jueves, 31 de mayo de 2018

La historia...


En uno de estos lugares en los que a los hijos del Siglo XXI les gusta socializar, comer alimentos y tomar fotos curiosas, se desarrolla este encuentro.

Una chica, veintitantos años, estudiante de economía pero amante de la literatura rusa y norteamericana, vaya contraste podría pensar el que no sabe de letras, ama a los perros, tiene dos hermanos y una hermana, todos mayores que ella y siempre la molestaban cuando era pequeña, pero aun así se sabía amada, de ahí su necesidad de buscar la soledad de tanto en tanto tiempo.

Él, más pegado a los treinta que a los veintes había estudiado contabilidad, aunque sentía que tenía el alma de un psicoanalista, ahora trabajaba en ventas, pero le encanta escribir y leer poesía sin traducción, odia los carros y ama a Tarkovski, Tchaikovsky y a Buñuel y Renoir.

Entonces ya con una introducción amplia y con nuestros personajes presentados en escena pueden verlos ahí, disfrutando ambos de un café, mientras leen un libro. Son los únicos en el lugar, y sentados en mesas muy alejadas la una de la otra, ambos levantan la mirada y por mera coincidencia, o quizá no tanta, o por destino, [vaya uno a saber] lo cierto es que ambos añoraban en sus fantasías influenciados por el cine comercial norteamericano y la cultura popular un encuentro como este.

Ella sonríe primero, él corresponde el saludo. Ella da un sorbo a su bebida caliente y vuelve a sumergirse en su libro, él guiado por una voluntad que pocas veces había sentido se para de su mesa, agarra su café y su libro y se sienta en una mesa al lado de ella, aunque esto podía verse raro en la lejanía, en realidad era preferible a invadir su espacio sentándose en la misma mesa que ella, como había pensado hacerlo en un principio. Ella lo mira detenidamente, con algo de alerta y escepticismo por si acaso, observa todos sus movimientos, como los que atendían el café los observaban a ellos mientras una música muy suave sonaba y el viento no podía combatir el calor insoportable de mayo. Él se acomoda, y con algo de nerviosismo le sonríe, ella con mucha cortesía, intuyendo a bien que no había nada que temer regresa el saludo, entonces sentados uno frente al otro de una mesa a la otra él dice:

-El Psicoanalista de John Katzenbach. Su libro más mediático. Aunque no su mejor libro.
-¿Y cuál consideras que es su mejor libro?
-No lo sé, nunca lo he leído, sólo leí un artículo sobre su obra y eso dicen sobre el psicoanalista, y me acordé al ver tu libro.
Ella no dice nada pero sonríe, como feliz de que aquél joven haya roto el hielo entre ellos y el sofocante calor que se sentía a menos tomando café. Ambos se embriagaban con la idea de ser dos desconocidos que eran los únicos que estaban en ese lugar mientras el resto del mundo perdía el tiempo en cosas como escuchar música sin sentido ni alma en lugares donde lejos de beber por diversión para que esta no fuera algo ficticio, sólo se busca sexo sin hacer tributo a tantos hombres que murieron durante la prohibición.
-¿Y tú que lees, extraño?
Él sonríe después del calificativo que le da ella, no dice nada, sólo levanta su libro.
-Ya veo. -Dice ella- Eres más amante de la lírica y la rima que de la narrativa.
-Se podría decir que sí. -Dice él-
-¿Y qué tan bueno eres besando?

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-¿Te puedo hacer una pregunta sin que te molestes?
-Claro que sí.
-¿Por qué nunca te arreglaste los dientes?
-Por qué todo el mundo me pregunta eso antes de decirme si me pueden preguntar algo sin que me moleste. Siendo niño no quise hacerlo porque no quería pagar con dolor la perfección, y mi madre, una mujer poco sensata pero de gran corazón dejó que así lo hiciera, a pesar de haber podido darme una paliza y obligarme a llevar fierros en mi boca como un animal. Ya más mayor digamos que a raíz de todo lo vivido preferí que las personas me aceptaran por lo que en verdad soy por dentro que por lo que pudiera enseñarles mi cuerpo.
-¿Y cómo eres en realidad en tu interior?

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