miércoles, 8 de noviembre de 2017

Misión de San Javier: El coloso jesuita del siglo XVII en el corazón de la sierra.


Esa mañana del 1ero de noviembre todo era indecisión, mientras unos querían estar en la playa, otros querían ir en "panga" a la Isla Coronado, otros no sabían lo que querían y fue el momento en que mi propuesta salió a la luz: "¿Y si vamos a San Javier?".

A muchos no les pareció tan buena la idea, ya fuera porque otra vez agarrar carretera, o el hecho de que que pueblo en la sierra podía competir con Loreto, o el hecho de querer ver lobos marinos, delfines, y bucear un rato fuera mas fuerte que mi deseo por conocer el lugar que solo sabia de el por las fotos de su majestuoso templo jesuita, el cual desde hacia un par de años quería conocer haciendo la ruta de todos los templos jesuitas del norte de las baja californias, el del pueblo de San Javier, era el segundo erigido sólo después del de Loreto. Pero como siempre la complicidad de mi querida prima haciéndome segunda con su espíritu inquieto y aventurero hizo que los números se pusieran de mi lado y el viaje se definió, iríamos a conocer la mística Misión de San Javier.

Salimos de Loreto después de almorzar para reanimar fuerzas, y que la panza llena no mermara en la actitud de algunos acompañantes, cuando salíamos del pueblo me preguntaron: "¿Que tan lejos está?" Yo recordaba haber leído en algún articulo del lugar que eran algo así como 19 km adentro de la sierra, pero no fueron sino 34 largos kilómetros de una carretera frenética. Por momentos las curvas eran muchas, y muy cerradas, mucha parte del trayecto fue de subida, como si fuéramos al mismísimo cielo, subidas empinadísimas escalando las montañas de la sierra, en verdad a las peligrosas y famosas curvas de ligüi yo ya estaba acostumbrado y la verdad nunca les tuve tanto miedo, pero las de la ida a San Javier si me hicieron sentir algo. Cruzado el KM 19 mi familia, los acompañantes de la ruta empezaron a voltear a verme de reojo, sin juicio o prejuicio, sólo me miraban sorprendidos de que no hubiera acertado en la distancia, sinceramente yo para este momento, y sin decirle nada a nadie ya me había arrepentido de la travesía, si bien la camioneta estaba en perfectas condiciones, las largas subidas y las cerradas y continuas curvas ya me habían hecho pensar que tal vez la aventura no había sido la mejor idea, pasaron pocos kilómetros después y vimos una pequeña especie de parroquia de mucha similitud a la Misión de San Javier por el material con que estaba construida, me preguntaron que si esa era, yo les dije que no, mis acompañantes no la conocían ni en fotos, de modo que seguimos, después de este punto la verdad es que ya todo fue mas tranquilo, parecía que ya regresábamos a la tierra, íbamos hacia abajo, el agua color verde emanaba como otros caminos que atravesaban la carretera cada vez que se le pegaba la gana, todo era mas verde, pero se expresaba de todas formas, caprichosas, las que la montaña quería, la presencia de los cactus y su desierto no era tan notable, había pasto, las palmas no dejaban de estar porque nunca dejamos Baja California Sur, aunque así lo pensara yo mientras subíamos, nos adentrábamos al oasis. Cerca del KM 24 estaban un par de hombres sobre una maquina en un tramo que estaba muy deteriorado, les preguntamos que qué tanto tiempo nos faltaba para llegar al pueblo de San Javier, uno nos contestó que cerca de 10 kilómetros, entonces ya sabiendo una distancia promedio, ya íbamos un poco mas alegrados, para este momento yo iba mas al pendiente de las peculiaridades del alrededor, mi cámara no la atendía tanto, la mayor parte de todo el viaje iba en medio, no me interesó el ir mucho tiempo en alguna ventanilla, ustedes saben, por eso del trance y posesión que tiene la cámara sobre mi. Entonces así fue que cerca de los diez kilómetros que nos dijo el señor, luego de pasar una última curva, esta si ya no tan corta, sino con mas extensión, y más prolongada, alcanzamos a ver el empedrado de la misión, a lo lejos, entre palmas, también "divisamos" un pequeño lago, al cual el menos convencido del grupo de ir, le puso mucha atención, y unas cuantas decenas de metros después por fin llegamos a la entrada de nuestro destino.

San Javier, es un pequeño pueblito muy pequeño, una corta extensión de apenas un par de cuadras al ancho por tal vez lo que sería la extensión de 5 manzanas de largo. En cuanto entramos a nuestra mano derecha, siguiendo una explanada totalmente empedrada nos topamos de frente con la enorme construcción, la cual era imponente incluso cuando aun estábamos en la maquina que no existía cuando esta fue erigida. Nos bajamos, y luego de estirar las piernas, compartir palabras, chistes, algunos gestos y miradas no pudimos quedar indiferentes a la magnitud y majestuosidad de la obra, mas imponente, y de belleza aún mas rústica que la misión de Loreto. Tomamos algunas fotos del exterior, nos fotografiamos entre nosotros (o mejor dicho yo tomé fotos de mi familia, las cuales por supuesto se quedan en mi galería personal obviamente, la verdad no me gusta a últimas fechas aparecer mucho en fotos, más en preciso, en mis fotos; salvo que el momento realmente valga la pena enmarcarlo) y luego de unos minutos entramos a la misión, nos registramos en el libro de visitas junto con otra pareja de visitantes, luego de ver que otros salían, y empezamos a contemplar ese altar de oro enorme, lleno de detalles, de imágenes, al contrario de la misión de Loreto que en sus paredes resguardaba pinturas al oleo de siglos pasados y posteriores supongo a su fundación y con los misioneros y gente española ya asentada en los poblados, la misión de San Francisco Javier Viggé Biaundó (llevando el nombre de San Francisco Javier escogido por su fundador, el padre Francisco María Piccolo, y Viggé Biaundó por como llamaban los nativos al lugar, que significa tierra elevada que domina el valle) lucía sus paredes totalmente en blanco, toda la atención, y tu atención se centraba en su altar, al igual que en la misión de Loreto, tenía una habitación contigua, esta sólo con la Virgen de Guadalupe y una tina con agua bendita en donde nos contaba el cuidador del templo que en su momento ahí hacían los bautizos. Mientras la familia observaba el altar yo me quedé platicando y escuchando al cuidador y a la otra pareja que entró cuando entramos nosotros, el cuidador nos contaba que la edad de la misión era de poco más de 300 años, casi la misma edad que el mismo poblado, el otro visitante nos comentaba que él conocía un templo con muchas similitudes en Sonora (nos dijo que parte pero la verdad no lo recuerdo muy bien, pues yo para este entonces escuchaba mas generalmente y atendía la cámara mas particularmente) el cuidador nos invitó a que saliéramos a dar un paseo a espaldas del templo donde había un olivo que tenía más de 400 años de vida, la oferta no la pudimos rechazar, aunque no sin antes yo acercarme por completo hasta el altar para ver los detalles de este, sacar algunas fotos, y ser regañado pues en las últimas fotos opté por utilizar el flash (casi nunca lo hago, me gustan las sombras que se hacen con la luz orgánica natural, pero quise ver como resaltaba el dorado del oro al chocar con el flash) pero sin mayor problema pedir una disculpa y salir.

Salí cuando ya todos se habían ido, no supe por donde entrar y me metí por onde no debía, al ver ami familia a lo lejos a través de un cerco de piedras, les pregunté por donde habían entrado, ya que me dijeron, atravesé una cerca de alambre de púas que estaba caído, lo cual me benefició y fui a ver el olivo de los 400 años, me volví a topar con la pareja que antes había coincidido conmigo en el templo, escuchábamos a un señor que nos daba datos generales de como investigadores norteamericanos habían determinado la edad del árbol, los problemas que este había tenido por el tiempo y la edad, como una de sus partes ya se había venido abajo, y que se despedía porque estaba a punto de salir a dar un recorrido a un grupo de extranjeros. El otro señor le preguntó que como podíamos dar una ayuda para la reconstrucción de una sobra que tenían pero que se había caído, el nos dijo que podíamos dejarla con el señor que hacía las reparaciones, o en el templo. Seguimos caminando por un sendero desde el cual podíamos ver correr un pequeño arroyito de agua que bajaba de la montaña, agua dulce (de la cual mi señora madre se refrescó) se veía un poco de la vida silvestre y de rancho, animales de granja, estos suelos llenos de yerba y pasto, a mi mente vinieron inmediatamente infinidad de memorias de mi infancia con mis tíos cuando nos cargaban entre cerros y montes ya fuera buscando piñones, bayusas, o simplemente por ese amor a la convivencia, a la familia, o a la ruta, probablemente mucho de ese bicho que tengo se los deba a ellos en gran parte. seguimos caminando unos metros después mientras la pareja me preguntaban si me gustaba la baja 1000, de donde era originario, y si sabía a que distancia quedaba puerto San Carlos de Loreto (al parecer al lugar donde en realidad querían llegar por las fiestas que días después se celebrarían) otro lugar en la Baja Sur que cautiva con su belleza, y del cual también guardo un cariño, amor, y recuerdo muy grande; luego de que me preguntaran cosas más generales de San Carlos, si había hoteles, que tan rico se comía en el lugar, fue entonces que nos topamos con una pequeña puerta que decía propiedad privada, fue entonces que la señora dijo que el señor que les hablaba del olmo les dijo que cruzáramos de aquel lado pues el dueño de las tierras esas se enojaba mucho. entonces regresamos cada cual por su lado, mi hermano llegó a encontrarme para decirme que le "apurara" para ir al arroyo, salimos metros después de la pareja, dejé algo de dinero al señor que estaba reparando la sombra y mi madre y mi prima nos esperaban en la parte trasera de la misión, al llegar nos dirigimos a la parte izquierda de la misión para ver unas pocas tumbas que había al costado de esta, todas muy viejas del siglo pasado, databan de la década de los 20 y los 30, algunas tenían más de 100 años, luego de verlas y contemplarlas por un rato, mi madre y mi prima se fueron a comprar algunos souvenires a las tiendas de la explanada, yo, mi hermano y el esposo de mi mamá nos fuimos a echar un vistazo fugaz al arroyo a la distancia, si bajamos por donde corre pero la verdad es que no llevaba tanta agua, el esposo de mi mamá me decía que el cuidador de la iglesia, con el cual se quedó platicando bastante rato mientras yo caminaba por el sendero, le dijo que metros más adelante había un lago más grande de agua que bajaba de una cascada. No caminamos mucho más porque para entonces ya había pasado bastante tiempo, teníamos que regresar por las mujeres de la ruta para regresar a Loreto y encontrar alguna playa bonita donde remojar las pieles, aunque el calor no estaba presente, y ver si montábamos la casa para acampar, pero en eso la cámara me hizo tomar algunas fotos de modo que ellos se me adelantaron, minutos después al caer en cuenta que estaba solo, regresé a la misión ahí ya me esperaba la familia, quise hacer un par de fotos familiares, mi hermano ya estaba cansado y quería playa y no quería salir en la foto, saqué mi tripié de la camioneta, lo monté, y cuando quise sacar la foto con cronómetro, la cámara se descargó, me dejaría hacer una última foto, lo sabía pero tenía que accionarla manualmente, entonces la tarea recayó en mi hermano menor, en vista de que no quería salir en la foto, entonces éste la hizo y dejamos el pueblo, tan tranquilo como cuando llegamos, y con su misión igual de imponente y colosal como desde que los jesuitas hicieron el enorme esfuerzo y tuvieron el grande valor de fundar un pueblo en este lugar, en el corazón de la montaña, que si aun hoy día llegar a él en bestias de metal es difícil, no quiero ni imaginar lo que habrá sido en aquellos años. De regreso en la carretera pudimos apreciar el mural que hizo Ulises Martinez (Uli Mtz) para su proyecto que tiene junto con el fotógrafo Leonardo Luna llamado El Color de la Memoria, (acá abajo les dejo el documental para que le echen un ojo) pero ya no nos paramos a tomar la foto porque mi cámara ya se había cansado mas que nosotros.

Para finalizar el relato, ya estando en el hotel de noche, todos cansados por la larga jornada y la caminata que hicimos en la montaña, todos concordamos que una sensación extraña brindaba aquel lugar, algo cada uno de nosotros sintió, muy distinta para cada uno, pero al final todos concordamos en que el viaje había valido la pena, no sólo por habernos atrevido a abrir el horizonte, a ver en nuestros ojos algo más que millones de personas ni siquiera puedan creer que existe, o que tengan conocimiento de su existencia, o algo que personas con otros ojos, otra ideología, otras costumbres veían hace mas de 300 años, como nosotros, inhóspitos, hipnotizados, San Javier nos regresaba al mundo, de cierta forma, diferente a como antes de haber llegado a sitio como un oasis rodeado de verde entre las montañas.



















































Una publicación compartida por Juan José Antuna Ortiz (@johnnyantuhap) el

Una publicación compartida por Juan José Antuna Ortiz (@johnnyantuhap) el

San Javier, la vida en el oasis from Leonardo Luna on Vimeo.

2 comentarios:

  1. Buen descripción del lugar, muy buena crónica de viaje.
    No lo conocía
    Por las fotografías, las construcciones son muy similares a las que dejaron los jesuitas por acá, como son las de San Ignacio en Misiones.
    El paisaje me recuerda al de Mendoza.

    Abrazo grande!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Frodo que bueno que te haya gustado mi texto. La verdad es que fue un viaje que nos marcó, a todos los involucrados. Y perdón por contestarte hasta ahora, comprenderás que luego de tomar vacaciones y despegarte de todo te cuesta fácil retomar de nuevo las cosas, entre trabajo y escritos y demás no había atendido tanto al blog salvo por los ratos que sólo entraba a publicar, ahora mismo me paso por todos mis conocidos y vuelvo a leer.

      Saludos y abrazo grande de vuelta para ti!

      Eliminar