jueves, 7 de julio de 2016

Acaba la frase.


Para cuando Alejandra salió del baño yo seguía sentado en la cama, no me había movido de donde sus labios me habían dejado [petrificado] encantado, pensando en, no creo que sea relevante lo que yo estuviera pensando, no es importante ni tiene nada que ver con la historia, las cosas estaban pasando, lo estaba viviendo, eso era lo más importante. Se veía hermosa, sé que muchas personas han relatado y dicho en un sin fin de veces la vez que vieron al amor de su vida como un ángel, pero Ale no se veía como un ángel, ella era un ángel, con ese conjunto de ropa interior blanco, su piel no podía brillar más con su blancura, sus ojos, sus ojos no brillaban, pero me veían tan dulcemente, con certeza lo puedo decir, no tuvo ni que decirmelo ella, ella me amaba, uno no puede hacer más que ver con esa dulzura a la persona que más amas en el mundo, la mirada no miente, es como la genética.


Se acercó a mi y me dijo que porqué seguía vestido, yo me desvesti al mismo tiempo que las capas que cubrían al colchón de esa cama que olía a lavanda, Ale, aun después de tantos años, no dejaba de oler a manzana.

La vida es la prueba más fehaciente del azar. Como ya lo dije, uno tiene, o [al menos] suele tener ciertas expectativas de la vida y después de los 30 estas se reducen considerablemente, o quizá sólo dejan de ser tan importantes como en nuestros primeros años de vida. La infancia es para jugar, la juventud es para soñar, la madurez es para morir, pero esta noche Alejandra había revivido eso a lo que todos llaman el elixir de la juventud eterna, la vida eterna, uno no puede alcanzar la inmortalidad si no es a través del amor.
Ella trató de explicarme en vano lo mucho que amaba a su esposo, lo mucho que amaba a su hija, y que ella habría sido incapaz de pensar en engañarlo a él y dañar a su familia de la forma en que lo había hecho, pero que no podía no escuchar a su corazón, además de que no volvería a verme después de aquella noche, y en eso tenía razón. Uno no puede más que amar a una mujer que hablaba y se veía como Alejandra, como mi Samantha, como mi Sofia, como mi Ana, como ella, ella era todas las mujeres ficticias que había creado en mis libros, esa misma mujer que ahora estaba desnuda sobre mi pecho llorando y respirando, "que va a saber el mundo lo que es la felicidad si no te han visto estar desnuda sobre mi pecho". Yo sabía que aquello era de una noche, no como las demás noches, esta era irrepetible, y por eso era especial, porque no había registro en el destino de que esto pasara, era un regalo que nos habíamos permitido, ella pertenecía a otro lugar del que ella era el centro, donde ella quería y amaba estar, yo por mi parte no tenía lugar, pero aquella noche si que lo tenía, y me encantaba ser el centro de él.


Uno sabe a lo que puede aspirar o no, uno sabe que puede ser real o que no, la mezcla entre sueños y fantasia con la realidad se queda en los veinte, en los treinta ya no hay nada de eso, solo recuerdos y la muerte lenta que llega día tras día. la vida es el azar personificado, pero así como es azar y uno sabe lo que puede pasar y lo que no, la vida nos puede dar una lección, la vida nos puede enseñar que cualquier cosa puede ocurrir, con solo querer que las cosas pasen cuando las deseamos con todo el corazón, incluso cuando nosotros mismos no sabemos que lo queremos, o lo negamos, bien lo dice el dicho "cuidado con lo que deseas, tal vez con eso tu no puedas." Todo es posible porque al final [de cuentas] la vida no es una regla. ¿La vida es....?

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