo que piensas en en mirar tu reloj. El tiempo se vuelve insignificante, el momento, los momentos son los que nos dan la vida, y la improvisación con ellos, no el tiempo. La habitación estaba vacía, y hasta ese momento me había percatado de ello, yo hacía como que miraba los libros mientras ella hacía como que no me miraba, como que no estaba esperando algo de mí, como si yo no estuviera, pero si que esperaba algo de mí. Creo que no necesito decirles que en algún momento le contesté.
-Por qué tengo la sensación de que esto ya lo había vivido, o no; no sé como explicarlo, no es que sienta que yo haya vivido esto, es más bien como, como si yo ya supiera que esto iba a pasar, pero no deseaba que pasara.
-No lo sé, Quizá todo lo que dices tenga algo de razón, pero que alguien extraño te regale una casa sólo porque eres el único al que le gusta aparte de ella.
-Es porque escribes, al menos una vez en la vida de un escritor esto tiene que pasar. Piensas que a ti no te puede pasar, por eso mismo, porque sólo pasa en los libros, y por eso sientes como si ya te hubiera pasado, pero ahora que te pasa no crees que sea real, que te este pasando a ti, o que lo merezcas. Le tienes miedo al hecho de que una de tus historias se ha tornado a tu realidad.
Me acerqué a ella, la tomé del brazo firmemente, pero no con fuerza, la acerqué hacia mí y mirándola a los ojos le dije:
-¿Por qué presiento que te conozco de otra vida?
-Porque sí me conoces, sólo que no me recuerdas de dónde, de cual de todas las vidas que hemos compartido.
Estuve a punto de corresponder el beso que ella quería darme, pero antes respondí con una pregunta:
-¿Te puedo decir algo?
-Dime.
-Es sólo que ahora yo soy el que te quiere hacer una propuesta. ¿Puedo?
-¿Cuál es? -Dijo ella sonriendo, creo que si esta historia fuera como las demás, sería el momento perfecto para describir como era ella, pero como ya alguna vez lo había escrito por ahí, sólo diré: "Esto lo guardaré sólo para mi."
-Acepto tu proposición con la condición de que cuando regreses te quedes conmigo aquí todas las noches.
-Si tú me lo pides, ni siquiera me iré. y tú no tendrías que irte esta noche.
No recuerdo a que hora desperté, pero para cuando desperté mi boca sabía a café, y el día y la historia ya eran otros.
sábado, 30 de septiembre de 2017
La Casa 2da Parte
-¿Por qué no viniste aquella vez?
-Te lo dije, trabajo los fines de semana hasta tarde. Se hunde el barco si no esta el capitán.
-Entonces como es que estas hoy aquí, ya no trabajas mas en ese funesto lugar.
-No, quiero decir, si; aun trabajo ahí. Pero ya no soy mas capitán, ahora soy el Sheriff.
Dudé por un segundo en volver a tocar el timbre o no, así como presiento que la persona detrás de la ventana dudó en salir a abrir o no. Cuando estaba por decidir si mejor retirarme la puerta de la casa se abrió, salió alguien cubierto con una toalla, por su complexión parecía una mujer, me abrió el candado que tenía la cadena que agarraba la puerta de la puerta externa, no dijo palabra alguna, sólo abrió el candado y volvió a la casa, su forma de salir corriendo me dio a entender que esa era una bienvenida.
Ya estando adentro me pareció estar dentro de un sueño, o dentro de una realidad que ya había vivido, algo que yo ya había conocido. La casa era justo como la imaginaba, olía a polvo, como si no la limpiara en años, como si estuviera abandonada, olía más que nada a libros viejos, la alfombra roja daba la impresión que era del año en que el muro de Berlin había sido derribado, justo la misma edad que yo tenia. Unas pequeñas lamparas colgadas en las paredes y no del techo como todos estamos acostumbrados a tener la luz en nuestras casas, la sala que era donde estaba parado tenia en el techo un papel tapiz oscuro con miles de pequeños puntos blancos no sé si hechos por el paso del tiempo o el hombre, las tres cuartas partes superiores de la pared tenia un papel tapiz igual de rojo y desgastado que la alfombra, y la cuarta parte inferior restante de la pared atiborrada de libros, de todos tipos, de todas clases, de todos idiomas, muchos los pude reconocer, muchos mas me sacaron una sonrisa.
Toda esta larga observación la pude hacer en un par de minutos o menos, la teoría de la relatividad del tiempo no esta mejor aplicada como cuando realmente estas disfrutando las cosas, un par de minutos escuchando una cancion mientras llueve a cantaros afuera en la calle mientras tu estas bajo un tejaban esperando que llegue el coche y te lleve a casa y ves a un niño jugar con un barquito de papel queriéndolo hacer volar, hay canciones que quisieras que jamas terminaran. Para cuando volví en mi la mujer que había abierto la puerta para que yo entrara a la casa no estaba en la sala, y de repente de la nada apareció, venia con un par de toallas, me ofreció una sin dirigirme mirada o palabra, yo agradecí con mirada y palabra pero era como si no hubiera escuchado nada, su rostro no reflejaba nada, ni una emoción, ni siquiera un tono de piel, la teoría del fantasma no parecía tan ridícula, aun no la quería descartar del todo.
-¿Qué te parece?
Dijo una voz de repente sacándome de no se que lugar en el que estaba metido mientras seguía contemplando la peculiaridad del techo de la sala. No conteste hasta pasados varios segundos.
-La casa es maravillosa.
-Si, me ha costado tanto mantenerla así.
-Hace mucho que vives en ella.
-Desde que nací.
-Es tan vieja la casa. Perdón no quise....
-No, esta bien. La casa es de principios del siglo XX.
Me mostró toda la casa, desde la pequeña cocina sin puerta mas que la tela vieja y apolillada que alguna vez había tenido un color muy parecido al amarillo de los olmos en otoño, pasando por el baño donde pude ver a lo lejos un libro de Mario Benedetti, el pasillo mas oscuro y sin luz que haya visto en mi vida, hasta el ático que no guardaba otra cosa que no fueran libros y cajas vacías que no tenían mas que mi incertidumbre por saber que habían albergado antes, los libros que ahora estaban junto a ellas, ropa, fotografías y sus portaretratos que se habían convertido en cenizas.
Al final pasamos a la habitación donde ella dormía, yo quería romper el silencio, no era sano que dos personas que no se conocen compartieran por tanto tiempo el silencio, pero el silencio era tan armonioso, que romperlo seria como quitarle la magia a la vida. Cuando por fin estaba dispuesto a romper el silencio, mi boca sin yo pensarlo mucho dijo una estupidez:
-Me tengo que ir.
-¿No quieres saber en cuanto la rento?
-Perdón, lo siento. Si. Cuanto estas pidiendo.
-La verdad es que...
La chica para este momento se veía muy nerviosa, su cara ya tenia color, su piel ya delataba su tono, tenia presencia corporal, sus ojos, ya mostraban emociones, no sabia que emociones, pero se veía algo dentro de ella, como si se transparentara por instantes. hablaba entre cortado, se quitó la toalla de encima de sus ropas, ninguno de los dos para ese momento se había desecho de la toalla, pero aun no estábamos secos del todo, pareciera que a los dos nos gustara el recuerdo del frío que produce el agua fría de la lluvia en nuestro cuerpo, no podía hablar por ella, pero al menos a mi me encantaba, lo de la toalla lo había hecho sin un gramo de conciencia.
Toda esta larga observación la pude hacer en un par de minutos o menos, la teoría de la relatividad del tiempo no esta mejor aplicada como cuando realmente estas disfrutando las cosas, un par de minutos escuchando una cancion mientras llueve a cantaros afuera en la calle mientras tu estas bajo un tejaban esperando que llegue el coche y te lleve a casa y ves a un niño jugar con un barquito de papel queriéndolo hacer volar, hay canciones que quisieras que jamas terminaran. Para cuando volví en mi la mujer que había abierto la puerta para que yo entrara a la casa no estaba en la sala, y de repente de la nada apareció, venia con un par de toallas, me ofreció una sin dirigirme mirada o palabra, yo agradecí con mirada y palabra pero era como si no hubiera escuchado nada, su rostro no reflejaba nada, ni una emoción, ni siquiera un tono de piel, la teoría del fantasma no parecía tan ridícula, aun no la quería descartar del todo.
-¿Qué te parece?
Dijo una voz de repente sacándome de no se que lugar en el que estaba metido mientras seguía contemplando la peculiaridad del techo de la sala. No conteste hasta pasados varios segundos.
-La casa es maravillosa.
-Si, me ha costado tanto mantenerla así.
-Hace mucho que vives en ella.
-Desde que nací.
-Es tan vieja la casa. Perdón no quise....
-No, esta bien. La casa es de principios del siglo XX.
Me mostró toda la casa, desde la pequeña cocina sin puerta mas que la tela vieja y apolillada que alguna vez había tenido un color muy parecido al amarillo de los olmos en otoño, pasando por el baño donde pude ver a lo lejos un libro de Mario Benedetti, el pasillo mas oscuro y sin luz que haya visto en mi vida, hasta el ático que no guardaba otra cosa que no fueran libros y cajas vacías que no tenían mas que mi incertidumbre por saber que habían albergado antes, los libros que ahora estaban junto a ellas, ropa, fotografías y sus portaretratos que se habían convertido en cenizas.
Al final pasamos a la habitación donde ella dormía, yo quería romper el silencio, no era sano que dos personas que no se conocen compartieran por tanto tiempo el silencio, pero el silencio era tan armonioso, que romperlo seria como quitarle la magia a la vida. Cuando por fin estaba dispuesto a romper el silencio, mi boca sin yo pensarlo mucho dijo una estupidez:
-Me tengo que ir.
-¿No quieres saber en cuanto la rento?
-Perdón, lo siento. Si. Cuanto estas pidiendo.
-La verdad es que...
La chica para este momento se veía muy nerviosa, su cara ya tenia color, su piel ya delataba su tono, tenia presencia corporal, sus ojos, ya mostraban emociones, no sabia que emociones, pero se veía algo dentro de ella, como si se transparentara por instantes. hablaba entre cortado, se quitó la toalla de encima de sus ropas, ninguno de los dos para ese momento se había desecho de la toalla, pero aun no estábamos secos del todo, pareciera que a los dos nos gustara el recuerdo del frío que produce el agua fría de la lluvia en nuestro cuerpo, no podía hablar por ella, pero al menos a mi me encantaba, lo de la toalla lo había hecho sin un gramo de conciencia.
jueves, 7 de septiembre de 2017
Cinco
El texto de hoy es especial, porque es una colaboración para un amigo bloguero llamado El Demiurgo de Hurlingham el cual los jueves dedica en su blog a la creación de relatos cortos. La semana antepasada, celebrando los cinco años de su espacio lanzó una convocatoria para crear un texto que no mayor de 350 palabras, -que por cierto creo que me pase por poco, pero la verdad no estoy tan acostumbrado a escribir textos tan cortos, a menos que venga una continuación- y temática libre llevara solo como requisito el número cinco. Así que yo por despistado con mi video a publicar y otras cuestiones hay que tenia que preparar para otras plataformas (espero poder concretar en cosa de un mes y compartir con ustedes) no me di cuenta de esta convocatoria muy tarde. Pero Demiurgo al ser uno de esos tres argentinos amigos míos del medio y ser un lector muy reincidente de mi blog le prometí un texto -muy al estilo de la casa "of course", en el cual dejo por cierto muchos huecos argumentales para que echen a volar su imaginación y los llenen con ella, lugares, nombres, tiempo- por acá en mi blog y por supuesto se lo dedico. Sin mas espero les guste.
____________________________________________________________________________________________
-El Festival del Coco es la mejor fiesta del año. Tan solo imagínate, playa, música en vivo, alcohol, pastas, yerba, LCD. No no la vamos a perder por supuesto.
-Esta bien. ¿Cuántos vamos a ir? Para comprar los boletos.
-Cuatro.
-¿Cuatro?
//Preguntaba a su amiga extrañada de su respuesta//
-Si. Sólo cuatro.
-Pero que no somos cinco. Ni me digas que otra vez no nos va a acompañar Ramiro.
-Sabes que Ramiro es un aguafiestas.
-No es un aguafiestas. Es sólo que es especial.
-Estas enamorada de él, ¿cierto?
-¡Claro que no! Es sólo que siempre me ha caído bien. No intenta caerle bien a nadie.
El viaje a la playa donde seria la tocada no les llevaría mas de una hora, era la primera vez que el grupo de chicas y el conductor designado, Mariano, que era gay, tomaban carretera.
-¿Por qué insistes en hablar de Ramiro? Él nunca molesta a nadie.
//Seguía la conversación entre las mismas dos chicas, las otras dos no se metían en la plática, pero si estaban muy al pendiente de lo que decían//
-Ni molesta, ni nada. Es un tipo plano, no hay emociones en él. Me gustaría saber por una vez en su vida que pasa por su cabeza. Si hay algún pensamiento en él, si se ha enamorado alguna vez en su vida, habla muy poco.
-Es por su poesía. //interrumpía Mariano// A mi me han dicho que en las noches una mujer misteriosa llega a su casa y pasa toda la noche con él, y que por la mañana, antes de que amanezca, se marcha. Todos dicen que es una prostituta de la que él se enamoró.
-No me extrañaría para nada eso.
-La verdad es que la fiesta resultó todo un fastidio. No te has perdido nada, pero seguramente eso ya lo sabias. No sabes como extrañaba tus brazos, tu jazz. Justo al llegar a la playa después de que Mariano nos pegó el susto de nuestras vidas cuando tumbó a aquel joven con su bicicleta, no quise mas que beber una cerveza. Sabes lo mucho que odio el calor y la arena, así que me fui al mar mientras Mariano y las chicas estaban en la pista.
-¿Que les has dicho cuando te dijeron sobre la prostituta?
-Nada. Les dije que no me extrañaría esa conducta de ti, pero que seguro seria una vieja novia que nosotros no te conocíamos.
-¿Crees que sospechen algo de nosotros?
-Seguro que no. Ellos creen que te odio. Les he dicho que eres un aguafiestas.
miércoles, 30 de agosto de 2017
La Casa 1era Parte
Para Martha
La muchacha que siempre aparece, y minutos después se va.
No sé como empezar a escribir esto, bueno; quizá si sepa como hacerlo, pero hace muchos años alguien ya empezó una historia así, así que sólo empezaré a escribirla tal y como pasó, y es que como puede ser posible que justo hoy, que tomo un periódico después de no sé cuanto tiempo que no tomaba uno esta justo en el periódico el anuncio de que la casa, esa casa que por años he admirado está rentándose, todos los días que voy a mi trabajo paso frente a ella, me paro unos segundos y la veo, me pregunto, ¿quién vivirá ahí? Seguro deben de ser las personas más felices del mundo, o la más feliz, quizá viva alguien como yo, un solitario amante de los libros, me imagino las paredes de la casa con un papel tapiz gastado, húmedo y viejo tapado por pilas de libros, muebles inexistentes como en mi pequeño apartamento, de hecho la casa era muy pequeña, muy parecida en dimensiones a mi departamento, pero esta estaba en la tierra, no en el cielo, siempre padecí de vértigo, siempre he creído que las casas deben de estar en la tierra, nunca encuentro las palabras para describir el porque. La casa era de madera, con un tejaban en triangulo, en caída como los de las granjas norteamericanas del norte del este, donde los inviernos son inviernos, por la nieve blanca. La base de la casa eran unos muy deteriorados y perfectamente sincronizados ladrillos rojos, un pequeño pasillo de los mismos pasillos que conducían hasta la puerta de madera color caoba de la casa, que era adornada únicamente por una pequeña farola que semejaba una vieja vela, un extenso jardín como el de Rita con un gran árbol de "bugambilias", un ático (o al menos eso es lo que yo pensaría que era, aunque quien quiere un ático en una casa tan pequeña, quizá la idea de los libros no estaba tan errada) y un par de ventanas cuadradas.
Así que no tuve que pensarlo mucho, sin duda alguna iría a ver esa casa, al salir del trabajo tendría que ir a ese lugar, y aunque no sabía cuanto era lo que pedirían, y sin mucho capital de respaldo, aunque al final no la pudiera rentar, tenía que por lo menos sacarme la curiosidad de como era esa casa por dentro, y quien vivía en ella.
El día de hoy era particularmente perfecto, la llamada de una ex-novia, en la radio estación había sonado minutos atrás "Ojala" de Silvio Rodriguez y lo mejor, llovía y estaba tan nublado y tan oscuro que parecían ser las siete de la tarde en vez de las cuatro. Siempre me ha encantado caminar bajo la lluvia, sentir el agua fría que cae del cielo que se crea de la batalla entre soldados positivos de traje rojo y soldados negativos de traje azul dentro de las nubes, o al menos así nos dijo la maestra que nos daba en primer grado de primaria que se creaba. Increíble como a veces no nos podemos acordar del rostro de alguien, o del nombre de alguien, pero si nos acordamos de ellos por algún momento en especifico de nuestras vidas, por muy insignificante que este sea, una frase, te regresa los recuerdos mas escondidos, algo que nos regresa en el tiempo, y arma el rompecabezas dentro de tu cabeza.
La persona que contestó el teléfono al llamar me dijo que su agenda de visitas estaba totalmente llena y que no podría mostrármela, eso me puso muy triste, pero al cabo de un par de minutos la persona me regresó la llamada diciéndome que quizá me podría hacer un espacio y me mostraría la casa rápido entre 5:30 y 6:00, yo por supuesto no me opuse a esa visita tan corta, al fin de cuentas sabía que la casa no sería para mi, si había tantos interesados por la casa, seguro que tendrían más dinero que ofrecer, en ese terreno yo no podría competir, la habilidad de encontrar lo bello en lo cotidiano no pagaba las cuentas.
A estas alturas mi único objetivo era conocer el interior de la casa y saber quien vivía en ella, por eso apresuraba el paso mientras sonaba en mi reproductor "Lucha de Gigantes" de Nacha Pop. Era extraña mi fascinación por los fantasmas, jamás he conocido alguno, ¿habría alguno en esa casa? ¿Qué habría pasado en esa casa? ¿Por qué me atraía tanto? La casa ni siquiera era tan bonita como otras que veía a diario, o como otras a las que ya había entrado, ¿por qué este misterio? ¿Por qué esta intriga? ¿Quién vivía en ella?
Para cuando llegué estaba totalmente empapado, lo único seco en mi persona era mi reproductor, siempre salía con una pequeña bolsa de plástico para protegerlo. Toqué el timbre pero nadie salió, me asomé para ver más detenidamente, parecía que alguien estaba en la ventana, cubierta de la cabeza, en realidad sólo se veía una sombra, ¿seria un fantasma?
sábado, 17 de diciembre de 2016
Midnight in Durango. (O la necesidad de mi soledad por estar sola.)
"La noche era fría y cálida, no se como se han podido conjugar durante años y años estas dos sensaciones pero es verdad lo que dicen, la mejor manera de llegar a Durango es por carretera, y no hay mejor mes para para viajar y disfrutar por completo de la ciudad que el mes de diciembre."
--/--/--
No revelaré la hora en que estoy escribiendo esto, sólo les diré que es
muy temprano (o como muchos mal dirían, muy tarde) pero del día siguiente a la
fecha que se registra esto. salí de mi casa con el pretexto que iría al cine y
me vería con una vieja amiga de la ciudad que me vió nacer, crecer y volver a
nacer; Durango. Así que llegué en taxi hasta el cine que está en el
"bulevar" Francisco Villa, (no diré el nombre del complejo, los que
son de Durango sabrán muy bien a qué cine me refiero) ya estando ahí creo que
empecé a sentirme más feliz, comencé a ser yo mismo, y con esto no pretendo
decir que en compañía de los demás (mi familia) no sea feliz o no sea yo mismo,
es sólo que simplemente cuando estoy solo o viendo a extraños mi lado creativo
empieza a trabajar, a emerger, empieza a crear historias con gente que veo
pasar. (soy como Woody Allen, claro visto desde un punto muy bizarro) Por eso
la necesidad de siempre estar caminando y estar en contacto sólo con mi cerebro
y mi imaginación. En fin, después de estar paseando un rato por la plaza
comercial en cuestión y entrar a buscar alguna buena película con la cual
regresar a casa, salí a caminar y tomé rumbo hacia la central de camiones.
No importa que estación del año sea o que tan dura esté la situación de
la seguridad en Durango, siempre tener una larga caminata nocturna entre sus
bulevares y calles iluminadas será un gran placer. Siempre me he preguntado el
porqué del miedo de ciertas personas por las caminatas nocturnas, me imagino
que se debe a que ni siquiera de día las hacen. Recuerdo que sólo una vez sufrí
un percance cuando tenía 19 años, (justo unas semanas antes de haberme mudado
de Durango) y fue mientras iba en camino por el estacionamiento de la plaza que
ya les mencioné a tomar mi camión. Durante casi un año caminaba el trayecto
desde esa plaza hasta mi casa (muy cerca del Instituto Durango) y nunca me pasó
nada, y justo unas semanas después de que empecé a tomar el camión que me
dejaba más cerca a mi casa (a espaldas del IMSS, y caminaba prácticamente nada
en comparación a mis pasadas caminatas) me asaltaron y me quitaron mi celular.
Supongo que las personas huelen tu intención, incluso tu origen, y sin duda
alguna mucha de mi esencia huele a un caminador, a un nómada. A un caminador
que sin duda alguna uno de sus más grandes amores siempre será el poder caminar
por esta ciudad. Un caminador jamás correrá peligro.
Así que mi soledad me permitió sólo por esta ocasión hacer lo que yo
quisiera, lo que más me placiera, podía, no sé; visitar viejos amigos, hacer
nuevos, sentarme a beber en algún extraño pero rustico y bohemio bar,
encerrarme en un burdel; podía hacer lo que yo quisiera, así que decidí hacer
algo que hace años quería hacer. En algún loco sueño que tuve hace muchos más
años de lo que pudiera recordar estaba yo con una vieja amiga que me hizo
escribir hermosos versos y magníficas y significativas historias aun sin saber
ella que era la protagonista de cada una de ellas, entonces estábamos ella y yo
caminando en altas horas de la noche por el casco histórico de la ciudad.
(cuando aún no existía Paseo Constitución y el Corredor y el Puente de Analco
hace cerca de ocho años) Pero cómo de ese sueño ya habían pasado varios años y
con ellos la otra protagonista al igual que yo había emigrado de tan hermosa
nocturna ciudad, tuve que conformarme con bailar con la mujer más hermosa que
me pude haber encontrado.
Una vez que llegué a la camionera pude haber tomado el camión colectivo
como en mis años de más juventud y solía trasladarme en la ciudad cuando salía
del trabajo o simplemente cuando salía a algún lugar, nunca tuve un vehículo
propio y para ser honesto con ustedes creo que jamás lo tendré, no es una
cuestión de dinero, se los aseguro, aunque tampoco puedo presumir de tener
tanto; pero creo que siempre he tenido en mi ser un alma vieja atrapada a la
cual le gustan las largas caminatas, no importa si esta significa dar dos o
tres vueltas al mundo. Así que como la noche era joven, pero ya estaba presente
en el viento frío, decidí trasladarme de la camionera a un viejo hotel que ya
hacía años que quería conocer en taxi. Era un señor mayor, cerca de los 50, su
nombre era Ramiro, me preguntó de donde venía, (muy amablemente, como me había
recogido en la camionera creyó que iba llegando de viaje, así que decidí
seguirle la corriente) le dije que de La Paz, pero que yo era nacido en
Durango; entonces me preguntó que qué me llevaba de nuevo a la tierra nacida,
entonces yo le comenté que regresaba por una fiesta familiar además de que era
una escala para viajar a otro lugar y escribir para mi trabajo, entonces él me
preguntó que si yo era un escritor, entonces riéndome yo le dije que en
realidad para mí la escritura era como un juego porque al parecer yo era el
único que se divertía leyéndome y haciéndolo, además anexe que nunca lo vería
como mi trabajo porque a partir de ese momento me empezaría a aburrir, entonces
él me dijo que no me preocupara, que seguramente ese viaje me serviría de mucho
para escribir algo realmente digno de leer, y fue entonces cuando nació esto.
Como veinte minutos después (porque el tráfico realmente estaba muy pesado,
rara cosa en Durango, al menos por lo que yo recordaba) llegamos al hotel, el
señor me deseo suerte y yo le agradecí dejándole el cambio por la tan amena
plática, el hotel era el Plaza Catedral, situado justo a un lado de la
Catedral, no esta por demás recordarles (aunque estoy seguro ya lo saben) del
gran amor que siento por este recinto, y en realidad no es porque sea muy
creyente de la iglesia o porque ahí fue mi graduación, siento un gran amor por
este lugar porque además de que soy un amante de la historia y todos estos
inmuebles viejos que albergan tantos secretos -e historias-, también lo llevo
muy marcado en mi porque es el símbolo por excelencia de esta "Mí"
ciudad, como La estatua de la Libertad para Manhattan, o El Coliseo para Roma,
o el Big Ben para Londres, o la Torre Eiffel para París. Entonces llegué a
recepción, pregunté si había habitaciones disponibles pues no había hecho
reservación alguna, al momento de planear el viaje había decidido que todo
sería al azhar, nada sería planeado esta vez, me dejaría llevar.
La suerte me acompañaba en esta ocasión pues afortunadamente había una
habitación disponible, y para mi fortuna con vista al Corredor Constitución, y
por consecuencia a la Catedral, y aunque el precio era un poco más elevado a la
habitación normal, no dude en pedirla, me dieron mi llave y una joven me llevó
hasta mi habitación, en el pasillo me encontré con una bella joven, no era
extranjera supuse por su tes entre morena y blanca y su español exquisito, no
les puedo negar que esta madrugada mientras escribo esto le dediqué uno que
otro verso, pero ella no es la protagonista esta vez en esta historia, ella
vendría siendo como la chica del cabello rojo que aparece en toda historia y
que es especial, pero que no pasa más de un lindo recuerdo y dos o tres
capítulos muy importantes y placenteros y que nos saca un poco de la historia.
Entonces llegué a mi habitación y la joven que me acompañó me dijo que si se me
llegaba a ofrecer algo de información turística o cualquier cosa no dudará en
pedírselo, que las veinticuatro horas había gente en la recepción y que ella
también estaría ahí, yo le agradecí y le dije que quizá no haría falta, pues la
verdad; y con algo de orgullo le dije que esa ciudad la conocía como la palma
de mi mano, y era verdad. entonces entré al baño, me enjuagué la cara, dejé mi
chamarra y la pequeña libretita que destiné para este viaje como bitácora de
vuelo y salí del lugar, al fin sólo sería una noche, la mitad de esta pretendía
no pasarla ahí, y la otra mitad pretendía no dormir y estar escribiendo, (esto)
de modo que sólo sin ver para atrás salí a volver a hacerle el amor a las luces
de esta ciudad. La primera parada fue en un viejo y amigo lugar, el siempre acogedor
Café Madrid, la verdad es que en los años de mi juventud y estudio, o sea en la
preparatoria, sólo llegué a ir un par de veces, pero el lugar siempre fue un
hito, era una tradición entre la comunidad rockera de Durango, así como el
Iguana en Dolores del Río cuando aun existía; de modo que el volver a entrar al
mismo sitio exactamente igual como hacía 8 años, (casi o prácticamente igual)
fue como si el tiempo jamás hubiera pasado y mis amigos aún siguieran en casa o
con sus novias y yo esperará a alguien de la banda. Estando ahí ninguna cara me
fue familiar, había algo de gente pues es (era) viernes, pero si había un par
de mesas solas, los veía platicar y me hacían recordar a mi en años mejores
rodeado de mis amigos en alguna fiesta a la que habíamos sido invitados casi de
última hora o cualquier acontecimiento importante familiar como el que me hacía
regresar después de casi dos años de no estar en esas calles. Los miraba y
sonreía mientras bebía mi cerveza, "Corona" de un cuarto como le gustan
a mi hermano, -llevaba un pequeño papel y escribía no se que en él con una
pluma- mis amigos de la infancia no eran personas que les gustara salir a
lugares así, además de que porque siempre andábamos en camioneta y sus gustos
musicales no eran iguales a los míos, fue la razón por la cual durante años yo
tampoco saliera tanto; y aunque aún no soy de salir mucho a centros nocturnos
(de hecho no salgo a ningún centro nocturno o antro) el gusto por encontrar
bares y cafés en los cuales estar, ya sea escribiendo o no, acompañado o no; se
ha vuelto uno de esos placeres que me han hecho disfrutar la vida de una manera
sin igual. El "Madrid" y las tres cervezas que me bebí me dejaron
satisfecho, a la hora de irme la música empezaba a ponerse de lujo; Soda Stereo
y el buen Gustavo Cerati hacían acto de presencia, pero aun así tuve que
dejarlos, ya he aprendido demasiado de los grandes. Caminé por constitución
rumbo hacía la Iglesia de Santa Ana, Pasaban las diez y media, la noche seguía
siendo joven, como las personas que deambulaban la ciudad, la noche ahora era
territorio de los jóvenes, y la verdad no se que hacía yo ahí, supongo que he
adquirido desde muy joven el Síndrome de Picasso, ese que dice que cuando uno
es joven, es joven para toda la vida, aunque mi aspecto personal, más por
elección que por imposición genética, dijera lo contrario.
La verdad siempre lo he dicho y lo seguiré diciendo hasta el día en que
muera; no hay mujeres más bellas sobre la faz de la tierra que las mujeres de
Durango; Veía pasar, o mejor dicho, me veían pasar tanta mujer hermosa, que en
verdad por unos minutos llegué a sentir celos por todos los hombres de esta
ciudad, aunque segundos después sentí enojo conmigo mismo al caer en cuenta que
yo hace años fuí ellos y aún así me dejé ir, -precisamente yo había sido el que
me había ido-. Seguí caminando dibujando en mi mente ese sueño loco e
imaginando como sería ver al cruzar alguna calle a esa vieja amiga y
reconocernos mutuamente como Harry reconoció en la biblioteca a Sally (jamás
les podré negar la gran influencia que tiene el cine en mi) y todo esto pasaba
mientras en mi cabeza (o mejor dicho en mi reproductor de música con una
manzana) se reproducía una y otra vez "Las luces de esta ciudad" de
División Minúscula, la canción para mi desde el día en que me fuí de esta
ciudad. Llegue a la iglesia de Santa Ana, entré y me senté en una de sus bancas
mientras contemplaba todo el sitio, tuve que sacar mi celular y tomar algunas
fotos; a pesar de que como ya les he dicho no soy muy creyente; me sentía en
paz. Salí al cabo de un rato del lugar y la plaza estaba en frente, había un
poco de gente, jóvenes en su mayoría pero no eran solamente ellos, había una
que otra pareja mayor, amantes cobijados por los árboles y las bancas, y una
que otro espíritu solitario con su propia historia queriéndose escribir,
espíritus como yo. Recordaba que años atrás había un señor que vendía elotes y
era muy conocido por lo bueno que era en prepararlos, me preguntaba si aún se
pondría a vender en ese lugar, o si aún viviría. empecé a caminar por la plaza
y al cabo de darle una vuelta completa me senté en una banca.
Me levanté y emprendí el camino de regreso, caminaba y la canción ya
había cambiado desde hacía un rato, ahora era el turno de "Año Nuevo"
también de División Minúscula, seguía caminando viendo a tanta cara como me era
posible, -tratando de adivinar o inventar su historia, como es costumbre para
mi- aunque esta noche no pretendía llevar a nadie conmigo al hotel, si deseaba
con todas las fuerzas de mi alma ver una cara conocida, saberme aún en casa,
poder seguir creyendo que esa aún era mi ciudad como siempre lo pregonaba en
las redes sociales cada vez que tenía la oportunidad o cada vez que escuchaba o
sabía algo de mi tierra. quizá ver a una vieja amiga e invitarla a bailar, pero
todo parecía indicar que la noche y la ciudad y mi computadora ya tenían
destinado para mi el ponerme a escribir esto, empezaba a caer en cuenta que me
había convertido en un turista en mi propia ciudad. Llegué a la Catedral y
aunque ya pasaban de las once de la noche, aun no quería regresar, compré un
café en la heladería de la esquina, "Gelato" y al salir (aunque no
quería hacerlo pues deseaba sentarme a beber agusto y no en solitario mi café)
cambié la lista de reproducción de mi reproductor y empecé a escuchar una
exquisita selección de Jazz hecha para la ocasión, la primera canción en turno
fue: "Parlez-moi d'Amour" alguna vez ya había compartido con ustedes
el gran amor que tengo por esta melodia y como para mi es la perfecta canción
para hacer el amor, pero bueno no recordaremos eso en esta ocasión. Canciones
como esta extraídas de bandas sonoras de películas más que nada del siempre
genio y amado por su servidor Woody Allen y canciones de Armstrong, Fitzgerald,
Sinatra, Miller y muchos más. Seguí caminando por Constitución pero ahora al
lado contrario para dirigirme al maravilloso y lleno de enamorados Puente de
Analco, llegué a este y no puedo negarles que al llegar me volví a enamorar, me
volví a enamorar de esta ciudad, creo que mi destino siempre ha estado marcado
y he nacido para enamorarme de las ciudades, -y de volver a la que me vio
nacer- como alguna vez lo dijo Cortázar y yo también ya se los he compartido en
más de una vez, las ciudades son como esas mujeres ajenas e inalcanzables de
las que te enamoras perdidamente y nadie te puede quitar ese amor jamás,
incluso puede ser un amor compartido con otras "mujeres", pues las
ciudades como las mujeres, ninguna es igual. Así es que caí en cuenta que las
mujeres en mi vida no han estado conmigo más de doscientas paginas, cuando fui
más joven hubo algunas, (porque aunque no lo crean si hubo algunas) pero
ninguna duro tanto, ninguna llegó para quedarse, pero con las ciudades como
Durango, aunque yo me haya ido, siempre volveré, y aunque no sea para quedarme,
ella sabe, al igual que yo que siempre regresaré y volveré a hacerle el amor
como a ella le gusta, recorriéndola vena por vena y así volveré a escribir de
ella como de toda mujer que se ha cruzado en mi camino, ya sea durante una relación,
durante tres años, durante toda la vida o solo unos minutos en el camión o los
segundos que dure una mirada, siempre volveré a esta ciudad porque yo soy de
ella y ella siempre será mía. La verdad el regreso al hotel no es digno de
contarse, estaba hipnotizado por una idea y todo lo que ahora están leyendo
ahora, escuchaba Heaven de mis íntimos amigos Ella y Louis y deseaba estar
bailando con alguien en ese preciso momento, ahí en medio de la calle, pero
como siempre, esto tendrá que ocurrir en otra historia que escriba una de estas
noches, aunque no sea en Durango, pues como dijo mi maestro Ernest Hemingway, y
como yo también se los he dicho muchas veces a ustedes: "Nunca escribas
sobre un lugar mientras sigas estando en él" Ahora, después de haber llegado
hace cerca de dos horas al hotel, creo que merecido tengo dormir, y aunque dije
que no llevaría a nadie esta noche a mi cama, la Catedral y la luna sin que yo
me diera cuenta hasta estar sobre la cama, ambas se han metido por la ventana.
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