Producciones "La Vieja Escuela" Presentan:

miércoles, 7 de agosto de 2024

Breve comentario sobre “20000 especies de abejas”





Si bien, los muy sutiles paralelismos de la película de Estibaliz con "Totem" (Lila Avilés, 2023), sería una razón más que suficiente para que esta película se cuele como una de mis películas favoritas de este año, hay muchas razones más para así pensarlo.

Hay una exploración por parte de la directora para hacer un ejercicio de exploración y reconocimiento de su personaje principal, a partir de las dinámicas familiares que se suscitan en la complejidad de la condición humana. También implica mucho el choque de lo que es volver al nido, lejos de la ciudad que dicta muchas de nuestras comodidades, para sumergirnos en los demonios y frustración de la vida a campo abierto, en lo rural (un elemento que por supuesto también me hace recordar a Carla Simón, y la particular película "El reino de dios" de Claudia Sainte-Luce), como en mayor espacio, hay más opresión, para quien busca identidad, para quien la perdió y no puede o sabe apoyar a quien quiere ser, fuera de lo que los otros le dicen que es, cosas que se heredan de generación en generación cuando no se trabajan y se rompen patrones.

Las mancuernas actorales en los puntos más tensos y dramáticos en la historia son realmente extraordinarios, la expresividad que hay en sus miradas, en sus silencios, una clase magistral la de las actrices. Patricia López, Itziar Lazkano, Ane Gabaraín, y por supuesto la infante Sofía López, hacen toda la película, bajo el pulso emotivo y emocional que crea Estibaliz con su historia. Una película que realmente vale la pena.

Breve comentario sobre “Fuego Interior”


“Fuego interior: Requiem para Katia y Maurice Krafft “


Si tuviera que resumir en una palabra la más reciente película del siempre virtuoso genio alemán Werner Herzog, sería: “solemne”. 

Para los que conocemos parte de la obra que está dedicada a este par de vulcanólogos tanto en lo cinematográfico, como en lo literario; coincidimos totalmente con Herzog en el hecho de que otro trabajo biográfico sobre esta famosa pareja, quizá estaría demás (como el muy vigente “Fire of love” producido por National Geographic y dirigido por la joven realizadora Sara Dosa, que también es un interesante ejercicio, pero de índole más melosa), de modo que el primer gran atino de Herzog son las claras intenciones de la realización de este trabajo, que no busca más que rescatar las hermosas imágenes que tanto Katia como Maurice registraron, pero también un ejercicio de la comprensión de todo lo que se arriesgaron en aras de lo que más amaban en la vida además de compartirse en todo, y en el acto haciendo un ejercicio de memoria de todas las veces que estuvieron en latente riesgo de morir, y en el acto vieron e hicieron que de meramente científicos, se convirtieran en humanistas.

Hay un momento del documental en que Herzog dice que hay una especie de alivio para el espectador en poder ver desde la distancia que el cine permite, todo lo que ellos vivieron y atravesaron en vida (con un par de canciones de Ana Gabriel, en cuya primera aparición se hace una especie de homenaje sí al spaguetti western, pero desde mi perspectiva, más al trabajo literario y fotográfico del México particular de Juan Rulfo) pero lo cierto es que uno tiembla y siente una conmoción terrible y tremenda cuando vemos por ejemplo las imágenes del volcán de Colombia, al ver al ganado enterrado y los cadaveres calcinados en casi primer plano. 

Este réquiem fantásticamente musicalizado, con la atinada narración del propio Herzog, y las alucinantes imágenes del archivo de los Krafft, hacen que descubramos el tercer motivo por el cual Herzog realiza esta suerte de homenaje found footage: ver la transformación de dos vulcanólogos a documentalistas, cuyo registro es invaluable, el mismo Herzog lo dice casi al final: Maurice se convirtió en un cineasta que registraba y capturaba imágenes que sólo podríamos imaginar y ver en nuestros sueños, la danza del ímpetu, la belleza y el poder de destrucción de la naturaleza, y un muy merecido réquiem a dos amantes que murieron como sólo ellos podrían morir, como el propio Maurice lo vaticinó. 

Sin lugar a duda, uno de los más mejores y más hermosos documentales del año, y otra puntada de uno de los directores más importantes del cine hoy por hoy, que tanto en ficción como en documental sabe envolver a cualquier espectador, envolverlo en eso que emana del interior hacia afuera.

“Valentina o la serenidad” de Ángeles Cruz.





El primer pensamiento que me ha venido a la mente al terminar de ver la película y darme cuenta que toda y todo espectador que estaba en la proyección se quedó hasta el final de los créditos, fue: “Qué bonita película”. Y si, evidentemente es una bonita película y me hace darme cuenta de algo que ya venía pensando sobre Ángeles Cruz desde sus cortometrajes: va siendo a mi parecer una de las voces más interesantes, importantes y valiosas del cine mexicano. 

Hay que empezar diciendo, que la película empieza siendo claramente una película infantil con un aura muy peculiar y particular que además hace que uno recuerde algunas películas muy bonitas realizadas por comunidades originarias del sur de México, como “El sembrador”. Y si bien, los primeros minutitos surgen ciertos detalles (negativos a nivel producción, desde mi perspectiva) que nos revelan la naturaleza del reparto amateur y la utilización de la música como un agente de los estados emocionales de los personajes y cómo se pretende que nosotros los somatícenos, después los valores se empiezan a nivelar y a partir del momento que determina la condición de Valentina a lo largo de la película, todo va en ascenso. 

Toda la obra de Ángeles va sobre las emociones tan particulares que las personas desarrollan desde el dolor, el abandono y el rechazo, tanto físico como emocional, en el centro del lugar de origen o en la distancia estando lejos de la tierra que nos vio nacer. Trata temas como la tristeza, la alegría, la desesperanza y la esperanza (puntos extremos o contra polos de cada situación), pero también del exilio al que nos someten, y en ocasiones también ese exilio auto impuesto por necesidad, que es un tema que particularmente la gran mayoría de comunidades originarias no sólo del país, sino de toda América latina podrían verse reflejadas, y en ese sentido la historia de esta película no es la excepción. Dicho en otras palabras: tiene temas recurrentes, es una autora en toda la extensión de la palabra. Siento que la universalidad de esta historia puede tocar a cualquier ser humano, por ejemplo, no me cuesta nada confesar que yo en algunos momentos de mi vida me he sentido como Valentina, ese deseo de buscar al prójimo, de tratar de alcanzarlo al lugar en donde esta, cueste lo que cueste tanto metafórica como literalmente. Que es el cine sino un espejo en el cual identificarse. 

A mí parecer la película pudo haber llamado “Valentina o la tiricia de las infancias”, o “Valentina o las distintas formas de duelo que las infancias experimentan”. 

Los paisajes que comprenden la cotidianidad de Valentina, y su madre, y Pedro (tremendas y conmovedoras actuaciones en particular de ellos tres), la música de intérpretes de la comunidad que en verdad es preciosa, y toda la carga simbólica de la comunidad en que se hace la película, así como las personas que viven en ella y también participan en la película, forman un cuadro del cual es imposible no conmoverse. Además, técnicamente hablando la película es perfecta, la coordinación de la acción en cada escena, los elementos literarios en los diálogos y en el guion que reflejan la sabiduría de estas regiones y su conexión con todos los elementos de la madre Tierra. Encuadres y desplazamientos de cámara finísimos, por supuesto acompañados de un trabajo redondo en cuanto a iluminación y cinefotografía. Obviedades que forzosamente hay que mencionar para enriquecer el texto como el gran y sutil trabajo que se hace desde el diseño de producción, la coordinación de reparto y extras, una película grande en su sencillez, y mesurada en su grandeza, y que fue apoyada tanto por el estímulos federales como por festivales como Toulouse y el Vancouver Latin American Film Festival.

No sé si de acá a diciembre, terminará siendo mi película mexicana favorita del año, pero de que esta en la lista, estará.

Breve comentario sobre “Pequeños peces”





Lo primero que podría decir sobre la película de Joong Ha Park, es que hay que tenerle mucha paciencia al primer acto, ya que es difícil comprender las intenciones del director en el que lo único que tenemos bien determinado, es que en algún momento su única locación terminará teniendo un papel predominante en la trama, pero una vez sorteada esa frontera, lo que viene es un ejercicio impresionante sobre la importancia del desarrollo de una historia y sus personajes que se van descubriendo capa a capa y sin prisa alguna, o una narrativa o ritmo que aligere los picos dramáticos que oscilan en todas las direcciones como si fueran las lecturas de un sismógrafo, sino que para eso está una comedia puntual que nos trata de tú a tú, con respeto y como seres pensantes. 

El guion apremia a la trama del argumento, en los simbolismo, sus claves, y el camino de migajas que va dejando para que el espectador sepa distinguir y sea parte (acá una vez más una prueba de respeto), pero sobre todo apremia a sus personajes, mostrando con toda la complejidad posible sus miedos, sus intenciones, sus conjeturas, como lo que para uno puede ser el éxito, para el otro puede ser la insignificancia, y viceversa, o dicho en otras palabras: pequeños peces queriendo estar en estanques grandes, o peces grandes que no se dan cuenta que están en el estanque de los pequeños, en fin; aprendiendo, intentando pescar la otra oportunidad en la vida, una más grande de la que ya han tenido en la vida, encontrándose y encontrando a otros en ese camino de intenciones e intentar. No por nada el guion de esta película ha sido tan mencionado y laureado. 

Más que una película, se siente como los ensayos o el intento de la idea de una película, que en el proceso se descubrió siendo otra película, la que ahora tenemos, la que ahora es. Producida y co-escrita por Howon Kim, actor que interpreta al personaje más importante de los tres protagonistas que llevan el pulso de toda la película, y es bastante claro el por qué.

domingo, 21 de julio de 2024

War pony: ponys queriendo ser caballos de guerra.



War Pony bien podría ser interesante sólo por dos datos que ahora les doy: película acreedora a la Cámara de Oro en Cannes hace un par de años, y co-dirigida por la actriz Riley Keough. Pero una vez que hemos tenido la oportunidad de poder verla, ha hecho que su servidor tenga la necesidad de escribir porque no sólo me parece una de las películas más interesantes y valiosas desde su estreno hasta el día de hoy, sino que además me parece inconcebible que en todo este tiempo ningún festival de cine en México la haya podido traer. 



A los 23 años, Bill solo quiere hacer algo de provecho. Ya sea extrayendo gasolina con un sifón, repartiendo mercancías o criando caniches, está decidido a abrirse camino hacia el ‘sueño americano’. Mientras tanto, Matho, de 12 años, está ansioso por convertirse en un hombre. Desesperado por contar con la aprobación de su joven padre, toma una serie de decisiones impulsivas que pondrán su vida patas arriba, sin que el muchacho tenga las herramientas necesarias para lidiar con las duras realidades del mundo de los adultos.



Primordialmente siento que debería de escribir sobre los jóvenes. Uno de los grandes valores de la propuesta de Gina y Riley, es que no tratan a las infancias y juventudes que comprenden su reparto, con delicadeza o con “pincitas”, incluso cuando la gran mayoría son no-actores, o actores naturales como le gusta llamarles a muchas personas. Hay una declaración desde el principio por parte de las directoras en el que nos dicen de manera muy sutil: “míralos, ellos son igual que tú, tienen los mismos problemas. Quieren más cosas, ganar algo de dinero, ayudar a su familia, también se emborrachan y están expuesto a las drogas todo el tiempo”. Pero al mismo tiempo, exponen de manera impecable, justo las consecuencias que traen las decisiones tomadas de manera impulsiva a esta edad, tanto a sus cercanos y familias, como al contexto particular de la comunidad en la que viven. 






(Comentar que la introducción de la película es, además de atinada; brillante y hermosa. La única vez en la que literalmente se hace una referencia sobre la naturaleza del contexto social de la reserva nativa en la que viven sus personajes)


Podríamos decir que Matho es lo que en su momento quizá fue Bill, por eso cuando esté tiene la oportunidad de ayudarlo lo hace, y Bill podría ser lo que Matho será una vez que la vida le haga entender que no tendría porque repetir el mismo patrón de su padre. En ese sentido ambos son un reflejo de los problemas a los que se enfrentan las minorías y sociedades relegadas, siempre al acecho del sistema consumista y capitalista de un país que quiere unificar todo (sobre todo hablando de los jóvenes), vestirlo de la misma manera, y en el acto enterrar la historia multicultural y diversa de los que estuvieron antes, y si no siguen el patrón, no sólo los excluye y vulnera, sino que los orilla a las violencias.


Otro elemento muy bien elaborado por ambas directoras, y que a su servidor le resultó realmente fascinante; es los simbolismos que se manejan y manifiestan a través de los animales nativos. El bisonte (o ñu) como advertencia del peligro en la vida si no hay un cambio de dirección, los perros como símbolo de unión, discordia y amor; entre otros que representan la muerte, las intenciones incesantes de crecer (como pequeños ponys queriendo correr a la par de los caballos más grandes a su generación), y por supuesto los guajolotes, como símbolo de justicia. 


Técnicamente si bien no es tan deslumbrante, es justo lo que la hace aún más congruente con su fondo, su para qué, y su discurso: nos muestra a través de una fotografía sencilla, luminosa cuando el sol pega desde el alumbramiento en el oriente y la hora dorada en el poniente, y con una oscuridad plagada de sombras y una paleta de color si bien no fría, si con tonos marrones/ocres; que esa es una visión muy cercana a cómo se percibe la vida real, justo con esos encuadres que proponen desde el trabajo fotográfico. 



Es así que desde una mirada como la de Gina que ya tiene una voz y pleno uso de la cámara para desentrampar situaciones complejas entre las diferencias y contradicciones de la naturaleza humana, y una Riley que sin duda alguna le ha aprendido a quienes la han dirigido (muchos atribuyen su salto a la dirección a Andrea Arnold, sobre todo por el retrato a las juventudes, y su experiencia en “American Honey” a quienes muchos asocian similitudes, cuando la verdad yo veo más similitudes con “Scenes from the suburbs” de Spike Jonze) pero que sobre todo se nota su compromiso y responsabilidad social con las comunidades nativas de Norteamérica; el espíritu animal de las juventudes norteamericanas resulta ser un ejercicio que pareciera ser una radiografía universal de la naturaleza genética de una generación que sufre cambios constantes, todo el tiempo, un tanto incomprendidos por sus gustos, sus aspiraciones, su rebeldía y su música; y que al igual que muchos de nosotros, y desafortunadamente la mayoría no tienen la capacidad de recordarlo, van aprendiendo en el proceso, a prueba y error.