Producciones "La Vieja Escuela" Presentan:

lunes, 2 de noviembre de 2020

Blanco de verano.





Ópera prima de ficción del director Rodrigo Ruiz Patterson, cuyo andar por festivales había sido por demás interesante, tantos por los premios recabados, como por los comentarios que hacían de ella varios medios de prensa especializada; había hecho que la estuviéramos esperando mucho, y vaya que si han sido más que merecidos todos los comentarios que giraban entorno a ella.

La película es una suerte y especie de coming of age que gira entorno a Rodrigo, un jovencito de 13 años que vive sólo con su madre llamada Valeria, y que parece ser que su vida es perfecta como es, sin una figura paterna; pero esta perfecta vida se transforma cuando llega Fernando, un amigo de su mamá, que muy pronto se convierte en su novio. Parece que al principio las cosas van bien entre los tres, la convivencia es sana, y no hace que la presencia de este hombre irrumpa en las rutinas de Rodrigo y su madre, como lo son el fumar, irse de pinta de la escuela para escaparse al deshuesadero de autos donde hay un motorhome en el que Rodrigo construye un refugio; pero en el momento en que Fernando se va a vivir con ellos, es que empiezan los problemas, Fernando empieza de a poco a querer cambiar sus vidas, y eso detona en una necesidad pirómana por parte de Rodrigo para sacar su frustración , más que para llamar la atención (el título de la película viene de la anécdota generada en el primer arranque de ira de Rodrigo contra Fernando). Las cosas que parecía podían hacer que la comunicación entre ambos hombres en la vida de Valeria funcionara, ahora los confronta, y la flama con la que Rodrigo sacaba esta frustración, va de menos a más, hasta llegar el punto en que incendiaría la vida de los tres, llegando a una decisión, sacando y evidenciando también de alguna manera la naturaleza edípica de Rodrigo hacia su madre, encontrando así su identidad.

La maestría de Ruiz Patterson para hacer que este relato fuera algo más que un simple coming of age, me parece está, por sobre las muchas cosas valiosas en la película a nivel producción, en una en particular: el recurso de las secuencias cortas.

Son contadas las escenas, o mejor dicho, las tomas en las que una secuencia dura más de diez segundos, de esta manera, el director nos dice y nos comunica muchas cosas en un corto lapso de tiempo (y a esto me refería cuando comenté en mi crítica a Nuevo Orden sobre decir mucho, lo elemental y esencialmente necesario en lugar de hacer secuencias largas que sólo dan una noción y una mirada vacía y trivial), en el que no se siente para nada una noción de que algo falta, es un recurso magistralmente utilizado. Luego de eso viene la fotografía, un trabajo demás meticuloso que toma a detalle todos los elementos que hacen que uno conecte no con los personajes simplemente, sino con su sentir. Hay sobretodo dos partes en la que la fotografía toma una belleza muy difícil de describir y apreciar, salvo que se vea la película, y estas partes son la del restaurante y la del escape (esta última con un guiño me parece muy interesante a Apocalipsis ahora), además de una mirada muy dinámica que se adapta a lo que la situación dicta (un ejemplo, la parte de la discoteca). Hablando del sentir de los personajes, y cómo este se potencializa por el trabajo en la cámara, no sería posible sin el gran trabajo actoral de los tres actores en la película, Sophie Alexander impresionante como casi siempre, un Fabián Corres al que es muy grato volver a ver en una película, y una revelación como lo es Adrián Rossi, al que no les extrañe nada si el año que entra gana un Ariel al Actor Revelación, realmente impresionante su desempeño en el papel de Rodrigo.

Una película que a mí en lo personal me recordó mucho a Días de invierno, por las relaciones dependientes entre madre e hijo, y cómo estas forman, forjan, y dan carácter, para cuando se tenga que dejar el nido.

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