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jueves, 17 de marzo de 2022

Tres tristes tigres, de Raúl Ruiz



Dentro de las diez obras esenciales del gran director chileno Raúl Ruiz que presenta la retrospectiva que le dedica el FICUNAM, me permito escribir sobre la ópera prima del director y la única película chilena en toda la extensión de la palabra que presenta el festival.

Película del año 1968, que retrata la vida de diversos personajes de distintos órdenes sociales, pero desde la mirada única con la que contaba este realizador, que desde mi perspectiva es una mirada torcida para bien, y nada convencional que siempre caracterizó al cineasta, con una propuesta visual arriesgada con intensos y duros primeros planos y cámara en mano; centra su foco en la figura de Tito, un personaje que es el eje conductor que sucumbe y muestra la vida del chileno tanto alejado de la realidad de su país, como de los que se aferraban a la idea de un país tan polarizado y cambiante. De alguna manera, y sin que ese fuera el propósito de su película, o no de la manera en que hoy día muchos scineastas politizan sus obras con fines preconcebidos de interés morboso, Ruiz mostró y puso el dedo en la llaga de la realidad chilena, y la división de clases sociales.

Vemos personajes con buena posición económica pero infelices, también están los que son parte de la oligarquía social, y que pretenden hacer lo que quieran, vemos a los que forman parte del gobierno y que son además de personas siniestras y adoctrinados en la ideología imperialista yanqui, lo que ofenden sólo porque pueden hacerlo, los que hacen con su vida lo que pueden y aparentan ser interesantes, y vemos a Tito, la radiografía de un hombre que parece no encajar en ningún lugar, (elemento que a uno lo hace recordar a la cubana Memorias del subdesarrollo del mismo año, de Tomás Gutiérrez Alea) es que vemos como sus arranques de ansiedad, violencia, lo hacen perder el control y dejarse arrastrar por el alcohol y las calles de Santiago, al son de una música más que espléndida.

Tito para nada es una victima, de hecho se le podría catalogar por un ser despreciable que es absorbido por un sistema inseguro, y del cual él mismo es consciente de su situación miserable, de ahí que no se a compleja en dejarse llevar por el momento, sin intención en una primera instancia de detenerse a pensar en las consecuencias de sus actos, igual abandona a un amigo ebrio en la estación, como golpea a su empleador por no llevar a cabo una tarea a tiempo.

Personajes que no hacen nada con su vida, y otros que creen en elefantes blancos, así damos una mirada al Chile antes de lo que años después pasaría con la sociedad de este país, ese oscuro episodio en la historia latinoamericana que hizo que tantos artistas como Ruiz tuvieran que exiliarse, y aún con el hecho de que no era el más comprometido políticamente hablando, pero si el más arriesgado en el plano artístico, sus historias y arte eran un claro opositor para los perpetradores de aquel golpe de estado.

Es interesante ver la lectura que se le puede dar a esta obra del maestro chileno a más de 50 años de su creación, que no fue tan comentada por los espectadores chilenos en su momento, y que incluso hoy día sigue siendo uno de los cineastas menos conocidos y más incomprendidos, a pesar de ser elogiado y reconocido por los conocedores del arte como uno de los más imprescindibles autores, y quizá el más importante de latinoamerica; pero sin duda alguna, el cine de Raúl Ruiz hoy día funge como parte del panorama chileno del último tercio del siglo XX. 

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