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martes, 28 de enero de 2020

Pauline Kael sobre Michelangelo Antonioni.




 La figura de los críticos de cine ha sido desde siempre, fundamental para los cinéfilos en donde pueden encontrar un diálogo interno, un punto de identidad de lo que se puede encontrar en películas fuera del ojo común, de los "parámetros" establecidos por las convenciones comerciales, y que muy difícilmente se puede encontrar en la interacción con el espectador promedio, ese canal que se hace aún más inconexo con la distancia de las grandes urbes y lugares sin cinetecas, donde se puede encontrar una cultura por el cine como lo que es: una expresión artística.

Pero hay que tener en cuenta que incluso con todos los conocimientos del mundo que pudieran tener estas personas para formular sus criterios a la hora de hacer el análisis de alguna película en particular, no dejan de ser personas, y que el arte es subjetivo. En pocas palabras: lo que yo veo, no es lo mismo que tú ves, aunque estemos viendo lo mismo, porque para interpretar lo visto influye la cosa más importante que tenemos los seres humanos como lo es la experiencia de vida y el arte con el que hemos tenido contacto.

Con esto trato de explicar que la palabra de los críticos no es ley, que sólo es una guía para tomar puntos de referencia, la lectura de una película desde otra perspectiva con más énfasis en un análisis a través de la historia del cine, y la experiencia del mismo crítico, pero sin refutar nuestra idea original, o lo que a nosotros nos hizo sentir: el cine, como el arte, vale y se alimenta de los sentimientos y emociones que nos despiertan sus expresiones, ya sea en su primera, o décima revisión.


Me he permitido escribirles esta breve introducción para compartirles un texto escrito por la afamada y muy respetada crítica cinematográfica Pauline Kael, para muchos, la madre de la crítica cinematográfica norteamericana. Entre sus "protegidos" o alumnos, podemos encontrar la presencia de grandes nombres como Roger Ebert y Paul Schraider. Y escribí esta introducción, porque incluso para una crítica como lo es Kael, el cine de Antonioni, no tenía gran relevancia. Y estamos hablando de un cineasta que seguro para más de uno es fundamental en la historia del cine, y que sus películas como La Notti, Eclipse, Le Amiche, y demás; son pilares fundamentales no sólo para el cine italiano, sino para el cine mundial.

Sin más que agregar, les dejo esta crítica hecha a El desierto rojo, ustedes formulen sus conclusiones, o más que eso, demos lectura del por qué una crítica tan "pesada" en su medio, en el buen sentido de la palabra; no pudo conectar con el cine de este espléndido director italiano.


Il Desserto Rosso.

[...]
Como todas estas películas usan y abusan del pop, es fácil que críticos serios las ataquen por la mescolanza de convencionalismos, por el infantilismo de un Morgan, etc. No obstante, creo que los significados de Il deserto rosso (El desierto rojo), por ejemplo, eran, en el fondo, igualmente confusos y descontrolados.
Quienes trataron de interpretar El desierto rojo como un ataque contra el industrialismo vieron frustrados sus mejores esfuerzos por las declaraciones del propio Antonioni, quien afirmó no haber intentado reflejar nada de eso. ¿Cuál era el propósito del filme? Nadie podría estar seguro y, sin embargo, la película expresaba ciertos estados emocionales actuales con los cuales porbablemente todos estamos familiarizados. Un día visité en Beverly Hills a una señora que estaba sentada en un sofá tras el cual había una enorme mesa de marquetería cubierta por una maravillosa colección de libros de arte, pero cuando aludí a uno de ellos me miró con el rostro inexpresivo y confuso como si quisiera decir ¿de qué está usted hablando? Casi se estremecía de miedo cuando alguien entraba en la habitación, aunque Dios sabe bien que el mayordomo los había seleccionado con mucho cuidado. Su conversación, o mejor dicho las frases que dejaba caer sin ton ni son, giraban en torno de si debía abrir una galería de arte, o pedir el divorcio, o hacer un viaje, pero ¿a dónde? Creo que habría dudado en sacarle a alguien un sándwich de la boca, si de pronto le hubiera pasado por la cabeza la idea de la comida.
Evidentemente no se le ocurría que hacer con su vida, de modo que no había nada para sí misma, para su esposo, ni para cualquier otra persona y creía ser "interesante" gracias a su desolación. ¿Es fascinante esta mujer? En cierto sentido lo es, si a uno le agrada observar este tipo de conciencias destruidas por el psicoanálisis. Estas damas, a quienes todo el mundo cuida sin que ellas den nada a cambio, pueden ser las nuevas herederas de nuestra época. Cabe presumir que se las cuida porque son sensibles, tan vulnerables. En efecto, pero ¿quién no sería sensible y vulnerable con dinero y sin nada que hacer? No son vulnerables a las cosas que somos vulnerables el resto de nosotros; son indiferentes a todo eso. En el peor de los casos, nos envidian, pero con cierta condescendencia: envidian nuestros trabajos agobiantes, nuestras tareas domésticas, nuestra lucha por encontrar tiempo para leer, ver y pensar. Sus equivalentes masculinos son aquellos jóvenes ricos y elegantes que dicen: "A veces quisiera ser negro o judio o algo así..."
Sabiendo que existe gente como ésta, puedo comprender que El desierto rojo encierre algún sentido. Pero el título y Ravena y el industrialismo, todo eso no es más que una pinta falsa, y lo mismo puede decirse, a mi juicio, del empleo del color en la película. Es mucho más probable que las damas insolentes y hastiadas de Beverly Hills y de otras partes pienses que sus ropas se tornaron grises de pronto y corran a comprar otras. Los cabellos de sus amantes también se vuelven grises, y prueban con otros. A pesar de esta relación con el mundo que nos rodea, encuentro que la película es mortífera: una brumosa ilustración poética del caos emocional, presentada en forma peculiarmente atractiva. Si yo tuviera que llegar al borde de la locura, lo haría a mi propio ritmo, que es mucho más rápido que el de Antonioni. Creo que la película llena los requisitos para ser considerada como un ejemplo rotundo del cine de arte: un filme se transforma en filme de arte cuando resulta tan aburrido como nuestras peores experiencias en conciertos, conferencias y ballets, es decir, cuando se convierte en algo que uno sabe que debe seguir viendo aunque tenga ganas de levantarse y abandonar la sala. Aquellos a quienes les gustó El desierto rojo -las esposas de los productores de tv y las esposas de los arquitectos, que piensan que sus vidas están vacías y son demasiado "dotadas" para trabajar en algo útil y auténtico- es probable que hayan dicho cosas como esta: "la película me apasionó; no me importa cuál sea el sentido", lo cual debe significar no sólo que la encontraron visualmente agradable, sino que les encantó sentirse arrastrados hacia vagos y sutiles estados emocionales . . . casi la única forma en que uno puede reaccionar ante los ritmos congelados. A mi entender, creían que era la historia de sus vidas: se identificaban con esa mujerzuela alocada y sensible, al igual que los estudiantes lo hicieron con Morgan. Y como para estas mujeres el hecho de reaccionar ante el filme no significaba una interpretación que pudiera ser corroborada confrontándola con los significados y conexiones de la obra, sino con cualquier cosa que les cruzaba por la mente mientras veían la película o que pensaban acerca de ésta después de la proyección, no les preocupaba que no hubiera sentido.

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