martes, 22 de septiembre de 2020

Desierto Sonoro (fragmento)



Durante los siguentes veinte minutos, más o menos, vamos todos en silencio en el coche, escuchando las canciones que se suceden en modo aleatorio, mirando por las ventanillas un paisaje herido por décadas o tal vez siglos de agresión agropecuaria sistemática: campos partidos en parcelas cuadrangulares, violados por perforadoras y maquinaria pesada, hipertrofiados con semillas modificadas e inyectados con pesticidas, donde los árboles raquíticos sostienen frutos robustos e insípidos para exportación; campos encorsetados para una circunscripción de cultivos de plantas herbáceas, organizados en patrones que recuerdan el infierno de Dante, irrigados con sistemas de riego de pivote central; y campos convertidos en no-campos, soportando el peso del cemento, los paneles solares, tanques y molinos gigantescos. Atravesamos una franja de tierra punteada con cilindros cuando suena de nuevo la canción de <<firefly mode>>. De pronto el niño se aclara la garganta y anuncia que tiene algo que decirnos:
 Lamento darles esta noticia, pero la letra de esa canción dice <<fight-or-flight mode>>, modo de lucha o huida, y no <<firefly mode>>.
Suena como un adolescente hablándonos así, y yo no estoy preparada para aceptar su corrección, aunque sé que probablemente tenga razón. Desestimo su opinión, injustamente, pidiéndole alguna prueba -que no puede darnos, por supuesto, porque no pienso prestarle mi celular para que busque la letra en internet ahora mismo-. Pero a partir de este momento, mientras la canción suena repentinamente en las bocinas del coche, el niño insiste en cantar esa parte del coro a un volumen particularmente alto: <<Fight-or-flight mode!>>. Me doy cuenta de que su hermana y su padre hacen una pausa y no cantan esa parte de la canción, al menos las primeras veces que suena. Yo, en cambio, insisto en cantar las palabras <<firefly mode>> con una voz alta y clara. El niño y yo siempre nos hemos tratado como iguales en este tipo de campos de batalla, al margen de la enorme diferencia de edad que nos separa. Tal vez sea porque nuestros temperamentos se parecen, a pesar de que no compartimos ningún vínculo sanguíneo. Ambos defendemos hasta el final nuestras posiciones, sin importar que estas se revelen totalmente absurdas en algún punto.
El niño grita:
Fight-or-flight mode!
Al mismo tiempo, yo canto a voz en cuello:
Firefly mode!
 En el coche me he ido acostumbrando a nuestro olor, al silencio intermitente entre nosotros, al café instantáneo. Pero no me he acostumbrado a los espectaculares plantados como presagios a la orilla de la autopista: El Adulterio Es Un Pecado; Patrocine Una Autopista; ¡Feria De Armas de Fuego Este Fin de Semana! Nunca me he habituado, tampoco, a ver cementerios de juguetes de plástico abandonados en los jardines delanteros en las reservas nativo americanas, ni a la melancolía de los adultos mayores que hacen filas, como niños, para rellenar sus enormes vasos de plástico con refrescos fosforescentes en las gasolineras, ni a esas tenaces torres de agua en los pueblos pequeños, que me recuerdan al equipo que usábamos en la escuela en la clase de laboratorio de ciencias. Todas esas cosas me dejan en modo luciérnaga.

Apago el estéreo y escucho a nuestros hijos jugando en el asiento trasero. Sus juegos se han vuelto más vívidos, más complejos, más convincentes. Los niños tienen una manera lenta y silenciosa de transformar la atmósfera que los rodea. Son mucho más porosos que los adultos, y su vida interior, más caótica, parece filtrarse al exterior todo el tiempo, enrareciendo y afantasmando la realidad. Las imaginaciones de los niños interrumpen la normalidad del mundo, rasgan el velo, permiten ver como no-normal lo que hemos normalizado a fuerza de costumbre o resignación.
 Me ausento durante un rato y permito que sus dos voces llenen simplemente el espacio del coche y el espacio de mi cabeza. Ahora están montando toda una coreografía verbal que involucra caballos, aviones y una máquina espacial. Sé que su padre también los escucha, aunque va concentrado en la autopista, y me pregunto si siente lo mismo que yo siento. Si acaso percibe cómo nuestro mundo, racional, lineal y organizado, se disuelve en el caos de palabras de nuestros hijos. Me pregunto y quisiera preguntarle si también él se da cuenta de cómo sus ideas van llenando nuestro mundo, dentro de este coche, llenándolo y borrando sus contornos con la lenta persistencia del humo que se expande en un cuarto pequeño. No sé hasta qué punto mi esposo y yo hemos hecho suyas nuestras pequeñas historias; y no sé hasta qué punto mi esposo y yo hemos hecho suyas nuestras historias; y no sé hasta qué punto ellos han hecho nuestros sus juegos y relatos desde el asiento trasero. Tal vez los cuatro nos contagiamos mutuamente los miedos, las obsesiones y expectativas, tan fácilmente como se contagia el virus de la gripe.
 El niño dispara flechas envenenadas a un oficial de la migra desde su enorme caballo. Mientras tanto, la niña se esconde de los soldados federales bajo una especie de arbusto con espinas (aunque encuentra mangos brotando de las ramas y se detiene a comer uno antes de saltar de nuevo al ataque). Tras una larga batalla. los dos cantan juntos una canción para resucitar a otro niño guerrero.
 Al escucharlos ahora, de pronto comprendo que son ellos quienes cuentan la historia de los niños perdidos. La han venido contando desde el principio, una y otra vez, el el asiento trasero del coche, durante las últimas tres semanas. Pero yo no los había escuchado con la atención suficiente. Y tampoco los había grabado lo suficiente. Tal vez las voces de mis hijos son como aquellos cantos de aves que grabó Steven Feld con ayuda de mi esposo, y que funcionan como ecos de personas fallecidas. Sus voces, la única forma de oír otras voces inaudibles: voces de niños que ya no pueden oírse porque esos niños ya no están. Ahora me doy cuenta, quizá demasiado tarde, de que los juegos y las representaciones de mis hijos en el asiento de atrás tal vez sean la única manera de contar realmente la historia de los niños perdidos, una historia sobre los niños que desaparecieron en su viaje hacia el norte. Tal vez sus voces sean la única forma de registrar las huellas sonoras, los ecos que los niños perdidos han dejado a su paso.
¿En qué estás pensando, ma? me pregunta de repente el niño, desde atrás.
Estaba pensando que tienes razón. Es <<fight-or-flight mode>> y no firefly mode>>.

(...)

Cuando recobro el control de mi cuerpo, mi esposo me suelta. El niño observa el avión con sus binoculares, y el avión colocándose en la pista de despegue. No sé que estará pensando el niño ni lo que se dirá a sí mismo en un futuro sobre todo esto, ni siquiera si recordará este instante al que lo estoy exponiendo. Siento el impulso de taparle los ojos, como hago todavía a veces cuando vemos juntos ciertas películas. Pero los binoculares ya le han acercado el mundo demasiado, el mundo ya se ha proyectado en su interior, así que, ¿de qué voy a protegerlo, y cómo, y para qué? Lo único que me queda por hacer, pienso, es asegurarme de que los sonidos que registra su cabeza en estos momentos, los sonidos que revisten este instante que vivirá siempre en su interior, sean sonidos que le hagan saber que no estaba solo ese día. Me acerco más a él, lo envuelvo en un abrazo, y le digo:
Dime que estás viendo, Ground Control.
Duda unos instantes pero acepta mi invitación al juego:
La nave espacial se mueve hacia la pista de despegue, responde.
Muy bien, ¿y qué más?
Los astronautas ya están adentro de la nave.
Bien.
Estamos casi listos para el lanzamiento.
Bien. ¿Qué más?
El personal despeja el área de lanzamiento. La presurización del helio y el nitrógeno ha comenzado. El vehículo está funcionando con alimentación de energía interna.
¿Qué más? ¿Qué más?
Espera, ma, por favor, no sé qué más decir.
Si sabes. Sólo mira detenidamente y cuéntamelo todo. Todos contamos contigo Ground Control.
Por un momento el niño deja de mirar a través de los binoculares, me mira a mí, luego a su padre, que sostiene su boom, y luego a su hermana, que duerme todavía, y luego vuelve una vez más a los binoculares. Respira profundamente antes de hablar. Su voz emerge firme:
Área de explosión despejada. El piloto ha reportado que está listo para despegar. Sesenta segundos. Interruptor de lanzamiento en posición de encendido. Treinta segundos. Oxigeno líquido lleno y válvula de escape cerrada. Nueve, ocho, siete. Vamos con el encendido de la turbina principal. Y seis, cinco, cuatro, Orden de encender turbina. Tres, dos, uno, despegue...
¿Y qué más?
Eso es todo. Despegue.
¿Y qué más ves?
Ahora es difícil enfocar. La nave está en el cielo, y va cada vez más rápido, es demasiado difícil enfocar.
Observamos cómo se desvanece el avión en el azul sin límites, rápido y cada vez más tenue, planeando hacia la lejanía y hacia el cielo que de pronto parece ligeramente nublado. Pronto volará sobre ciudades deshabitadas, sobre llanuras y cánceres industriales que se multiplican sin tregua, sobre ríos y bosques. Mi esposo sigue con el boom en alto, como si todavía hubiera algo más que registrar. El final de las cosas, el verdadero final, no es jamás una nítida vuelta de tuerca, nunca una puerta cerrada de pronto, sino más bien algo parecido a un cambio atmosférico, nubes que se espesan poco a poco, <<no con un golpe seco sino con un lamento>>.
Durante algún tiempo me ha preocupado qué decirles a los niños, cómo contarles una historia coherente de todo esto. Pero ahora, al escuchar al niño contar él mismo la historia de este instante, la historia de lo que estamos viendo y la historia de cómo lo estamos viendo, a través de él, una certeza lenta pero sólida me va recorriendo, finalmente. Es su versión de la historia la que nos sobrevivirá: su versión la que quedará y será transmitida. No sólo la versión de nuestra historia, de quienes fuimos como familia, sino también su versión de las historias de otros, como las de los niños perdidos. Desde el principio, el niño había comprendido todo mucho mejor que yo, mucho mejor que el resto de nosotros. Había escuchado, observado las cosas -observando, enfocando, ponderando realmente las cosas- y, poco a poco, su mente había compuesto un mundo ordenado con todo el caos que nos rodeaba.
Lo único que los padres pueden darle realmente a los hijos son los pequeños saberes: asín es como te cortas las uñas, esta es la temperatura de un verdadero abrazo, así es como se desenreda el pelo, así es como te amo. Y lo que los hijos pueden darle a los padres es algo menos tangible, pero a la vez más grande y más duradero, algo así como el impulso para aceptar la vida plenamente y comprenderla para ellos y tratar de explicársela, comunicársela con <aceptación y sin el más mínimo rencor>>, como escribió James Baldwin, pero también con una cierta furia y valentía. Los niños obligan a los padres a buscar un impulso específico, una mirada, un ritmo, la manera correcta de contar una historia, a sabiendas de que las historias no arreglan nada ni salvan a nadie, pero quizás hacen del mundo un lugar más complejo y a la vez más tolerable. Y a veces, sólo a veces, más hermoso. Las historias son un modo de sustraer el futuro del pasado, la única forma de encontrar la claridad en retrospectiva.
El niño sigue observando el cielo vacío con sus binoculares. Así que le pregunto de nuevo, ahora en un susurro:
¿Qué más alcanzas a ver, Ground Control?

lunes, 14 de septiembre de 2020

Andrei Maldonado. Autor de cine en Durango.

 


Aquel que dijo ese dicho conocido que dice: "Nadie es profeta en su tierra", definitivamente se hubiera retractado de haber conocido la figura y obra del autor y realizador Andrei Maldonado.


He querido escribir, si usted así lo quiere ver, a manera de homenaje (porque soy de los de la idea que los homenajes se deben hacer en vida), tanto de la obra como de la persona de mi buen amigo Andrei, que celebra sus diez años en el quehacer cinematográfico, y que me parece es más que pertinente hablar de su obra como autor y realizador, más allá de los lazos de amistad que menciono tener con él, y de los comentarios que en este texto se vayan a generar.

Andrei pertenece a una generación de realizadores que hace más o menos diez años empezaron a realizar cortometrajes desde sus limitaciones técnicas, pero con historias, discursos y narrativas muy propias y notables, aún con las referencias que se asoman en todo realizador novel. Algunos de los  nombres más destacados de esa segunda generación dorada de realizadores duranguenses (después de por supuesto la generación más notable del cine realizado en Durango por duranguenses: los superocheros de los 70's con la figura de Juan Antonio de la Riva como el más notable de estos, pero no el único), son Iván Santillán, Fernanda Simental, Deniss Barreto, Pamela Velázquez, Eric Villa, Miguel Almonte, David Rodriguez, Juan José Hinojosa, entre otros realizadores de los que la gran mayoría aún siguen en activo tanto dentro como fuera del estado. Pero me parece que la obra de Andrei tiene un distintivo especial y particularidades sobresalientes en más de un sentido que a mí me gustaría explorar en este texto.

Sus obra comprende diez cortometrajes, un cinemimuto, y un largometraje documental, y no creo sea necesario a estas alturas, hacer un análisis detallado de cada uno de ellos. Con excepción de su primer trabajo, el resto son producidos por él mismo bajo el sello de sus dos productoras: Persiguiendo Palomas Films y Del-Fin del Mundo Producciones; algunas de estas son co-producidas con Dacrima Phoinix y Cinéfagos Editorial. Esta obra es tan rica y prolífica que hace un poco difícil encontrar, pero no tanto; esos hilos conductores que le permitan ostentar el adjetivo de autor y no sólo el de realizador, pero por supuesto que los hay, y son varios.


Quizá el más significativo de todos, el que se nota a todas luces, y el que yo destaco como el gran hilo conductor; es el retratar de alguna manera a esas figuras, ya sean personas, expresiones artísticas o lugares; que él admira, conoce, ama. Podríamos empezar por la figura de Pancho Villa, un personaje de nuestra ciudad por el que Andrei siempre muestra gran devoción, de ahí que su debut cinematográfico se diera con el trabajo universitario llamado Mi General, trabajo que le ostentó un reconocimiento muy importante en el Festival Latinoamericano de Cortometrajes Universitarios en el país de Colombia en el año 2011. La literatura también está muy presente en su filmografía, podemos encontrar letras y obras de grandes escritores como Charles Bukowski (en Dancing with the dolphin, uno de mis cortometrajes favoritos no sólo de él, sino de todos los que he visto en mi vida), o en forma de referencia ya sea por el simple título o por algunas frases como a Heidy Cásarez, o Alejandro Jodorowsky.

La figura de la mujer también es parte fundamental en su filmografía, vino desde los principios de su obra, y así se ha mantenido, al grado de decir que sus cortometrajes más potentes y comentados, como el de Alicia (tengo la suerte de conocer también gran parte de su obra literaria más allá de lo que hace con Cinéfagos, y entre esa obra pude leer su novela inédita 10 días, obra en la que también hay una presencia femenina notable, y cuyo nombre del personaje principal femenino también empieza con la letra "A") son en los que ellas dan la fuerza central. Su obra tiene lazos y guiños más que notables a la obra de directores como, por un lado, David Cronenberg, Lars Von Trier y David Lynch, y por el otro, a la de Jean Luc Godard y Jonas Mekas. Otro gran distintivo en la obra de Andrei es el amor que profesa siempre a la ciudad de Durango, de una u otra forma hace saber el lugar donde se ubican las historias, con pequeños homenajes al estilo puro de Juan Antonio de la Riva, pues no siempre son tan literales. Podríamos partir mencionando al cortometraje El curro sin puente, un cortometraje basado en la leyenda "El curro del puente negro", pero llevado a la actualidad, ya sin puente, y con los duranguenses olvidando cada día más sus historias. Ligado a este último distintivo, hay una peculiaridad en varios trabajos de Andrei, y esta es que muchas de las locaciones que él utilizó para filmar, poco tiempo después fueron cerradas, derribadas, o remodeladas, esto convierte en automático a su obra en memoria audiovisual de la historia de nuestra ciudad.

Otro gran punto a destacar en la obra de Andrei es la gran selección que hace del soundtrack, que da una personalidad muy particular a sus cortometrajes, se nota casi en automático sólo con escuchar algunas canciones, o la música original compuesta para estos, que vamos a ver un cortometraje de Andrei Maldonado, y esto se debe a que suele tener a dos destacados compositores como colaboradores: Ziguryha y Alexis Lovegood. Y tocado el punto de los colaboradores, con la única excepción de Mi General, que de alguna manera fue una producción más grande y con más gente, el resto de sus trabajos son hechos con equipos de producción muy pequeños, y con frecuentes colaboradores como Fabiola González, el ya mencionado también realizador Eric Villa, y la actriz Alejandra Castañeda. Otro elemento que Andrei tiene presente en algunos de sus trabajos son los viajes, los viajes como detonantes de cambio, aunque por supuesto estos cambios jamás sean literales, sino donde radicaría la magia del director, estos siempre se dan entre lineas. Esto se muestra tanto en Deriva, largometraje documental que montó con grabaciones que registro Eric Villa en su cámara en una serie de viajes que realizó, y en Latitud 33°S Logitud 70°O, en el que por un lado, muestra su amor por Chile, y por el otro, su amor y su unión con la música, quizá en la misma intensidad que profesa su pasión por la actuación, pues en más de una ocasión se ha mostrado en sus cortometrajes, incluso de manera muy personal, como en el extraordinario Blanco, Polar, Radiante; donde aparece tal y como es, exponiendo parte de su vida e historia.

Sus temas y personajes son muy diversos, generalmente se centran, muestran y retratan a seres trastornados que buscan explicaciones a sus interrogantes filosóficas. Hay un alto grado de existencialismo en estos personajes cotidianos que son solitarios y se aíslan a los confines de la conciencia o la exploración del arte (como se muestra en Waterroom, un cortometraje que tiene similitudes con el cortometraje que hizo David Cronenberg para "Chacun son cinéma", y cuya premisa no está muy alejada de nuestra realidad hoy día) que da pie a un trabajo muy profundo de las conductas psicológicas del ser humano y la percepción de su sentir, y de alguna manera los vemos transformarse, desde el pensamiento mismo, y las decisiones fatídicas que muchas veces toman con tal de alcanzar un sueño.


Y como conclusión, más allá de los reconocimientos que ha recibido, o que sus trabajos se han visualizado en importantes festivales como el Festival del Nuevo Cine Mexicano de Durango, el Festival Internacional de Cine de Guadalajara, el Vancouver Latin American Film Festival (en este último, con el cortometraje Hiroshima, un cortometraje filmado en película de 16mm con la técnica estenopeica); me parece que el punto que une y amalgama a todo lo antes mencionado, y que denota a Andrei como el gran autor, y además el ser cinéfago que tiene y que le da esta aura distintiva entre los demás realizadores de su generación en esta parte geográfica del país, que yo bien podría mencionar que es portador de un alma vieja que comparte genio con grandes de la cinematografía como Luis Buñuel; es que su cine de libre narrativa, experimental y jamás encasillado, aun con los hilos conductores ya mencionados, crearon una forma distintiva y única de hacer cine en Durango, una pieza vital de la nueva ola de cineastas duranguenses, y que por supuesto ha sido influencia para los nuevos realizadores de la ciudad, como quizá lo es su servidor.

Y vuelvo a mencionar la importancia del autor sobre el realizador, pues si bien un realizador puede hacer y narrar un cortometraje a la perfección, sea la historia que sea; el autor siempre deja un indicio, ya sea literal y evidente, o no; de su persona, de sus pasiones, de su ojo y mano, y eso muchas veces vale más aunque la ejecución no sea perfecta, eso es algo que me enseñó precisamente Andrei.


Cortometrajes de "Haz cine en tu casa".



 Sentí dentro de mí la necesidad de escribir unas palabras sobre este concurso realizado por la organización Viviendo Cine Latinoamerica en La Paz, Baja California Sur; con el apoyo de patrocinadores y el Instituto Municipal de Cultura de La Paz; pero eso ya es dar muchos detalles que quizá a ustedes no les digan mucho.

Dicho concurso lanzó su convocatoria justo al comenzar la cuarentena invitando a cualquier persona del estado, ya fueran realizadores o no, a realizar un cortometraje en su casa, sólo con su teléfono celular, y que no durara más de 7 minutos. Este último requisito hizo que yo no pudiera entrar a la convocatoria, y eso resultó ser la mejor de las cosas, ya que de haber participado, no hubiera tenido la oportunidad de formar parte de este concurso de la manera en que colaboré, y dicho cortometraje no se exhibiría este fin de semana en la Cineteca de Durango en el marco del Festival de Cine Paloma Itinerante.

El caso es que decido escribir sobre este concurso ya que fui invitado por buenos amigos de esta organización para visualizar todos los cortometrajes que fueron inscritos a concurso para realizar algunas capsulas de análisis y reseña de los participantes que no fueron finalistas, e invitado especial en el programa de premiación donde se presentaron a finalistas y ganadores.

Dicho lo anterior, y con lo mucho que me gusta hacer listas, acá enlistaré mis diez cortometrajes favoritos de todos los cortometrajes, tanto finalistas como los que no lo fueron; y algunas menciones especiales, comentar también que va del cortometraje que más me gustó y así sucesivamente, pero es claro que si están acá, ya es mucho decir del gran trabajo de los realizadores tanto con trayectoria como los que apenas están empezando.

Finalizo comentando que sólo daré mención de dichos trabajos, su autor, y en caso de tener acceso, un vínculo para que lo puedan visualizar si así lo desean. Hablar sobre ellos a estas alturas sería redundante, pues tanto en las cápsulas realizadas, como en la ceremonia de premiación; que pueden ver en la página de facebook, cuyo link dejo por acá y acá; pueden consultar mi opinión sobre cada uno de los trabajos.

Así sin más, los dejo con el listado.


1.-No me abandones, de Edson Estrada.



2.-La última historia, de Andrés Ozawa.


3.-Tenebra, de David Green.


T E N E B R A from David M. Green Ojeda on Vimeo.


4.-Libertad, de Rey Hiram.



5.-Jaula, de Jorge Esparza.


6.-La casa del monstruo, de Itzú Martínez.


7.-Trompetas, de Brókoli.



8.-La Plaga, de Paula Natalia de Anda Vargas.



9.-Dos menos uno, de Neftali Navarro y Gernai Geraldo.



10.- Contemplación, de Elti Alejandro.




Menciones especiales:

.-Belen, de Orlando Leal Niebla.

.-La noche de tíndalos, de Francisco Rafael Gómez Ávila.

.-Hasta que la muerte nos separó, de Andrea y José.