martes, 5 de febrero de 2019

Lucky.



Un hombre de edad avanzada se levanta de su cama, luego de ver -nosotros- el amanecer en un sitio desértico. Prende su radio en el que sueña una canción de Pedro Infante, lo vemos su pecho en el espejo limpiándose las axilas, vemos los estragos que el tiempo ha dejado en su flácida piel, por muy horroroso que le pueda parecer a algunos espectadores sensibles, le vemos hacer ejercicio, mientras fuma, lavarse los dientes, peinarse, vestirse y ponerse su sombrero antes de salir. ¿Hay algo de atractivo en eso?

En cualquier otra película lo pondría en tela de juicio (quizá, no soy muy bueno prejuzgando algo sin ver el resultado final antes), pero en Lucky les puedo decir dos cosas por las que esto vale la pena: ver un relato casi poético en lo cotidiano que lleva la vida misma, y ver una estupenda actuación de uno de los mejores actores secundarios de la historia (Quizá su mejor).

Harry Dean Stanton nos regala en esta su última película realizada antes de morir se podría decir casi una interpretación de si mismo, o de una secuela de esa película extraordinaria que más delante les comentaré (cosa que hace doblemente valiosa a la película, además del trabajo a su alrededor y en conjunto), cuando lo vemos por primera vez luego de esta escena inicial que les acabo de relatar, vemos en su rostro a una persona que aparenta no ser de este mundo, sin saber si es un hombre superdotado de sabiduría o un pobre diablo. Caminante adicto, como William Friedkin, o su servidor, lo vemos hacer su primera parada, y ya nos muestra la naturaleza de su ser en su primera frase esbozada: "No eres nada".

Así vemos a Lucky, como todos lo llaman en el pequeño pueblo donde vive (se asume es cerca de la frontera con México, por la música que escucha en la radio, el hecho de que muchos personajes con los que convive Lucky hablan español, y su peculiar gusto por el mariachi), lo vemos sentarse por las mañanas en el restaurante de su amigo Joe tomando café mientras resuelve su crucigrama y charla esporadicamente con las empleadas, comensales, o sólo viéndolos pasar, después sale a dar una vuelta y lo vemos gritar hacia cierto lugar que se nos muestra hasta el final "cabrones", pasa a una tienda a comprar leche y cigarrillos, y lo vemos volver a su casa para ver tontos programas de concursos en la tv mientras sigue resolviendo el crucigrama del periódico del día en turno, mientras charla con su amigo por el teléfono al cual nunca vemos, lo vemos acudir a un bar donde más personajes pintorescos aparece, entre ellos un viejo muy peculiar de traje blanco cuyo mejor amigo es una tortuga llamad Presidente Roosevelt. No es hasta que al día siguiente, Lucky de la nada tiene una caída, esta lo hace visitar al doctor, y el doctor le da un diagnóstico letal: no tiene nada, goza de una salud que pareciera irreal para los 90 años que tiene, y a pesar de su habito de fumar (habito que el doctor le recomienda no deje), pero le dice que irremediablemente se está poniendo viejo, y cada día se pondrá aún más. Enfrentado a esta realidad, Lucky pasa por algunas etapas como enojo, frustración, ira, miedo. Pero Lucky sabe que no somos nada, solo somos materia de frente al vacío, y lo que podemos hacer, al no creer, al estar solos, pero sin sentirnos solitarios, es sonreír, es romper las reglas escritas, es encender un cigarrillo mas, es no dejar de caminar.

La película cuenta con una mirada expectante, no es ni conductor ni hilo, no demerita ni juzga, vemos todo como si fuéramos nosotros los que estuviéramos allí, nos muestra los detalles y esas charlas que un hombre centrado y sin ninguna sugestión de algo sobrenatural tendría, el personaje de Lucky cuenta con una sensibilidad y un sentido del humor que uno no puede hacer más que rendirse a su encanto y sonreír con él al final de la película. Por momentos te envuelve en una atmósfera embriagante y se torna alucinante. Por los sitios donde este hombre está, y que seguro más de uno de nosotros, los bohemios, ha estado.

Un par de detalles llamó poderosamente mi atención y los invito a que no dejen de poner ojo en ello, uno es ese teléfono rojo que luego de su depresión deja de ser contestado, la referencia inicial al que conoce el cine de este actor, no nos permite no recordar a Paris, Texas, pero no creo que este hecho haya sido orquestado por el director de la cinta (con su ópera prima John Carroll Lynch, un actor por demás conocido, me parece da al blanco), esto está en el colectivo de uno por ser el actor que es, pero si me parece que en cierta forma la figura del teléfono podría ser el hecho de un contacto de Lucky con el espectador, no con alguien superior o divino, recuerden que Lucky es un viejo gruñón, solo y ateo. Y el segundo es al personaje que hace David Lynch llamado Howard y su relación con la tortuga, seguro habrá una lectura muy personal que cada uno hará.

Una película honesta, cruda, divertida, sensible y entrañable, mostrándonos a ese Harry que nos hizo amar el cine en muchas de sus películas, viéndolo tan frágil, sensible y susceptible como a Lucky.





2 comentarios:

  1. Por la reseña y el extracto en video, me diste ganas de verla.
    quiero ver cuan sincera, cruda y sensible es.

    Abrazo!

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