viernes, 2 de diciembre de 2016



"El cielo rosa en otoño, la antena al final era gris y la luz que guiñaba su gran ojo era roja, como la luna a veces lo es estando y viviendo en la carretera, como el sol también a veces lo suele ser. La luz roja como la luz verde de Jay Gatsby. Él miraba como el viento se metía entre su melena color café, oro y cobre y como la iba desapareciendo, haciendo invisible. sus cabellos -los de ella- se fundían con la carretera mientras la luz se iba haciendo más escasa y pensaba que aún quedaba quizá un par de horas para llegar al pueblo más cercano, pero eso no le importaba mucho en realidad, el sol se iba haciendo del color de la luna como suele pasar en el medio oriente, el viento no acariciaba, sólo dejaba escapar lo que podía ser suyo, y yo en cambio si me moría por hacerlo, movimientos en el viento que en cualquier otra persona no me provocarían nada, pero en ella, en esa mujer que iba en el asiento de junto hacían que me enamorara de una idea, de la idea que era ella, estaba ya más dormida que despierta, pero eso no impedía que ella mirara de vez en vez a mi persona y sonrieran, ella no tenía ni la más remota idea de lo que el viento la hacían ser, no tenía ni idea de lo que el viento hacía con ella, ese insensato que me niego a creer que no pueda sentir nada, estoy seguro que mientras yo conducía el viento le hacia el amor y yo me enamoraba más de ella, yo me enamoraba mientras empezaba a respirar la noche, ella decía que no podía respirarla, pero que sin embargo podía escuchar a las estrellas hablar, por eso siempre a pesar de lo frío que estuviera el viento, siempre llevaba la ventanilla abierta, esperando ver alguna estrella bajar, alguna estrella que la viniera a buscar."

Pero aquella tarde que estaba a punto de convertirse en oscuridad, ella y yo no existíamos, eramos fantasmas en la carretera.









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