martes, 10 de noviembre de 2015

Cosas que uno jamás olvida.


Uno de los momentos de mayor felicidad que he experimentado, no me pasó a mí, bueno en realidad si me pasó a mí porque lo miré (no lo vi pasar, lo miré fluir) y lo viví de cierta forma y en cierta perspectiva, pero yo no fui uno de los protagonistas, mucho menos alguien cercano a mi o alguien a quien quiera mucho, fue con un par de extraños que no rebasaban el metro y medio de altura (la verdad no sé porque menciono sus estaturas).

Hace algunos años en los viajes que solía hacer muy constante (cada semana por lo general) por mi trabajo de agente de ventas y repartidor de mercancía, en una ocasión me tocó ir a Cabo San Lucas (lugar que al principio me emocionaba mucho y me gustaba ir, más por la condición misma de salir y viajar por la carretera, que por el lugar en sí. Una de las cosas que más amo en la vida es precisamente poder viajar por largos trayectos de tiempo en carretera –sobretodo porque suelo ser  el copiloto por mi necedad a no querer conducir hasta que sea estrictamente necesario, además de que me gustan mas las responsabilidades que este tiene, como observar y admirar los paisajes, tomar fotos, o encargarse de que el conductor no se duerma, para al cabo de un rato dormirse uno-)

Recuerdo que este viaje era uno de los últimos que hacía como agente de ventas a esta zona, y como era de notarse ya no era tan motivante levantarte temprano para viajar e ir al lugar, aunque los paisajes de la carretera seguían siendo igual de hermosos que la primera vez (así como los atardeceres que nos agarraban mirando prácticamente de frente al Océano Pacífico cuando se nos venía la noche, así como ver iluminado con aquella luz tan precaria al hermoso pueblo mágico de Todos Santos).

Así que sin la motivación que nos embargaba en un principio al ir a uno de los destinos turísticos más exclusivos de México (que precisamente por eso quizá nunca ha sido mi lugar favorito) y además de que íbamos a media semana, y no en fin de semana que era cuando se podía ver a más extranjeras, además de un ambiente muy distinto en la ciudad, en vez de eso veíamos gente que, quizá como nosotros; sólo hacía las cosas motrices que la rutina y la ciudad nos permite cuando estamos entre esta y los días que aun nos quedan por trabajar.

Entonces, cuando estábamos visitando a un cliente (recuerdo que era de los últimos, ya estábamos por regresar casi a casa) en una de las colonias más alejadas de la zona turística mientras esperábamos que el lento transito de la ciudad (a ciertas horas el transito se tornaba insoportable por la afluencia de gente que todos los días a horas de entrada y salida de trabajos viajaban de Cabo San Lucas a San José del Cabo y viceversa. Y es justo en un entronque de estos que mientras veía como entre una multitud de estudiantes (por sus uniformes se veía que eran de primaria y secundaria) dos desentonaban, y digo que dos desentonaban porque entre que unos iban peleando, otros gritando desde la mínima ofensa hasta la versión más subversiva de ofender a nuestra madre, estos dos no. Uno venía con uniforme de secundaria, el otro con uniforme de primaria, y por el parecido tan casi idéntico, puedo afirmar que eran hermanos, el mas chico venía platicándole algo al más grande mientras este llevaba una pequeña lonchera (quiero suponer que del hermano pequeño) e iba abrazando a su pequeño hermano, entonces llegan a una esquina justo enfrente de nosotros y llega un pesero (nombre que se le da al transporte público acá en México) y el hermano pequeño se sube al camión no sin antes despedirse de su hermano mayor con un beso en la mejilla, sin que a ninguno de los dos les importe el tipo de burlas que se pudieran haber hecho en el momento o después por quien los vieron, burlas que no hubo en ningún momento por cierto. Contemplar esto, que aún hoy en día (en estos años tan distorsionados) un par de niños aun de clase media tengan el cariño, respeto y amor por sus hermanos y entre su familia, sabiendo que muchas familias de este sector son muy disfuncionales, bueno, a mi me alegro por lo menos aquella vez mi viaje. Que ahora que recuerdo bien, esa fue la última vez que nos tocó ir a aquel lugar.

Aislado a este momento justamente ahora que lo escribo recuerdo un momento muy similar que me tocó vivir muchos años atrás. Cursaba el primer año de preparatoria (segundo semestre), y yo y un amigo (el buen Alan) nos habíamos inscrito como voluntarios en el instituto de la juventud de nuestra localidad para cumplir con las horas de servicio social que nos pedían en la preparatoria, entonces días después nos llaman para ser coordinadores de un evento que hubo en la ciudad donde jóvenes de todo el país irían y abría conferencias sobre diversos temas como drogadicción, emprendimiento, liderazgo, además de invitados especiales, famosos y al final un concierto (que sinceramente ya no recuerdo quien estuvo en tal concierto). El evento duró como cuatro días, y sin indagar ni compartirles mucho de esa experiencia (que ha sido una de las más gratificantes que he tenido en la vida, ya que conocí a mucha gente de muchas partes del país, pero las conocí en verdad aunque ahora de ellas sólo me quede un buen recuerdo, no como ahora que en realidad no conoces a nadie, pero tienes cientos de amigos según tus redes sociales) recuerdo que en una de las conferencias (después que hicimos la dinámica para conocernos todos los coordinadores mas profundamente y no sólo aprendernos nuestros nombres, que de hecho nunca lo he comentado pero el organizador de aquel evento –del cual no recuerdo su nombre- quizá sea una de las personas que más impresionado me haya dejado en la vida) después de que yo y otro compañero que conocí en el lugar dábamos la bienvenida a cada una de las instituciones que iba llegando después de saber su ciudad de origen y cuantos venían, una vez que ya estaban adentro gran parte de los coordinadores que no estaban detrás de bambalinas (digo detrás de bambalinas porque las conferencias se daban en el hermosísimo Teatro Ricardo Castro) y otra parte nos tocaba vigilar y revisar que todo anduviera bien en las butacas del recinto.
Entonces recuerdo que después de terminada una de las conferencias en turno, la cual era la última del primer lapso del día, el cual era dividido para ir a comer; yo y mi compañero íbamos a reunirnos con nuestros otros dos compañeros que eran con los que compartíamos nuestra brigada para ir a comer, cuando nos disponíamos a salir del segundo piso del teatro cuando ya todos iban saliendo, al final, justo al lado de nosotros, iban saliendo un par de jóvenes, a mi me llamó mucho la atención este par en particular, mucho más que todas las personas maravillosas que pude haber conocido en esos días. Uno era un joven yo suponía de unos 22 años (al final de cuentas supe que sólo tenía 20, en aquel tiempo mayor que yo que tenía 16) y era un tipo quizá algo más que caucásico, pelo largo y rubio, ojo de color, alto, delgado, en términos generales bien parecido. Y su amigo era un joven dos años menor que el primero, salvo que este tenía el Síndrome de Down, y me cautivó la forma tan casi fraternal en la que los dos iban platicando mientras cargaban sus carpetas que les entregaron a todos los jóvenes justo después de pasar nuestro filtro donde les daban además de estas carpetas identificaciones como invitados al evento, que también les daba la acreditación para poder comer. Entonces les dimos el paso a estos jóvenes para que pasaran primero que nosotros, cuando iban pasando en un acto de amabilidad les pregunte como se la estaban pasando hasta ese momento, el mayor me contestó que bien, sin mayores palabras que agregar, después les pregunté que de donde nos visitaban, ya que no habían pasado mi filtro sino fácilmente los hubiera identificado, esta vez me contestó el otro joven, que con una fluidez en su hablar me contestó que de Celaya, mientras íbamos saliendo les hice una tercera y última pregunta, les pregunté que si eran amigos de la escuela, entonces el otro joven me respondió: “Si vamos a la misma universidad, a leyes, sólo que él acaba de entrar; pero además de ser amigos somos hermanos” –no les mentiré, la verdad es que sólo me contestó: “No, somos hermanos, pero si vamos a la misma universidad, pero en distinto grado” pero la verdad quise adornar un poco su respuesta, aunque pensándolo bien, jamás hizo falta-. Ya cuando salíamos mi compañero les preguntó que si les habían explicado bien donde se daría la comida, ellos nos respondieron que si y nos agradecieron y nos dijeron que allá nos veíamos, cosa que no ocurriría ya que los coordinadores comeríamos en otro sitio (los asistentes a las conferencias comían en un hotel –del cual no recuerdo el nombre- donde estaba un salón de eventos a unas cuantas cuadras del teatro –donde hoy día es el Paseo Constitución- y los coordinadores comíamos en un grande estacionamiento cerca de un restaurante justo en la misma calle, pero calles más delante) Sólo recuerdo que al final ellos se fueron y nosotros nos quedamos quizá unos cinco minutos más esperando a nuestros amigos. Ellos llegaron y nos fuimos a comer, y transcurrieron los días de aquella experiencia de la cual aun hoy día recuerdo muchas cosas, pero por sobretodo recuerdo a ese par de hermanos, caminando delante de nosotros mientras reían y platicaban sólo por el placer de compartir tu tiempo en verdad con alguien, sin fijarse en apariencias, o tiempo, o situaciones, y me pongo a pensar, como hay simplemente cosas, que sin haber sido un acontecimiento revelador en tu vida, o quizá si pero no de la forma en que a uno espera que le sucedan, esas pequeñas cosas que hacen diferente tu realidad y tu vida, no se olvidan.


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