Producciones "La Vieja Escuela" Presentan:

miércoles, 8 de noviembre de 2023

“Temporada de huracanes” de Elisa Miller.





Antes que todo, debo decir que “Temporada de huracanes” tiene cosas buenas, las cuales no me atrevería a decir que son aciertos o valores, porque la verdad es que soy consciente que no todos tenemos el mismo sentido y criterio al ver una película adaptada de un libro tan poderoso y extraordinario como la novela de Fernanda Melchor que lleva el mismo nombre, pues nuestra lectura se rige por la forma en que nuestro subconsciente interpretó lo que Fernanda magistralmente narra a través de la prosa en literatura. 


Creo que Elisa, al saber que estaba adaptando una historia tan fuerte y cruda como lo es la novela de Fernanda, sabía lo complicado de llevar toda esa potencia y fatalidad a la pantalla, por lo cual sólo tomó las partes de las que podía tener un dominio total, de ahí que creo que su adaptación a libreto cinematográfico es efectivo, más no el correcto; y por supuesto sobra decir que no le hace justicia al contexto y la complejidad narrativa de la historia en que se basa. Ahora lo explico.



Por una parte, siento que la elección del reparto es correcto para una adaptación ligera y en el estricto sentido de la ficción; pero si hablamos en el sentido del realismo en que está descrita la narrativa que impone Fernanda en la novela, no es jamás creíble, salvo por algunos personajes rescatables, entre ellos el de La lagarta, el munra y Brando, siendo estos de alguna manera los más fieles, aunque muchas de sus situaciones se ven acortadas o hechas menos.


Desde mi perspectiva, Elisa retrata de manera, si bien no errónea; si completamente diferente a la percepción que en lo personal a mí me transmitió la novela, pues mientras Fernanda hace un retrato de La Matosa en un espectro/aspecto general, cosa que da toda una atmósfera particular a la historia, Elisa lo hace desde una perspectiva, si bien no más detallista, si a plano cerrado; como lo es la escena inicial, con esta toma contrapicada en la que apenas vemos las cañas, cuando uno tenía que sentir la inmersión y presión de los majestuosos y atemorizantes cañaverales. En cuanto al enfoque de cada personaje, no está definido en la narrativa de Elisa, cuando en la novela Fernanda lo hace en un primer plano preciso y punzante la mayor parte del tiempo, o al menos cuando el campo espectral de La Matosa no los absorbe. 


Si bien dije que Elisa, al saber la complicación de adaptar toda la crudeza de la novela, hace de su libreto algo que pudiera dar entendimiento a la tragedia que absorbe a Luismi y demás personajes en un marco general, uno espera que al menos en toda adaptación cinematográfica de novelas de esta índole, haya realizadores que tengan la valentía y el coraje de cargarse a su productora/distribuidora y crear algo realmente que sacuda y cree una real catarsis en el espectador, que lo pasme y lo haga pensar en la fragilidad de la vida, las deshumanización y la tragedia del estar, en la causalidad que golpea a los más desprotegidos y nobles aún en sus defectos, y errores ya sea por obra u omisión (y las consecuencias de sus actos) como sigue habiendo zonas en nuestro país en las que la gente hace lo que sea por sobrevivir en donde la vida los puso. Y yo creo que Elisa no crea eso con su adaptación, da la sensación de que lo hizo con miedo y con su limitada comprensión de los personajes de Fernanda quizá desde su desconocimiento social, yéndose más por el lado visible de la miseria, en lugar de ahondar en el fatídico destino y la psique de sus personajes, pero aún más, creo que no llega a la finalidad que la novela de Fernanda si logra por no atreverse a llevar a la pantalla situaciones cruciales para la comprensión de ciertos personajes, como el de Norma y la historia de violencia, machismo y horror detrás de su llegada a La Matosa. Y me parece que no lleva al límite la que para mí es una de las partes más poderosas de la novela, y esta es la de “No sé tú”, en la que el plano descriptivo a detalle de lo que hace Luismi y lo que piensa Brando es cautivante en su naturaleza, y Elisa lo único que hace es quitarle toda la esencia, y lo hace plano, literal y no transmite nada en el poco tiempo en que se atiende. La casa de la bruja, que en la novela da una sensación de miedo y misterio, acá da más la sensación a un antro gay, o a un chiste. El mismo personaje de la bruja es un claro ejemplo de la poca profundidad con la que Elisa trata todos los elementos de la novela, pues si bien es cierto que muy pocas veces aparece la bruja en la narración de la historia en la novela, como en la película; en la novela si es un personaje conductor de toda la atmósfera que se conduce a lo largo del desarrollo, así como los cañaverales. Pero en la película no hay peso atmosférico de ningún tipo, salvo por ser dos elementos que aparecen en lo anecdótico y lo que hace que la historia tenga consecución: el asesinato. No trasgrede, trata toda la historia con decoro y pudor; pero desde el enfoque simple de “miren a estas pobres personas”. 



Aún con todo lo antes dicho, es claro que para los que no conocen la novela de Fernanda, seguramente encontrarán a la película aceptable. Pues la película está hecha de manera correcta, con un destacable trabajo fotográfico de María Secco, y cabe destacar y también aplaudir a Elisa la valentía de haber hecho una adaptación totalmente diferente a lo que uno esperaría de ella, ya haya sido por voluntad propia o por qué así se lo pidió Netflix. Pero lo malo está en que aún con el hecho de haber hecho una adaptación a su modo, la película no suma o propone nada diferente en la visión y lenguaje, ni en el fondo ni en la forma, ni en lo cinematográfico ni en lo literario. No hay peso de adaptación, más bien se siente como un resumen sin mucho sentido de ser. A mi parecer, Elisa vuelve a manifestar que jamás ser tan buena directora, como la gran productora que es. 

 

viernes, 3 de noviembre de 2023

Manifiesto contra la opulencia en el cine. (O la antítesis de cómo hacer cine para ganadores)






Hace unos días charlando con mi buen amigo Andrei Maldonado (cineasta en receso, y compañero en Cinéfagos y en la programación del Paloma Itinerante), contándole las únicas dos veces que me han invitado de manera seria a dar clases o dar un curso sobre crítica cinematográfica, le decía que en ambas ocasiones no había aceptado, o le había dado largas a una de las personas en cuestión, porque yo no siento que sea una persona indicada para dar un taller, porque lo que hago tanto en crítica, como en escritura y realización, no son regidos por una fórmula o una escuela, todo lo que hago en muchos sentidos se rige por una fuerza intuitiva que muchas veces ni siquiera controlo, evidentemente basada en todo el bagaje de lo visto y lo leído y lo aprendido. En todo caso, si yo hiciera algo así, tendría que ser un anti taller, o un dar un curso de anti cine, o en palabras del propio Andrei, un “taller sobre cómo no hacer cine si quieres romperla en la industria”. 


El caso es que en los últimos días que he estado en contacto con muchos escritos e imágenes que comparten conocidos y compañeros en las redes que se dedican a la producción audiovisual (y digo “producción audiovisual” porque decir “cine” en su caso les queda muy grande), me doy cuenta del grado de superficialidad y banalidad con que ven el cine. Pero por otra parte, estando leyendo también algunos artículos sobre la vida, obra y legado de Godard, algunas entrevistas traducidas al español de las pocas que concedió Chris Marker en vida, y textos escritos por el maestro Raúl Perrone, hacen por un lado que me dé cuenta que la generación del siglo XXI, estamos a años luz del pensamiento crítico de los grandes y verdaderos artistas del siglo XX. Este dato lo arrojo sin generalizar por supuesto, porque hay bastantes excepciones particulares, como son el caso de Nicolás Pereda, o Carla Simón, o Bi Gan, entre otras y otros pensadores de cine muy notables.


En fin de cuentas, el constante contacto a todo el material antes mencionado, hace que por un lado confirme algunas ideas y máximas que tengo con respecto al arte cinematográfico, y redactar unas nuevas en el sentido y queriendo compartir lo que he captado de los realizadores que me han inspirado, para toda la juventud inquieta por la realización y que aún no han sido corrompidos. 







Cárgate al formato. Si bien es verdad que la austeridad a nivel producción no te acerca a la finura artística de los dioses, tampoco lo hará gastarte los millones de tus papás, trabajar prostituyendo tu arte para conseguir dinero, o frustrándote por no ganar fondos y apoyos gubernamentales. El 8K en el cine (como expresión artística) no sirve, es exhibirse en un pudiente e inútil privilegio. En todo caso el 8K sirve para comerciales, videojuegos, productos que ocupan deslumbrar y vender. Dicho en otras palabras: sirve para hacer y tirar mierda. 


La romantización de la nitidez visual en la imagen, así como la precariedad sólo por ir a contracorriente, le hace mucho daño al cine y su filosofía. Aprendan a encuadrar, a mover (o no mover) la cámara. Aprendan de composición, aprendan el uso de la luz sin abusar o prostituir la psicología del color. Pero sobre todo aprendan a escuchar a su historia, porque sólo ella les dirá lo que necesita para ser contada, y si tu historia te pide 8K, quizá la naturaleza de esa historia no es el cine desde un enfoque artístico, y también está bien reconocerlo y caer en cuenta de ello. Al final, quizá tu función como realizador no es conectar a niveles profundamente humanos, filosóficos y existenciales que puedan perdurar de generación en generación, quizá lo tuyo es “emocionar” y distraer momentáneamente a la gente y ganar mucho dinero, y eso está bien.


Algo que aprendí a otro gran amigo y maestro (también realizador: Hugo Villaseñor), es que cuando uno quiere hacer cine de autor, debe de ser por sobre todas las cosas un egocéntrico, ser lo más ególatra que se pueda, pero siempre desde la honestidad y la congruencia. En el cine, quien pierde el piso, pierde el alma. 


Todo proceso creativo en el cine es importante, pero el montaje es donde ocurre la magia, es la parte más introspectiva y emocional del proceso, aún más que la escritura. Si quieres tener claro todo desde el rodaje, trabajarás de más, y quizá te frustres y te pierdas; técnicamente resuelve todo lo que puedas desde este, pero la narrativa y el discurso déjalos para el proceso final en la edición. Trabaja lo más descansado posible cada una de las etapas de tu película. 


En 20 años nadie se acordará de lo bonita que se veía tu película, sino de lo que conecto con ellos y los conmovió, del espejo que se convirtió, aunque no hayan vivido algo similar, mucho de lo que la gente recuerda en el cine es por el discurso hablado. Cuida y centra más el ojo en el oído. 


Por último, si no empiezas haciendo cine para la gente de tu comunidad, para tus amigos y las personas que de alguna manera te acompañan en tu carrera local y personal; jamás llegarás a hacer cine de verdad. Haz cine con tus cercanos, con los tuyos, con tu familia, y todo lo demás vendrá, y si bien es importante calidad técnica, no es lo más importante, siempre apremia a una historia bien escrita, distinta en su hechura, algo digno de contar; no hagas todo con dinero ni por dinero. Comprométete con proyectos que siempre te paguen aunque no sea con dinero. Permite, y permítete que tu pago también sea enriquecer tu rango visual, tus influencias y referencias, tu aprendizaje, los nuevos amigos, las charlas con ellos en el catering, que nunca falte el catering y el transporte. Si sólo vas por plata, saldrás más rápido de lo que te costó entrar.