domingo, 4 de octubre de 2015

Bitácora de viaje - Durango 2015


Ernest Hemingway solía decir: "Jamás escribas sobre un lugar mientras estés en él". Y aunque trato de seguir el consejo de uno de mis mas grandes maestros, es muy difícil estando en una ciudad que tantas cosas, recuerdos y pasiones despierta en mí como Durango. Aunque trataré de contenerme lo más posible....


Durango es una ciudad que ha avanzado mucho, o a cambiado mucho; y aunque parezca que en algunas partes el crecimiento ha sido desproporcional; en realidad no lo es, todo es diferente, todo cambió, y cambia; aunque como ya lo mencioné en alguna ocasión, quizá la verdad sea que lo que cambió más han sido los ojos y la mirada (jamás será lo mismo una cosa y otra) de su servidor. La desigualdad social está muy marcada, el patriotismo en este estado se toma muy en serio, los hombres son hombres y las mujeres son las mujeres más hermosas del mundo, los universitarios se mezclan con tal naturalidad entre los vendedores de los mercados, y la ciudad siempre te dará la bienvenida con ese tremebundo olor a drenaje. Más sin embargo la gente jamás deja de ser la gente más amable que podrás llegar a conocer en la vida, aún en los insultos y groserías puedes sentir su amor, La única queja que puedo tener de ellos es que aún prefieren sentarse del lado del pasillo en el "pesero" para no dar un lugar a la demás gente. No les gusta iluminarse los ojos una vez más con cosas, buenas, nuevas; con belleza espontanea. Los niños en los pastos, las bellas jovencitas colegialas. Se niegan la magia y la belleza y se la niegan a los demás. Gente de religión y santería que ha pesar de los golpes sigue trabajando. Orgullosos siempre de su tierra, pensando en antes morir que salir de esta bella ciudad. Sólo hay que tomarse unos minutos para platicar con los taxistas para darse cuenta de tantas historias de exilio, pero todos con un final feliz al llegar a su tierra, cuando llegan a su ciudad natal, a su Durango, a nuestro Durango, a "mí" Durango, al Durango de mis sueños que jamás será el mismo que el Durango de mis recuerdos, el que tanto aparece en mis letras.

La ciudad se mueve a un ritmo más rápido que el mio, a aprendido a estar sin mi, como yo he aprendido a vivir con ella -sólo- en mis pensamientos, pero por algún motivo que aún no logro comprender, en cualquier lugar en el que he estado el ritmo es inferior a mí, es como si mi caminar fuera el del Juan que fui y fue hace 7 años, es como si mis ojos hubieran crecido, pero mis pies no aprenden, tienen la misma memoria que tenían en mi segunda década de vida. Durango siempre será mi único refugio. Mi único refugio siempre seguirá siendo esta ciudad, sus calles, sus luces, su eterna luz, la ciudad de los recuerdos, de las eternas memorias, pasiones y luces. Sin embargo uno, a pesar de conocer esta ciudad como la palma de su mano, uno aún puede darse el lujo y el placer de llegar a sorprenderse con cualquier cosa, pues así como la ciudad de mis 19 ya no es la misma de mis 26. Mientras unas cosas y personas jamás vuelven a ser lo mismo que alguna vez tus ojos vieron o miraron, o lo que tu mente distorsiona por factores como cotidianidad y amor y recuerdos, otras pareciera que el tiempo y los cambios, buenos o malos; jamás pasan por ellos.

Sólo hay dos cosas, sobre todas las cosas; que al parecer nunca cambiaran en esta ciudad. Los señores mayores con su sombrero en la calle caminando entre las iglesias y que se sientan detrás de ti en el camión, y las mujeres bellas, y en hora buena.

La comida aquí no sólo alimenta tu estómago, alimenta tu corazón, tu memoria. Desde el plato más sencillo de frijoles y tortillas de harina servido en la casa de madera con techo de lámina de tu tía como con tanto amor lo recuerda y menciona y hace referencia un amigo exiliado como yo; hasta la taza de café acompañado con unos -deliciosos- tamales rojos de pollo alimentan igual, los burritos de con Gera, las carnitas de "La Única", las gorditas de horno del "Seguro", las gorditas de maíz de la camionera o las de harina del mercado, las hamburguesas de "La Salud", de las tortas de Ultramarinos Finos, la barbacoa de Gabino. Todo es nuevo y recuerdos al mismo tiempo.


La nueva ciudad y la vieja ciudad de tus recuerdos se mezclan y crean una versión de la ciudad de tus sueños, una ciudad sólo para ti que aún vez con más amor del que quizá merece, llega a crear contigo también una versión de ti mismo que en ningún otro lugar podrías llegar a ser, las personas contribuyen mucho con eso, todo se impregna de nostalgia.


Los chicos te recuerdan como lo que eras y aunque eso halaga es una mentira, uno en cambio ya no los conoce, y aunque los recuerdas, ya no son tus primos, pero la sangre es la sangre, y el color de esta te hace que igual los ames.



Los cafés han sabido evolucionar y crecer con la ciudad, uno realmente puede llegar a amar a una ciudad -sólo- por algún bohemio y delicioso café en el que haya estado, en el que haya disfrutado una buena charla con viejos amigos, donde se haya conocido buenos y nuevos amigos, donde haya podido terminar de leer un buen libro, ese libro tan especial que pensabas y creías en nunca terminar, donde uno empieza a escribir tonterías como estas que pueden ser basura para tantos, y lágrimas y recuerdos para pocos. Tonterías como las que aquí han empezado a leer.


Los que se quedan se envenenan  y no aprecian, los que se van, olvidan; y los que vuelven recuerdan algo que ya no existe o que jamás existió y mueren amando. La memoria de un niño que ya no existe suele poner recuerdos sobre otros para crear recuerdos que jamás existieron más que en su cabeza; recuerdos que jamás volverán a existir así como aquel niño. Los que regresan con la ilusión de un niño mueren amando. Esa es la diferencia de los que viajamos y recordamos, amamos, sólo las personas que recuerdan aman. Los que superan las cosas no saben en verdad amar, sólo el amor incompleto es real y sincero dicen por ahí, -y verdadero- así como dicen también que la rutina le quita la hermosura a las cosas y las personas, y creo que el contacto frecuente está sobre valorado. Estar todo el tiempo con una persona le quita el encanto, salvo que la persona sea un pedazo de ti o te reconozca como de él desde el inicio de los tiempos, y la gente de Durango a estado conmigo desde el inicio de los tiempos, aún sin haberlo estado. (Ya les hablaré de esto en mi siguiente entrada)

Aunque hablando en términos generales en todos los casos mencionados hay excepciones a la regla. Y eso no fue lo que pasó con aquella. Ella olvidó, ella siguió, ella se fue y todo dejó, y aunque no lo agradezco en lo absoluto, tampoco odio el hecho, las cosas pasan porque así es la vida, ese acto; como diría Cerati, fue simplemente amor, si ella no se hubiera ido yo no estaría escribiendo esto. Ella lo superó mientras yo no pude avanzar y por eso recuerdo mientras veo las luces de esta pequeña gran ciudad


Tierra hecha de barro, azúcar, chocolate, café y cobre, y de ahora en adelante tendré que añadirle almendras y cardamomo. Tierra de cobre color plata, como su gente. Durango siempre será una ciudad en la que siempre tendré eternamente frío, y no precisamente por el clima, sino por todos los recuerdos vividos, pero, ¿quién dijo que el frío es malo? Mí corazón lo cobija y lo siente como suyo, como algo bueno, siempre será como la sangre que corre por mis venas, como el aire que respiro, mi materia prima favorita a la hora de crear historias inconclusas, nada queda por escrito, nada jamás termina, nada tiene final, la vida es un terreno de segundas vueltas.

Soy consciente de que esto quizá sea lo más inpropio que he escrito, pero me dije a mí mismo desde un principio que a la hora de escribir sobre -mí- Durango escribiría lo más honestamente posible. Así que esta vez más que escribir con mi mano, escribí con el corazón, escribí con mucho amor y no con letras. Durango es una ciudad con mucha luz, muchas nubes, mucho cielo, muchas estrellas, Durango es la capital de los cielos del cine, los atardeceres de otro mundo, los irreales, los que aparecen en tus sueños o en tus películas favoritas, el de las nubes imposibles, el de los castillos en el viento, el de la infinita y emérita inspiración de los artistas, fotógrafos, e del barroco, el clásico, el del odio y el amor de Díaz, la ciudad del pecado, de Dios, de la tierra mojada que comulga con el barro que creaba a los inmortales. Se me acabaran las palabras, pero jamás el amor.

P.d. Aquí pueden leer la continuación de esta entrada








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