miércoles, 17 de diciembre de 2014

Un puñado de nostalgias


Recuerdo que la primera vez que vi a mi abuelita materna (Q.E.P.D.) a la edad de casi 5 años después de llegar por primera vez a Durango después de mi partida a los 18 meses a Los Angeles, California; una de las primeras cosas que me dijo, o de las primeras pláticas que se me han grabado profundamente fue: "Hijo, el problema no es llegar a Durango, el problema es volver a irse. Así como a todo lugar al que vaya a parar en este mundo en donde deje familia, amigos, recuerdos o una parte de su corazón con la mirada. Pero una vez que se vaya de aquí, si es que alguna vez por azares del destino se va como lo hicieron sus papás siempre recuerde mi niño que, Durango; más que una ciudad, más que su familia o más que sus amigos y la gente que ama, Durango es un puñado de recuerdos y nostalgias"
La verdad es que en esta ocasión mi propósito original no era profundizar tanto como lo hago en la mayoría de mis notas, pero me vino a la mente este recuerdo que atesoraba tan mío y que no lo había compartido nunca con nadie, de hecho es la primera vez que escribo sobre esto (como Stephen King sobre el venado en su cuento corto "El Cuerpo") así que comprenderán que no me pude aguantar al incluir algo tan importante para mí que quise compartir con todos ustedes. Además de que este recuerdo es de los pocos que tengo en los que puedo recordar con toda claridad y toda su magnificencia a la gran mujer que le dio la vida a mi madre y que fue la única de mis abuelos que conocí con vida. Hace tanto tiempo de este recuerdo que a veces me cuestionó si en verdad pasó o es solo producto de un sueño o de mi imaginación, pero a estas alturas de la vida creo que eso ya no importa, importa más lo que este recuerdo, real o no; me hace sentir. Justamente este mes ella cumplió 11 años de fallecida, y la verdad es que hasta hoy retumban sus palabras en mi mente y las siento presentes y más vivas que nunca. Si me permito hablarles de mi abuela, antes de que empiecen a sacar sus conclusiones queridos amigos es porque, aparte de mis ojos y mis recuerdos, es por ella que amo tanto a mi tierra, a Durango; porque ella me enseño lo que vale y lo que representará siempre en nosotros las personas y el lugar donde nacimos.
Y es que después de pasar los primeros 19 años de tu vida en una ciudad como lo fue Durango (porque ya no es la misma ciudad, Durango es una ciudad en completa y continua transformación. No es la misma que fue en los 20's, en los 30´s, en los 50´s, en los 80´s, en los adorados y amados 90´s, a la que es ahora.
Cuando uno pasa su niñez, esa niñez que nos permite recolectar tantos aromas, tantos raspones, (las cicatrices vienen después) tantas formas de sentir cosas en la piel, como el pasto verde del Parque Guadiana o el Parque Sahuatoba en las yemas de nuestros dedos, en las palmas de nuestras manos; la lluvia de julio en nuestro cabello; la nieve en nuestra cara (los que tuvimos la bendición de ver nevar en el 2002 en la ciudad) lo que se siente dejar de sentir la nariz y las orejas por minutos en el abrumador frio de diciembre, y la sensación de volverlas a sentir después de sentarnos con nuestros primos y amigos alrededor de una fogata echa por nuestros tíos. Cuando uno pasa una niñez como esta en un lugar como lo era Durango, simplemente uno se vuelve parte de la historia de este lugar, si bien no recordados por muchos, si por los que nos tienen que recordar, e igualmente este lugar se vuelve parte de la vida y la historia de uno, uno no se podría concebir jamás sin el otro.
Cuando uno pasa su adolescencia, su juventud, esa juventud que te hace conocer a la mayoría de amigos que formaran parte de tu vida para siempre y que son pocos. Que te hace enamorarte y conocer el amor por primera vez, que te hace besar por primera vez en ese lugar especial, que te hace vivir aventuras de alpinistas expertos con tus amigos de la secundaria en el Cerro de los Remedios, que te enseña a bucear en el "pulpito" que te hace irte los viernes con tus amigos de la preparatoria al Nayar, a La Ferreria o a El Pueblito, que te hace soñar con la vida adulta que te depara en esa adorada ciudad. Pero la verdad es que todos estos recuerdos y todas esas vivencias que uno pudo haber vivido los primeros 19 años de su vida no significan tanto y no se recuerda tanto y sobretodo no se valoran tanto hasta que te ves lejos de ese lugar. Y miren que lo estoy viviendo desde mi perspectiva; 19 años, ¡que tanto son 19 años! Y miren que no estoy alejado del todo de mi ciudad, hoy en día ya no se puede estar lejos de ningún lugar, (como diría Richard Bach) como hoy puedes estar a las 8 de la mañana despertando y levantándote de tu cama en La Paz, a las diez puedes estar mirando la Plaza de Armas de Durango, y a las cinco puedes estar dando un paseo por el Palacio de Versalles en París; nos tocó vivir en una época en que la tecnología nos permite muchas cosas, de las cuales no todo son tan malas, como toda la gente tan maravillosa que he podido conocer a través de las redes sociales, gente que jamás hubiera conocido de no ser por este medio, gente de Mazatlán, Sinaloa; Gomez Palacio, Durango; Torreón, Coahuila; Banfield y Mendoza, Argentina; Málaga, España; entre tantas ciudades y personas y lugares más.
En los poco menos de seis años que tengo viviendo fuera de mi ciudad natal (a lo que algunos dirán que no es tanto tiempo, traten de vivirlo en carne propia y verán que este tiempo puede ser tan largo como una eternidad cuando se está lejos de muchas de las personas que más amas) y en este tiempo por el lugar y el trabajo que actualmente desempeño además del de intento de escritor, he conocido a tanta gente que vive lejos de su ciudad natal, gente de todas partes del mundo; Cuba, Francia, España, Italia, Veracruz, Guerrero, Oaxaca, Estado de México, Distrito Federal, DURANGO. Gente que ha estado lejos de su verdadero hogar por más de treinta años, gente que ha tenido que adoptar otra tierra como su verdadero hogar, a veces veo sus rostros y veo en ellos esa pregunta que a veces me atormenta y me hace pensar: "Acaso me veré así en treinta años lejos de mi hogar y conociendo a jóvenes que recién tienen unos cuantos años lejos del suyo". Y miren que no me puedo quejar del lugar al que vine a parar, creo que todo está designado para que crezcamos y seamos las mejores personas que podamos ser, ya que estoy en uno de los lugares y las ciudades más hermosas y tranquilas de todo el mundo, el lugar que me ha permitido encontrarme y permitirme tener la serenidad para poder escribir lo que ahora pueden mirar.
Cada que tengo y se me brinda la oportunidad de poder viajar de nuevo a mi ciudad natal, a ese Durango que ya solo vive en mis recuerdos, he de confesar que me entra una emoción y un miedo combinados, pues aunque uno esté o no en constante comunicación con su familia, sus amigos o la gente que uno conoce, siempre al estar hablando con ellos por teléfono, la imagen que se reproduce en nuestra mente al oír su voz es esa con la que los vimos por última vez antes de que nos despedimos, antes de la despedida más cercana, siempre es muy triste ver a esas personas que amas, a esas tías que tanto amor y regaños te dieron, hacerse más ancianas. por otro lado también el ver a ese Parque Guadiana, o ese Barrio de Analco, o esa hermosísima Catedral color cantera en su totalidad, o al Ex-Internado Juana Villalobos; y no poder hacer que las imágenes se coordinen con tu mente y tus recuerdos, te da una tristeza momentánea, sólo por un momento la parte superficial de tu corazón se siente mal, pero después te entra una nostalgia, una hermosa nostalgia que te hace sentir bendecido, de haber conocido por ojos propios esa catedral de cantera, esa que ya los jóvenes con sus cámaras digitales no pudieron observar y fotografiar, sin darse cuenta que las mejores fotografías se llevan en los recuerdos y en el alma.
Porque no es lo mismo los recuerdos que pudiera haber guardado mi abuelita de su juventud en Durango a mis recuerdos de los noventa en esta misma, pero a la vez tan distinta ciudad, tengo el honor de conocer a dos mujeres que están cerca de los cien años y las oigo hablar de sus años después de la revolución (no con tanta enjundia y emoción como el ciego de Los Olvidados de Luis Buñuel) o a mi madre de cuando iba con mis tías al cinema a ver las películas de El Santo en su natal San Miguel de Cruces.

La verdad volver a Durango, aunque no sea el mismo Durango de mis recuerdos, es una delicia, el volver a reencontrarme y volver a conocer a esa tierra y esa ciudad que tanto representa para mi aunque no sea ya la misma es una emoción que simplemente no se puede explicar. Como dice un primo que también hace varios años ya no vive en nuestro "rancho" como él le dice de cariño: "Si yo puedo ir y estar aunque sea cinco días en mi rancho con mi gente y mi familia, soy el hombre más feliz del mundo". Y la verdad es que si, el solo hecho de estar una o dos semanas en Durango, para solo volver hasta dentro de dos o tres años después, justamente esta semana o dos que se está allá, a pesar de ser tan poco tiempo para disfrutar de todo y de todos en este lugar, es la que hace querer regresar aunque 10 años tengan que pasar. Siempre que tengo la posibilidad de ir y vuelvo a donde actualmente radico y platico con viejos paisanos que tienen más de veinte o treinta años de ir a la ciudad, se les iluminan los ojos de todos los cambios que les digo que ha habido, y esa alegría que yo les comparto y ellos sienten al oírme, es un doble motivo para querer regresar siempre, hacer feliz a la distancia a los que solo con recuerdos y nostalgias en sus sueños por las noches, recuerdan a su tierra y todo lo que en ella han vivido.











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